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Los secretos ocultos de Sevilla

La Giralda de Sevilla
La Giralda de Sevilla / Fuente: Paula Rodríguez

Entre las sombras de los naranjos que inundan las plazas, Sevilla esconde en cada rincón de sus calles diferentes relatos que mezclan la historia y la fantasía, desde santas desafiando al Imperio Romano hasta cabezas colgadas en las puertas de antiguas casas judías. Esta ciudad no se entiende solo por sus monumentos, sino por las voces del pasado que aún susurran en sus callejones.

Con más de tres mil años de existencia, Sevilla es como un gran libro abierto donde cada civilización ha dejado su huella grabada en la piedra. Por sus avenidas han pasado fenicios, tartesios, romanos, visigodos, musulmanes y cristianos, forjando la antigua Spal, que según el mito fue fundada por el mismísimo Hércules, hasta convertirla en una de las ciudades más ricas y complejas de Occidente. Esta mezcla de pueblos no solo dejó un legado arquitectónico imponente, sino también un pozo profundo de tradiciones y crónicas que caminan por la delgada línea entre la realidad histórica y la ficción. Este pasado intenso y glorioso ha creado un imaginario único, donde los milagros conviven con la tragedia y el honor con la traición. A continuación, relatamos cuatro leyendas y misterios que han marcado la identidad de Sevilla.

Santa Justa y Rufina

En la Hispalis (Sevilla) del siglo III, las hermanas Justa y Rufina ejercían el oficio de alfareras en el arrabal de Triana. Su vida cambió durante las festividades de Adonías, un culto en honor a Venus (Salambona) que conmemoraba la trágica muerte de su amante Adonis. Durante estas fiestas, una procesión de fieles recorría la ciudad portando la imagen de la diosa y exigía limosnas para costear los gastos del ritual. Cuando la comitiva llegó al puesto de las hermanas pidiendo una contribución, estas se negaron por sus creencias cristianas, lo que provocó que los devotos rompieran sus vasijas. En respuesta, las jóvenes derribaron la estatua de la diosa, que quedó hecha añicos. Esta ofensa al culto oficial hizo que el prefecto Diogeniano las encarcelara. Se dice que sufrieron largos interrogatorios y torturas como el potro o los garfios de hierro, además de ser sometidas a caminar descalzas por Sierra Morena. Ellas siguieron devotas a su fe en Dios y, en la prisión, debido al agotamiento y a la hambruna Justa murió y su cuerpo fue arrojado a un pozo. Sin embargo, Rufina acabó en el anfiteatro de Itálica para ser devorada por un león, pero las habladurías cuentan que la fiera en vez de atacarla se amansó y lamió sus vestiduras. Finalmente, fue degollada y su cuerpo quemado. Tras el martirio el obispo Sabino logró recoger los restos de las muchachas dándoles sepultura cristiana. Hoy, las Santas Justa y Rufina son las patronas de los alfareros y, se han convertido en las guardianas de la Giralda y han sido inmortalizadas por pintores de la talla de Murillo y Goya, con sus piezas de cerámica y la palma en la mano como símbolo de su calvario.

Justa y Rufina de Francisco Goya en la catedral sevillana / Fuente: Paula Rodríguez
Justa y Rufina (1817) de Francisco Goya en la catedral sevillana / Fuente: Paula Rodríguez

La primera abadesa de Santa Inés

En la Sevilla del siglo XIV, la figura de Doña María Coronel se convirtió en un símbolo de resistencia. Tras la ejecución de su marido, Juan de la Cerda, acusado de intentar rebelarse contra el rey Pedro I de Castilla, apodado “el Cruel”, la joven viuda, de tan solo 23 años, buscó refugio en la vida espiritual. Sin embargo, su destino se torció cuando se cruzó en el camino del monarca, quien desarrolló una obsesión enfermiza por el encanto de María. A pesar de los constantes rechazos de ella, el rey inició una persecución implacable que la obligó a esconderse en el convento de Santa Clara, donde incluso llegó a ocultarse bajo tierra para evitar ser capturada.

