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4 marzo, 2014 Comentarios (0) Visitas: 2347 Recomendamos

Elogio y refutación de la crítica

critica

Por Francisco R. Pastoriza

En la acepción que nos interesa para este artículo, el Diccionario de la Academia define la crítica como “el arte de juzgar la bondad, verdad y belleza de las cosas”. Se trata, por tanto, de un juicio sobre cualidades éticas y estéticas, un veredicto de solvencia o insolvencia acerca de una obra.

La crítica es fruto del ejercicio de un derecho que tiene todo ciudadano a expresar sus opiniones sobre una obra de arte. Se la considera como un subgénero literario y, cuando se hace desde un medio de comunicación, un género periodístico. Además, el crítico es también un escritor (todo buen crítico ha de ser buen escritor) y un artista (la crítica es también un acto creativo), aunque el objeto de su escritura sea el arte y la escritura de los otros.

El crítico suele ser especialista en una determinada expresión (literatura, arte, cine, teatro…) y cuando aborda algún género al margen de su campo habitual suele hacerlo desde presupuestos relacionados con su especialidad. En todo caso, a pesar de algunas consideraciones que ponen en duda la utilidad de la crítica (y de ahí el escepticismo con el que suele acogerse su función en la sociedad de masas), ésta es necesaria para dar significado a la obra, poner en comunicación a creadores y consumidores de cultura y ofrecer un campo de conocimientos útiles.

Raman SeldenUna de las especialidades del periodismo cultural es la  crítica en sus diferentes manifestaciones (según arquetipos que adoptan distintas corrientes: formalismo, estructuralismo, sicoanálisis, marxismo…), a su vez diversificadas en múltiples expresiones creativas de la producción y creación culturales. Un libro reciente de Raman Selden, Historia de la crítica literaria del siglo XX (Akal), recorre las diversas corrientes de la crítica de la literatura de los últimos cien años y estudia las diferentes teorías interpretativas. Por su parte la profesora catalana Núria Perpinyà, lleva a cabo en Las criptas de la crítica (Gredos) un fascinante ejercicio pedagógico al ilustrar los diferentes movimientos con veinte ejemplos prácticos sobre otras tantas interpretaciones de La Odisea.

La crítica moderna aparece durante el siglo XVIII con la Enciclopedia y la Revolución Francesa, pero sobre todo con el nacimiento de la prensa, y se consolida en  el XIX también gracias a la expansión de los periódicos y a la autonomía universitaria en la sociedad liberal. Voltaire definió entonces al crítico como “un artista con mucha ciencia, sin prejuicios y sin envidia” (una definición bien que optimista). En nuestro país, en el siglo XVIII, el primer periódico, el Diario de los literatos de España, ya incluía críticas de libros. De algunos escritores de este periodo puede decirse que fueron excelentes críticos: Arias Montano, Clavijo y Fajardo, García de la Huerta, Forner, el P. Feijoo… En el siglo XIX, nombres como Campmany, Gallardo, el propio Mariano José de Larra, llevaron la crítica hasta muy altos niveles de calidad.

Dos grandes corrientes

         En la actualidad existen dos grandes ámbitos en los que tradicionalmente se divide la crítica: el académico o universitario (crítica didáctica) y el periodístico o de actualidad (crítica de comunicación). La primera suele ceñirse al campo científico de los centros universitarios o de educación superior, y está realizada por profesores, investigadores, teóricos o expertos, destinada a su divulgación en publicaciones científicas dirigidas a un público minoritario, y escrita en un lenguaje especializado. Su pretensión es ser un documento científico, para lo que utiliza con frecuencia la cita y las notas a pie de página. No tiene una función valorativa porque en realidad se aplica a productos culturales cuya calidad es indiscutible. Su influencia en el público de masas es mínima, aunque a largo plazo es más permanente.

 Por el contrario, la crítica de actualidad tiene como objetivo prioritario influir de una manera instantánea en los gustos de la sociedad a la que se dirige: un público amplio y heterogéneo que normalmente carece de tiempo para la reflexión y el estudio en profundidad (Véase La crítica literaria en la prensa, de Domingo Ródenas. Ed. Marenostrum). En esta corriente, el segundo término del sintagma crítica periodística se impone sobre el primero, porque a los medios de comunicación de masas le interesa por encima de todo la actualidad. Por lo tanto, esta crítica se sitúa en un plano temporal que sólo permite la valoración que complace a esa actualidad. Es más informativa que analítica. Respeta la peculiaridad del medio (periódico, suplemento o revista especializada) y no ensaya fórmulas propias de la crítica académica, ya que sus destinatarios no suelen ser profundos conocedores de los temas que trata.

En la crítica periodística es importante tanto la información (su naturaleza y sus contenidos) como la valoración de la obra. Por encima de toda consideración el crítico trata de interpretar qué quiso decir el artista con su obra y cuáles han sido los recursos que ha utilizado. Aunque se dirige a un público mucho más amplio que el de la crítica académica, sus efectos, sin embargo, no dependen tanto de la calidad o independencia de su autor como del impacto del medio en el que se publica, y en él, de factores como el emplazamiento o el tratamiento icónico.

