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24 diciembre, 2015 Comentarios (0) Visitas: 3740 Cine y Televisión

‘Palmeras en la nieve’, historias desdibujadas sobre un paisaje excepcional

'Palmeras en la nieve' es la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Luz Gabás

‘Palmeras en la nieve’ es la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Luz Gabás

Bioko, conocida como Fernando Poo durante la colonización española. Esta isla perteneciente a Guinea Ecuatorial no es recurrente ni en nuestros libros de historia ni en las charlas cotidianas. «¿Te acuerdas de los primos que se fueron a Argentina?» «Tenemos familia en Chile».  Eso nos suena más. Sin embargo, África es otra cosa, una que parecemos haber olvidado. Por eso, Palmeras en la nieve, adaptación cinematográfica de la novela homónima de Luz Gabás y dirigida por Fernando González Molina (1975, Pamplona), guarda un alto valor histórico que debería defender tanto por escrito como en la gran pantalla. Sobre papel lo hace, en el cine no tanto.

La película, una de las más esperadas del año y que llega el 25 de diciembre a la cartelera española, podría ser un gran homenaje a todos aquellos antepasados que hicieron “las Áfricas”. Parte de su acción se desarrolla en los años 50 y 60 del siglo pasado, últimos momentos de Fernando Poo como parte de la Guinea Española. En este convulso periodo de transición, Kilian (Mario Casas) se traslada desde su Huesca natal a la isla guineana para trabajar en una finca de cultivo, donde comienza una historia de amor imposible con Bisila (Berta Vázquez). El resto de la trama tiene lugar en la actual Bioko, un territorio que se repone tras años de inestabilidad y dictadura. Clarence (Adriana Ugarte), sobrina de Kilian, viaja a la isla para dar respuesta a preguntas del pasado.

Mario Casas y Berta Vázquez interpretan la historia de amor entre Killian y Bisila

Mario Casas y Berta Vázquez protagonizan el amor imposible entre Killian y Bisila

Partiendo de esta premisa, la historia apunta maneras. Una pena que se quede en la superficie. Palmeras en la nieve dura 2 horas y 43 minutos, destinados casi por completo al amor entre Kilian y Bisila, y con ello, al sentimentalismo más básico. El ambiente histórico está ahí, con referencias fugaces al colonialismo y las revueltas por la independencia. Lo mismo sucede con el resto de asuntos que se intentan abarcar sin éxito: la familia, la lejanía de los seres queridos, la lucha de clases, las diferencias raciales, la soberbia colonialista… Todo se refleja de forma liviana. Incluso la temática de la tolerancia, una constante en el argumento, aparece supeditada al amor.

Lo mismo pasa con Julia, Manuel o Jacobo; es decir, Macarena García, Daniel Grao o Alain Hernández. Personajes y actores bailan al son de los protagonistas indiscutibles. Adriana Ugarte y Clarence no son la excepción. Poco queda de la mujer fuerte y decidida que Luz Gabás nos mostraba en el libro, ahora relegada a un segundo plano. Precisamente todas las escenas referentes a la actualidad, donde transcurre el relato de Clarence, son tan escasas y de tan corta duración que carecen de interés para el espectador. Por su parte, Mario Casas y Berta Vázquez, aunque correctos en sus respectivos papeles, no terminan de convencer ante la responsabilidad interpretativa que recae sobre sus hombros.

Un escena de 'Palmeras en la nieve', grabada entre Gran Canaria, Colombia y Huesca

Una escena de ‘Palmeras en la nieve’, grabada entre Gran Canaria, Colombia y Huesca

A pesar de todo, Palmeras en la nieve sabe cómo sacar provecho al soporte cinematográfico. La fotografía es extraordinaria, hipnótica. Empezando por las blancas montañas aragonesas, y hasta llegar a la exótica selva africana, es fácil dejarse llevar por la brisa que mece las palmeras, el ir y venir de las olas o la nieve que cae sobre las cimas oscenses. Un placer para la vista, además de un viaje que consigue transportarte al pasado, gracias al impecable trabajo de Antón Laguna como director artístico. Y es que todo está cuidado al detalle para que así sea: el decorado, las casas, los coches, la ropa… Se trata de una perfecta escenificación de ese pasado de mediados del siglo XX en un rincón remoto de África. De ahí sus merecidísimas nominaciones a los Goya en las categorías técnicas.

Así pues, Palmeras en la nieve se mueve entre lo que es y lo que se intuye que podría haber sido. Este gran relato histórico se queda sin matices profundos, pese a la indiscutible belleza que emana de la pantalla. Pero a veces no basta con el impacto visual y la historia de amor imposible para seducir al espectador, sobre todo cuando esa temática ya está tan manida. González Molina tenía una buena materia prima sobre la que trabajar y ha optado por reducirla a una película romántica en tiempos de guerra. Entretenida, visual y ambiciosa técnicamente, eso sí, pero poco más.

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