Tras permanecer un tiempo refugiada junto a las monjas, Pedro terminó encontrándola en la cocina del claustro. María, al verse acorralada y desesperada por el acoso al que había sido sometida, tomó una decisión extrema para erradicar el deseo del tirano, se vertió aceite hirviendo sobre el rostro y el pecho, desfigurándoselos por completo. Tras la muerte de Pedro I y con la llegada de Enrique II de Trastámara, el nuevo rey devolvió a María los bienes incautados a su familia y con este patrimonio fundó el convento de Santa Inés, donde ejerció como abadesa hasta el día de su muerte. Hoy, su cuerpo incorrupto descansa en el coro del monasterio, mostrando las cicatrices de su sacrificio y siendo expuesto al público cada 2 de diciembre.

Doña María Coronel (1857) de Joaquín Domínguez Bécquer 7 Fuente: Wikipedia
Doña María Coronel (1857) de Joaquín Domínguez Bécquer / Fuente: Wikipedia

El Cristo de las Mieles

En el corazón del cementerio de San Fernando, en Sevilla, se alza una de las obras más conocidas del escultor Antonio Susillo (Sevilla, 1857-Sevilla,1896), envuelta con un halo de misterio, el Cristo de las Mieles. Una imponente pieza de bronce creada en 1895 y considerada la última gran creación de Susillo, un artista prodigio cuya carrera fue tan brillante como atormentada, su genialidad se vio truncada por una profunda crisis personal y financiera que lo llevó al suicidio en 1896, poco después de terminar esta obra. Existe una persistente creencia popular que vincula su muerte con un supuesto fallo técnico en la pieza, se dice que Susillo, al ver la obra terminada, se percató de que las piernas de Cristo estaban cruzadas al revés, lo que había herido su orgullo profesional hasta la desesperación.

Años después, la leyenda creció cuando los visitantes notaron que del rostro del crucificado brotaba una sustancia viscosa similar a las lágrimas. El fenómeno fue interpretado popularmente como un milagro, el Cristo lloraba por el destino trágico de su creador. Sin embargo, la explicación técnica reveló que el calor sevillano derretía los panales que las abejas habían construido en el interior hueco de bronce, haciendo que la miel se filtrara por los huecos de la escultura. Hoy, Susillo descansa a los pies de su propia obra, en el Monte Calvario dentro del propio cementerio, una conexión muy especial para honrar al maestro que, incluso después de morir, siguió alimentando el legado de la capital andaluza.

Cristo de las Mieles (1895) de Antonio Susillo / Fuente: Conocersevilla
Cristo de las Mieles (1895) de Antonio Susillo / Fuente: Conocersevilla

Los secretos de la judería

Entre las callejuelas de la judería sevillana del siglo XV, la joven Susana Ben Susón protagonizó un drama marcado por la tensión irreconciliable entre judíos y cristianos. En una época marcada por las hostilidades religiosas y el creciente ambiente de desconfianza entre comunidades, Susona, conocida por su belleza excepcional y perteneciente a una familia judía, se enamoró de un caballero cristiano, desafiando así las barreras y prejuicios impuestos por su tiempo. Al descubrir que su padre, Diego Susón, planeaba una conspiración judía para sublevarse contra el poder de las autoridades cristianas, la joven, cegada por el deseo de proteger a su amado, le reveló los detalles del plan. Esta confesión no trajo la paz, ya que su amante la delató y acabó produciéndose la captura y ejecución de los cabecillas judíos, incluyendo a su propio padre.

Como tantas veces ocurría, toda la responsabilidad recayó en la mujer. Convertida en una paria para su pueblo y consumida por la culpa de haber traicionado a su familia, Susona buscó refugio en el bautismo y acabó retirándose a un convento. No obstante, el remordimiento la acompañó hasta el final de sus días, tanto fue así que dejó por escrito en su testamento que su cabeza fuera expuesta sobre la puerta de su hogar, como advertencia del error cometido. El cráneo de la muchacha permaneció allí durante siglos, dando nombre a la antigua calle de la Muerte. Hoy, un azulejo con una calavera en la actual calle Susona evoca el trágico fin de este conflicto de lealtades en el barrio de Santa Cruz.

Azulejo de la calle Susona / Fuente: DiariodeSevilla
Azulejo de la calle Susona / Fuente: DiariodeSevilla

Estas cuatro narraciones, que transitan desde el barro de Justa y Rufina hasta el infortunio de Susona, demuestran que Sevilla es un escenario donde el honor, la fe y la tragedia se entrelazan. La determinación de María Coronel y la herencia artística de Susillo no son solo historias del pasado, sino los hilos que tejen la identidad actual de sus barrios.

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