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23 enero, 2015 Comentarios (0) Visitas: 4352 Entrevistas, Letras

Luis Landero: «Toda actividad artística surge de una carencia»

En el salón del escritor Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), el tono marrón del entarimado contrasta con las blancas carpinterías de las ventanas. Por ellas, cálidos rayos de luz inciden dócilmente sobre las estanterías que envuelven la estancia. Fue allí, al cobijo de los libros, sobre una rectangular mesa de cristal, donde tuvo lugar nuestra entrevista. Expectativas, conceptos y reflexiones personales son desveladas al hilo de su nueva novela El balcón en invierno. La editorial Tusquets Editores ha sido la encargada de publicar todas las obras del autor. La primera fue Juegos de la edad tardía, por la que recibió el Premio de la Crítica y Premio Nacional de Literatura en 1989.

Cultura Joven: ¿Cómo reaccionaría si le sustituyeran cada estantería de libros por un e-book?
Luis Landero: No sería ninguna tragedia. No soy fetichista para los libros. Lo que pasa es que a mí me pilla ya mayor el cambio. A estas alturas me sentiría extraño con un e-book. Mis libros, me han acompañado durante toda la vida y hay una suerte de sensualidad en el manejo de un libro. No estoy en contra del e-book, pero me parece más aséptico.

CJ: ¿Tiene un ‘estante Landero’?
L.L: No. No. No, en absoluto, (responde sonriendo con timidez). Bueno ahora que lo dices, sí (continúa sorprendido). Tengo un estante con mis libros, en el espacio de trabajo, donde se encuentran las traducciones y ediciones que se han hecho en periódicos como La Vanguardia y El Mundo. Sí. Sí, es verdad. No un estante. Varios.

CJ: ¿Es ‘maniática’ la profesión de escritor?
L.L: En mi opinión sí, sobre todo la de novelista. Una novela tiene doscientas, trescientas, cuatrocientas páginas, en las que tienen que encajar todas las piezas: el tiempo, la trama, los personajes, la secuencia, la progresión del conflicto, el tono. Todo eso se consigue con trabajo y los saberes adquiridos. Además, están los momentos de inspiración, que son fundamentales.

CJ: Dedicarse a escribir, ¿nace del deseo o de la necesidad?
L.L: De las dos cosas. Creo que toda actividad artística nace de una carencia, incluso de un cierto malestar, de un mundo interior que bulle y que necesita expresarse de alguna manera. Hay una especie de memoria irracional, que es lo que uno recuerda, pero no sabes que está ahí. Esa memoria, llámale subconsciente, archiva ‘cosas’ que uno no controla y a la hora de escribir todo eso surge.

CJ: Su nueva novela El balcón en invierno, ¿es por tanto una narración de recuerdos del subconsciente?
L.L: En cierto modo, sí. Voy reconstruyendo mi memoria, que es un poco la loca de la casa, más que la imaginación. La memoria no le ofrece a uno datos absolutamente objetivos y fiables respecto a su pasado. Se trata pues, de una reconstrucción verosímil. Pero sí, más o menos fue eso. Si alguien miente es mi memoria.

blaconCJ: Al tratarse de una reconstrucción verosímil, ¿ha tardado menos en escribirla?
L.L: Sí, he tardado mucho menos, pero no sé si por eso. Quizás, porque he encontrado un tono muy propicio desde el principio, un tono cálido. Un tono con el que la pluma se deslizaba sobre el papel con una facilidad tan enorme, que no necesité estructurarla previamente. La he ido improvisando sobre la marcha, a pesar de que generalmente soy muy riguroso y metódico en esto.

CJ: ¿Cuál ha sido la mayor dificultad de esta novela?
El no excederme. Yo sabía que este libro tenía que ser breve. No quería caer en el detallismo. Ha habido un proceso de apartar temas que, aunque me tentaban, no eran esenciales. El mejor elogio que me han hecho es: «En este libro no hay palabras huecas».

CJ: ¿Cómo la describiría?
Esta novela ha sido un camino y he sido feliz durante los seis meses que he tardado en escribirla. Además, me he sentido muy afortunado por el éxito que ha tenido (medita unos instantes). Sin embargo, una vez que pasa el alboroto mediático, ¿dónde busca uno la felicidad? (se plantea a sí mismo). En esta novela ya no. Y entonces, es cuando empieza un nuevo proyecto.

