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Laberinto de identidades: ‘El escondido y la tapada’

La tapada Celia en El escondido y la tapada / Fuente: Mauro Testa
Escena de 'El escondido y la tapada' / Fuente: Mauro Testa

El Teatro de la Comedia vuelve a abrir sus puertas al Máster en Periodismo Cultural con una de las piezas más ingeniosas, aunque a veces eclipsada, del barroco español firmada por Calderón de la Barca.

La nueva promoción de actores de la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico se ha estrenado con una de las obras más cómicas del dramaturgo Pedro Calderón de la Barca (Madrid,1600-Madrid 1681), El escondido y la tapada (1636), en el estandarte de dramaturgias del Siglo de Oro, el Teatro de la Comedia. Hoy vuelve a los escenarios producida por la Compañía Nacional de Teatro Clásico de la mano de Beatriz Argüello, directora y actriz invitada, para dirigir por primera vez a esta séptima generación de actores. En esta ocasión, en vez de escoger un drama profundo del artista madrileño, se ha optado por una comedia llena de frescura y energía. La versión de esta adaptación ha sido encargada por la propia directora de la compañía, Laila Ripoll, a la dramaturga Carolina África, que no solo ha respetado la arquitectura del verso, sino que le ha otorgado una vida orgánica, casi eléctrica, que conecta de inmediato con el público del siglo XXI.

El verso como lengua viva

El mayor reto de poner en escena una obra de esta índole en la actualidad, es la gestión del verso. A menudo, el espectador siente la métrica como un obstáculo que le distancia de la comprensión y la emoción. Es aquí donde radica el primer gran triunfo del montaje. La directora, que posee una sensibilidad actoral especial, entiende que el verso no debe ser un corsé, sino un motor de acción. Por su parte, cabe destacar el trabajo de la versión de África, quien ha logrado que el verso de Calderón suene coloquial y cercano. Los actores no declaman, sino que hablan, discuten y aman con naturalidad, consiguiendo que el asistente entre en el juego de la peripecia y se olvide de la estructura formal.

Un relato de sombras y deseos

La trama se sitúa en un Madrid laberíntico, una ciudad donde las apariencias son la única moneda de cambio. Comienza con un suceso trágico en donde Don César (Sam Arribas), cegado por un ataque de celos, mata accidentalmente en un duelo al hermano de su amada Lisarda (Belén Landaluce). Tras el crimen huye junto a su criado Mosquito (Julio Montañana Hidalgo) a Portugal, pero la fortuna cambia cuando recibe la carta de su otra amada, Celia (Zoe da Fonte), en la que le ofrece refugio en su propia casa, ocultándole en una habitación secreta para así protegerlo de la justicia y de la venganza familiar del difunto. Esta comedia de enredos alcanza su punto álgido cuando, por los azares del destino, el padre de Lisarda alquila esa misma vivienda y ella se traslada allí junto a su prometido, Don Juan (Gabriel de Mulder). A partir de este momento se produce una convivencia imposible, Don César debe permanecer como “el escondido” en la penumbra de la casa de sus enemigos, mientras Celia se convierte en “la tapada”, utilizando un velo y el disfraz para moverse sin ser reconocida por su controlador hermano Don Félix (Luis Espacio) y para poder ayudar a su amado. La obra se convierte así en una brillante sucesión de malentendidos, a través de este juego de las ocultaciones dobles se articula una crítica feroz y divertidísima a las normas de honor, donde el luto de una y el deseo de la otra se cruzan en un espacio donde nadie es quien parece ser.