Esta realidad nos lleva a considerar que realmente quien decide el éxito o fracaso de los productos culturales es primero el medio en el que se publica la crítica y en segundo lugar la categoría, consideración y prestigio del crítico (dejamos de lado aquí el efecto de la promoción y la publicidad, que suelen ser más efectivas que la propia crítica y aún contrarrestar sus posibles efectos negativos). Y esto es más importante si tenemos en cuenta que es el propio medio el que decide cuáles son las obras cuyas críticas se van a publicar en sus páginas, cuya elaboración, en casi todos los casos, encarga después a críticos profesionales según los criterios de esa publicación. Esta mecánica alerta sobre el hecho de que los intereses de los medios de comunicación pueden prevalecer sobre la calidad de las obras culturales, en una época en la que la mayor parte de esos medios pertenecen a grupos multimedia de los que forman parte importante todo tipo de industrias culturales: productoras de cine, discográficas, editoriales, incluso galerías de arte.  A todo ello hay que añadir que las secciones de crítica de los diarios son cada vez más exiguas, lo que dificulta la labor de toda buena crítica.

No hay que eludir tampoco el hecho de que en ocasiones la crítica se mueve también por intereses corporativos, tanto de los medios y de las empresas como, a veces, de los propios críticos. Algunas publicaciones restringen sus críticas negativas para no espantar la publicidad de sus promotores mientras ciertos críticos suelen trabajar para determinadas editoriales. Algunos escritores tienen su crítico de cabecera mientras otros se sienten perseguidos por una determinada firma, todo lo cual provoca la desconfianza de los lectores hacia la objetividad de la crítica. Es esta situación un motivo más para potenciar la función de la crítica honesta y especializada, necesaria en nuestra sociedad mediática para distinguir la calidad de los productos que salen al mercado cultural y descubrir a sus consumidores aquellos valores que se sitúan más allá del mercado del ocio.

Características de la crítica

oscar wildeToda crítica es, en principio, personal (Oscar Wilde afirmaba que la crítica es un arte autobiográfico). Es el resultado de aplicar los gustos personales del crítico, supuestamente formados en el conocimiento profundo del objeto de sus críticas, a su trabajo. Transmitir una experiencia única y personal a base de proporcionar razones y argumentos objetivos. Hay que advertir que el crítico es siempre autodidacta y ecléctico (no existe ninguna especialización académica que forme a estudiantes para el ejercicio como profesionales de la crítica, más allá de algún que otro taller orientativo) y además su formación está conformada por manifestaciones diversas de los múltiples aspectos de la educación y la cultura recibidas. Por eso es el crítico quien se forja su propia autoridad o su descrédito.

Pero la crítica ha de tener valores que han de ir más allá de la propia reacción personal y por ello es obligación del crítico comprender la razón última de la obra. Plantearse en primer lugar qué hay que valorar en la obra que aborda y hacerlo desde sus ideas y sus conocimientos, para lo cual ha de ser un experto, tener criterio, ser capaz de entender una obra de arte y poder explicarla a quienes no la entienden. No debe olvidar que está influyendo en las ideas de los destinatarios de su trabajo, en su educación (una de las misiones del crítico es la formación del lector) y posiblemente en su microeconomía, ya que los precios de algunos productos que se promocionan no son precisamente baratos. Por no citar otros efectos más dramáticos: el pintor R.B. Kitaj culpó al crítico de arte del periódico The Independent de ser responsable directo de la muerte de su esposa, causada, según él, por los permanentes juicios negativos de este crítico hacia su obra. Y una curiosidad cuando menos inquietante: la revista Qué leer publicaba en su número 169 (Octubre de 1911) la siguiente noticia: The Daily Telegraph deberá pagar 65.000 libras (unos 74.000 euros) a la doctora Sarah Thornton por los perjuicios que le ocasionó la muy negativa y falaz reseña de su libro Seven days in the Art World que la crítica Lynn Barber publicó en las páginas del diario”).

Finalmente, el crítico está obligado a arriesgar una opinión, en todo caso argumentada y detallada, sobre la obra en general y sobre los propósitos del autor y los resultados obtenidos. Debe vencer el pudor a manifestar y sostener opiniones propias. Umberto Eco escribió “Opera aperta” sugiriendo que cada obra de arte está abierta a la interpretación de sus destinatarios, que puede ser diferente para cada uno de ellos. La coreógrafa Pina Bausch afirma que cada espectador de sus montajes de danza contemporánea tiene derecho a tener su propia interpretación acerca de la obra, y que todas las interpretaciones son válidas.

Para perder el miedo a expresar opiniones arriesgadas no hay que olvidar que el francés Saint Beuve, posiblemente el mejor crítico literario de la historia, no entendió nunca a Balzac; que a Leopoldo Alas Clarín, el mejor crítico español del siglo XIX, no le gustaba Valle-Inclán y en cambio elogiaba la obra de Armando Palacio Valdés; que Valera rebajó el mérito de la obra de Shakespeare, un autor que a Tolstoi también le parecía que no tenía ningún valor, y que el método marxista que George Lukács aplicaba a sus críticas nunca admitió los valores literarios de Kafka.

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