CJ: ¿Ha comenzado ya un nuevo proyecto entonces?
Sí, justo estos días he comenzado. No hay nada concreto, pero tengo varias ideas. Todo es cuestión de trabajar en ellas. Si uno trabaja, al final sale.

CJ: ¿Por dónde se empieza a construir una novela?
L.L: Para mí el cabo del ovillo está en el personaje.

CJ: ¿Real o ficticio?
L.L: Decía Flaubert que fundiendo dos personajes reales haces uno imaginario. Por mi parte, cuando escribo, tengo muy a menudo uno o dos referentes reales hasta que el personaje adquiere ya presencia propia. Es en ese punto en el que uno ya no tira de la novela, sino que es la novela la que tira de ti. Cobra vida. Late. Es un momento estupendo.

CJ: Uno de los personajes más representativos de esta novela es la figura paterna. Debió de sentir gran admiración por su padre ya que, de una manera u otra, lo ha mantenido vivo en las páginas de todas sus obras.
L.L: Su presencia es imponente en mí. Por mi padre he terminado sintiendo verdadera veneración y cariño. Cariño que no supe ver cuando era joven, porque era muy exigente conmigo. Quería que compartiera con él el anhelo de convertirme en «un hombre de provecho», que fuera una figura modélica desde niño. Sacrificó mucho por mí pero le fallé por completo.

CJ: ¿Quedaban las artes y la literatura marginadas de este concepto de ‘hombre de provecho’?
Sí. Aunque, mi padre admiraba mucho a los pintores y a los escritores. Lo que pasa es que no veía esas cualidades en mí. No obstante, gané una vez un concurso de redacciones en una academia nocturna que se convocó en Toledo. Y a mí me dieron el segundo premio. Una medalla. Mi padre la vio. Fue una de las pocas satisfacciones que le di. Aunque como era muy mal estudiante (a veces no iba a clase durante un mes) tampoco se puso eufórico.

CJ: Y luego ha terminado siendo profesor ¡Qué paradoja! ¿Sabe cómo motivar mejor a los alumnos tras esta experiencia?
L.L: Y luego he terminado siendo profesor, ya ves. Sí, es probable. Se trata de transmitir la pasión. La literatura no se enseña si no se contagia con un tono romántico. Vale más un poema bien leído que bien comentado. Ante todo, he intentado formar personas a las que les guste leer. Que disfruten y se inquieten con la lectura.

CJ: ¿Tiene autores ‘de cabecera’?
L.L: Sí. De hecho tengo autores, veinte o treinta, a los que vuelvo continuamente. Según como me encuentre ese día y el estado de ánimo en el que esté, me automedico con páginas de uno u otro. Precisamente ahora, he vuelto a Conrad como reconstituyente, después de ese tiempo que he estado sin escribir. También están Kafka, Faulkner, Virginia Woolf, que me ponen a cien. Cervantes, Valle-Inclán, Baroja, Machado y tantos otros.

CJ: ¿Qué opina del consumo de la cultura en la actualidad?
L.L: El consumo de la cultura se ha banalizado. Ahora hay una especie de cultura recreativa, de puro entretenimiento, facilona. Es cierto que hay un número de lectores en nuestro país, pero es minoritario. Siempre ha sido así, pero pensábamos que tras la Transición resurgirían. Lo más complicado va a ser venderle a las generaciones futuras la lectura, como una experiencia intelectual, sentimental, estética y extraordinaria.

CJ: ¿Qué crítica constructiva le daría al Ministro de Educación y Cultura, José I. Wert?
L.L: Que dimita. Que se fuese ya de una vez (expresa con rotundidad). No se puede carecer de sensibilidad para la enseñanza. Para este cargo necesitamos a una persona ilustrada, que sienta realmente la enseñanza como un proyecto maravilloso de una comunidad. Porque a la larga la Educación y la Cultura son las que proporcionan mayor solidez y solvencia a un país.

CJ: Para concluir, una curiosidad, ¿Su mujer y sus hijos le leen?
L.L: Sí, claro. Mi mujer es profesora de literatura. Mis hijos también me leen, aunque tardaron más en leerme. Ahora ya han leído todos mis libros y son seguidores, (manifiesta complacido).

Luis Landero escribiendo «Como en todas las vidas, en la mía ha habido unos cuantos momentos esenciales, deslumbrantes, tan reveladores, que te sacan del alma las verdades más hondas y escondidas, y que de pronto te dicen más de ti mismo y del mundo que todos los libros y la sabiduría de los maestros […]»- Luis Landero. El balcón en invierno.

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