Celia y Don César en El escondido y la tapada 7 Fuente: Mauro Testa
Celia y Don César en El escondido y la tapada / Fuente: Mauro Testa

La arquitectura del engaño

La escenografía de Alessio Meloni huye de la literalidad para presentar una “casa-laberinto”. El lugar se fragmenta y se recompone constantemente, el espectador no ve la ciudad monumental, sino sus recovecos y sombras. Un concepto clave en esta representación es la mudanza, los propios personajes mueven los elementos escénicos en una coreografía diseñada por Andoni Larrabeiti. Esta arquitectura física cobra sentido gracias a la iluminación de David Picazo, la luz esculpe el espacio y dicta el ritmo emocional de la obra. Utiliza el claroscuro de manera ingeniosa para delimitar las zonas de seguridad y peligro. Esta atmósfera acentúa la sensación de secreto, bañando los muros de texturas que los hace parecer vivos y transforma la casa en un organismo que respira al tiempo del enredo.

Un vestuario vibrante en un mundo terroso

El fabuloso vestuario de Ikerne Giménez ejerce un contraste cromático y conceptual fundamental con la escenografía y la luz. Mientras el escenario se mantiene en una austeridad de materiales crudos y beiges, el vestuario estalla con una plasticidad goyesca. Las telas ricas en texturas, pero mantenidas en esa paleta terrosa y ocre cobran vida bajo el diseño lumínico de Picazo. Las faldas con volúmenes y las chaquetas con mangas abullonadas de los protagonistas contrastan con la “mudanza” frenética de los actores, creando una imagen donde el cuerpo humano intenta imponer su presencia frente a un entorno que parece querer devorarlo. El manto de la tapada, en particular, se altera en una extensión de la propia noche escénica, siendo un trozo de oscuridad que camina y permite a la mujer mimetizarse con las tinieblas del caos.

Escena de El escondido y la tapada / Fuente: Mauro Testa
Escena de El escondido y la tapada / Fuente: Mauro Testa

Del coro sin identidad al personaje

La función arranca con una imagen muy atractiva, un coro de personas sin identidad, un grupo de figuras embozadas que representan el anonimato y la presión social. El público no ve rostros, solo capas que se mueven al unísono sugiriendo una ciudad que vigila, en el momento en que el individuo se despoja de la prenda es cuando se libera de la masa y empieza a emerger el personaje. Estos espectros tapados evocan a las escenas pictóricas de Los Caprichos de Goya, cargadas de una belleza visual rotunda y misteriosa. Además, todo esto es posible gracias al elenco de esta promoción de la JCNTC, que aporta una carnalidad que rompe con la quietud. En esta obra destacan las apelaciones al público, traspasando así la cuarta pared para buscar la complicidad del espectador. También es de admirar la retórica y la técnica que posee el elenco para recitar el verso, de manera tan cotidiana y natural. Todo esto acompañado de una gran corporalidad que, en ocasiones, parece sacada del cine mudo, provocando la risa en el público. Pero si algo vibra en esta versión es el erotismo frente al lenguaje elevado de los nobles, los criados aportan la energía sexual más terrenal. Hay una pasión y sensualidad palpable en sus movimientos, un juego de manos y miradas que recuerda que, tras el velo y la capa, lo que realmente late es el deseo humano. Este erotismo no es explícito, sino sugerido a través de la picardía, algo que la directora potencia con elegancia.

Escena inicial de El escondido y la tapada / Fuente: Mauro Testa
Escena inicial de El escondido y la tapada / Fuente: Mauro Testa

El escondido y la tapada es la prueba de que Calderón sigue siendo contemporáneo. Beatriz Argüello y Carolina África han creado un montaje plástico cargado de inteligencia y vitalidad joven, en donde se tocan temas de relevancia actual como el precio de la vivienda o la corrupción política. La directora pone en el foco a personajes femeninos tremendamente modernos, en palabras de Argüello “transgresoras, enredadoras y audaces, son ellas las que convocan el caos, el asombro y la aventura.” Así, esta propuesta transforma una comedia de enredo del Siglo de Oro en un espejo dinámico del presente, demostrando que el teatro clásico no solo sobrevive al paso del tiempo, sino que florece cuando conecta con las inquietudes y preocupaciones de las nuevas generaciones.

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