Pese a ser una de las artistas más importantes de inicios del siglo XX, Ángeles Santos fue censurada por su propia familia hasta el punto de ser encerrada en un psiquiátrico para que no volviese a pintar
Hay muchas formas de ver el arte, en cualquiera de sus formas. Para algunos es una evasión, para otros una forma de reivindicación política. Puede ser una forma de contar sin palabras todo aquello que uno lleva dentro, quizá un simple entretenimiento para pasar el rato, o un sustento de vida carente de pasión, o todo lo contrario, una fuerza viva que exige salir del cuerpo y que, acompañada de una sensibilidad y mirada determinada, dé forma a creaciones únicas que fascinen y cautiven al mundo entero décadas después de su nacimiento. Pero la creación artística también puede ser una prisión y el recuerdo de un trauma.
Ángeles Santos (Portbou, 1911) fue una de las pintoras más precoces de toda la generación del 27 que, con un manierismo muy particular trató de expresar todo lo que era con su obra. O al menos con parte de ella. Si uno observa su famoso Autorretrato de 1928, es muy difícil que llegue a imaginarse el mundo interior tan complejo y personal que contenía. En él, Ángeles mira al espectador directamente y todo parece anodino: su rostro imperturbable, su ropa oscura, los tonos marrones que la rodean, su pelo descuidado y su pose relajada. Con apenas 17 años de edad, la pintora no se dejaba aún descubrir por el gran público, pero pronto lo haría.

Autorretrato es uno de los tantos cuadros que la joven artista presentó en 1929 en la edición de ese año del Salón de Otoño de Madrid. Sin embargo, pese a ser celebrado y reconocido, no fue la obra más importante de la colección. Junto a él, una obra de nueve metros cuadrados supondría una conmoción absoluta en el mundo del arte. Un mundo muestra, precisamente, lo que dice el título. No es “el” mundo, no es un dibujo de nuestro planeta, sino la representación surrealista, oscura y misteriosa de todo lo que ocultaba ese rostro anodino.
Según contaron los que la conocían, incluido Ramón Gómez de la Serna, amigo personal de la joven artista, Santos tenía un carácter rebelde e inconformista. La pintora, nacida en la provincia de Gerona, pero que residía en Valladolid con su familia, no se había criado en un ambiente con contactos en el mundo de la cultura que pudieran pronosticar ese despertar artístico. Es ahí de donde nace la curiosidad por una obra tan peculiar como Un mundo.

Sueños, ambiciones y fascinaciones en otro planeta
De marcado carácter surrealista, en el cuadro figuran personajes y objetos que abren interpretaciones de la personalidad de Ángeles. El planeta de forma cúbica en el centro de la composición remite a una versión de nuestro planeta ajetreada, con gran movimiento, plagada de quehaceres, desde casas que se agolpan en barriadas agrestes hasta niños que marchan en fila india con sus uniformes escolares. Sin embargo, también parece un mundo muerto, triste, paradójicamente sin vida. No hay nada de vegetación ni verdor, nada que dé frescura a este “dado de gran fortuna” que describió Gómez de la Serna en La Gaceta Literaria de Madrid, solo raíces muertas y figuras de la sociedad en la que vivía Ángeles, como ese tren que se interna hacia el centro de la tierra. Aquí y allá se observan otras imágenes de su realidad cotidiana, como un avión o automóviles, inventos modernos de inicios de siglo que parecen aburrir a Ángeles en este mundo gris.
Pero también hay arte. En medio de este cubo existencial, la artista parece destinar a la pintura o la música un papel casi divino. La zona derecha del cuadro muestra una gran escalera. Al pie de esta, una serie de mujeres tocan diferentes instrumentos, mientras por encima de sus cabezas, otros personajes pintan, de manera literal, el sol y las estrellas, como si la propia artista se hubiera insertado en su obra. En el mundo de Ángeles Santos, es la belleza y la creación artística la que da sentido a todas las realidades anodinas del día a día. Todas esas cosas cotidianas pueden ser poco interesantes o hasta tontas, algunas quizá resulten útiles, otras incluso necesarias, pero para ella, todas están subyugadas al poder del arte.
La obra que nunca conoceremos
Tristemente, nadie sabe qué más pudo haber llegado a contar la artista con su obra. Poco después de la presentación de estos cuadros, su padre, Julián Santos, asustado por los ambientes y compañías que frecuentaba su hija, le ordenó que dejara de pintar obras con ese estilo tan extraño y le prohibió que se dedicara profesionalmente a la pintura. En su opinión, las mujeres, mucho menos las de edad tan joven como Ángeles, no deberían pintar más que géneros como paisajes, naturalezas muertas o flores. Esta noticia provocó que Ángeles huyese de casa. Tras ser encontrada en un gran estado de ansiedad, su padre mandó que la encerraran en un hospital psiquiátrico hasta que prometiera no volver a pintar. Su encierro duró un mes. Pero al volver a su hogar, ya no era la misma. Siguió pintando, pero, como había querido su padre, ya no se salió del tipo de cuadros que la sociedad de su época podía aceptar.

Ángeles Santos murió en el año 2013 a los 101 años. Con el paso del tiempo, la opresión de su familia desaparecería, incluso su hermano, Rafael Santos, se convirtió en un importante crítico y profesor de arte, la mentalidad del mundo cambió, pero nada de eso hizo que se animara a pintar con su característico estilo de nuevo. Esa sensibilidad y creatividad jamás volvió a ver la luz. El trauma de ese mes de encierro se comió sus ambiciones, su rebeldía y su visión, pero su obra, albergada en muchos museos a lo largo y ancho del país puede ser aún apreciada, invitando a miles de visitantes a un mundo que ya solo existe en el óleo y el lienzo.
