Park Chan-wook arremete contra el capitalismo en una sorprendente película cargada de humor, malicia y recursos expresivos marca de la casa
La novela del británico Donald E. Westlake, The ax (1997), narra en forma de thriller y casi terror el problema de su protagonista, Burke Devore, para recuperar el empleo del que ha sido injustamente despedido. Intentando sobrevivir en un contexto socioeconómico que lo ahoga (el libro se publicó en la Inglaterra post-Thatcher), Devore traza un oscuro y arriesgado plan: anunciar ofertas de empleo falsas para localizar y asesinar a los candidatos mejor posicionados que él, hasta que no quede ningún competidor y pueda recuperar su antiguo puesto.
Como ya hiciera en el año 2016, con su aclamada película The Handmaiden, el cineasta surcoreano Park Chan-Wook (Seúl, 1963) adapta la novela ambientándola en su país natal. De esta manera, Devore se convierte en Yoo Man-su, un empleado de una empresa papelera, y la Inglaterra de los 90 se transforma en la ciudad de Paju de la actualidad. Este nuevo acercamiento no solo habla de lo personal que es el film para Park, llegando a definirlo como el proyecto de su vida, sino que indica una constante que es clave para comprender la película: el sistema capitalista lleva a cualquiera hasta el extremo, sea en la Europa de final de siglo o en plena era de las inteligencias artificiales.

Ese es precisamente el centro de la película, una brutal crítica al capitalismo, que expone cómo este modelo puede llevar a cualquiera a cometer auténticas atrocidades. Transformando el estilo más oscuro de la novela en una comedia negrísima, Park se centra en la mentalidad de supervivencia del hombre contemporáneo que, lejos de la prosperidad o incluso la felicidad, solo busca en el empleo un medio para que todo siga estando como está. El cineasta emplea buena parte de la película en recrearse en cómo el sistema acaba convenciendo de que no hay alternativa a esas salidas violentas y radicales, excusando los actos y la conciencia de todos. Así, el título de la cinta, No Other Choice, acaba convirtiéndose, probablemente, en la frase más pronunciada durante todo el metraje. Para Yoo Man-su, genialmente interpretado por Lee Byung-hun (recordado especialmente por la serie El juego del calamar), la excusa es mantener a su familia, a la que meterá en problemas por su actos violentos; conservar el hogar de su infancia, que usa para planear sus delitos, como en la impactante escena del invernadero; y su estatus, en Corea las personas que llevan mucho tiempo desempleadas son vistas como lacras. De esta forma, Park no solo arremete contra el sistema, sino que ridiculiza la postura tradicional del hombre como sustento y líder, desenmascarándola como una simple posición aspiracional creada por la estructura económica, social y política.
Park Chan-Wook en modo Coen
En este sentido, el punto de vista es clave en el film. En No Other Choice, la cámara sigue en todo momento al personaje, que se presenta como un hombre normal, de buen corazón, algo torpe, no demasiado brillante y que se ha mantenido en su trabajo durante 25 años a base de hacer las mismas tareas monótonas y repetitivas, donde no ha necesitado ni querido destacar. Su mediocridad está en la línea de su patetismo, especialmente mostrado en escenas como la del primer asesinato, donde se da un cruce que recuerda mucho al cine de los hermanos Coen. La serie de malas decisiones se suma a la estupidez de hombres que ven violentadas sus vidas y que creen que por sí mismos pueden solucionar los problemas, para meterse en más y más problemas.

Esa secuencia, que podría haber sido tomada de Fargo (1996), se sitúa en el estudio de un rival del protagonista, alcohólico y que acaba de discutir con su mujer. Park lanza la tensión por las nubes a base de superponer elementos: el disfraz acolchado del personaje principal, el suspense de si será descubierto, un personaje que parece no enterarse de lo mortal de la situación, un inesperado trofeo a papelero del año que acaba siendo vital y una música diegética a todo volumen que les impide entenderse (la escena está hasta subtitulada), precisamente lo único que puede ayudarles en ese momento.
Si esta descripción parece caótica es, precisamente, porque así lo pretende Park con su puesta en escena. Este momento es un buen resumen de lo que propone el film. Comedia negrísima, violencia explícita, secuencias disparatadas con elementos imprevisibles, personajes al límite… Este modelo de cine es el que más trabajó Park al inicio de su carrera, haciéndolo tan popular con películas como Oldboy (2003), que lo convirtieron en uno de los grandes autores del thriller contemporáneo a inicios de los 2000. Así, el cineasta deja de lado la solemnidad de Decision to leave(2022) y la citada The handmaiden para lanzarse a tejer una trama enrevesada, veloz, disparatada y por momentos demencial, que además deja brillar al lenguaje cinematográfico por encima de todo lo demás.
Una estética única
Si la cita anterior a los Coen explicaba el contenido de las secuencias, las imágenes del coreano vuelven a ser uno de los puntos más llamativos de la película. Como es habitual en él, Park baña la película de soluciones estéticas tan arriesgadas como imaginativas. Cada secuencia tiene al menos un par de momentos que dejan con la boca abierta, desde el movimiento de cámara con grúa que recorre el exterior de la casa siguiendo a Yoo Man-su, que sube los pisos en la primera escena, hasta el plano que, a base de reflejos en una tablet, captura las reacciones de tres personajes a una información clave para los intereses del protagonista.

A esto hay que sumarle las transiciones, ya sean por match-cuts, fundidos o superposiciones que tejen el montaje con una creatividad exquisita y un diseño sonoro que derriba de la butaca. Park se reafirma, con sus recursos, como el Alfred Hitchcock de esta generación. Ya había mucho de Vértigo (1958) en la mirada fascinada y fetichista que compartían, con fatal desenlace, los protagonistas de Decision to leave y ahora la apuesta se redobla. Así, la transición del chasquido de dedos al zippo encendiéndose podría compararse, sin ningún complejo, a virguerías estilísticas del calibre del zoom a la llave en la mano de Ingrid Bergman en Notorious (1946) o la presentación de los protagonistas de Strangers on a train (1951), haciendo pensar en que si el maestro del suspense no ideó algo así fue simplemente porque en su momento la tecnología no se lo permitía.
Es quizá por esto que a tantos les ha resultado tan indignante la ausencia de No other choice entre las nominadas a los premios Oscar de este año. Ante un panorama cinematográfico tan homogeneizado, donde tantos directores parecen intercambiables sin marcas de estilo ni autoría visibles, cineastas como Park Chan-wook insisten en hacer del cine un arte expresivo, cargado de intención y de belleza, donde importan tanto el fondo, como la forma y el mensaje. Cine, en definitiva, que debe ser apoyado, valorado y reconocido, especialmente cuando es tan bueno como No other choice.
