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30 noviembre, 2014 Comentarios (0) Visitas: 2351 Miscelánea

¿En qué piensa Blas de Lezo?

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La historia vive en la Plaza de Colón en Madrid. Ahora más que nunca. Y desde esta semana, hay una nueva parada obligatoria en la capital para los viajeros y amantes de las anécdotas históricas: la estatua a Blas de Lezo.

Su semblante luce serio, tranquilo, pensativo. Indiferente de su cuerpo mutilado. Su mirada, reducida a la visión de un solo ojo, está fijada en un horizonte en el que no hay mar ni barcos. Tampoco batallas. Lo único que le podría resultar familiar es la gran bandera hondeando en lo alto como si del palo de mesana se tratase. Eso y la compañía de Jorge Juan y Cristóbal Colón, colegas de profesión que, con la misma valentía y arrojo, se adentraron en mares desconocidos. Quizás en eso está pensando.

Retrato de Blas de Lezo en el Museo Naval

Retrato de Blas de Lezo en el Museo Naval

O puede que luzca serio porque está rememorando la Batalla de Cartagena que tan famoso le hizo en 1741. 3.000 hombres contra 25.000. Seis navíos contra 195. Y ganó. Cuentan que el almirante inglés, de nombre Vernon, le maldecía mientras volvía a una Inglaterra donde no le esperaban ni halagos ni honores. “¡Mediohombre!” le gritaba. Cojo, tuerto y manco… pero Blas de Lezo era un vencedor. Su cuerpo estaba quebrado pero regido por una mente irrompible. Ahora, siglos más tarde, sabemos que en Londres ya acuñaban monedas con la victoria inglesa, pero prohibieron su difusión debido a la humillación que supuso esa derrota. A lo mejor, en su interior, sonríe al ser el protagonista de tan fascinante anécdota.

Más allá de nacionalidades e ideales patrióticos la historia parece sacada de una película de aventuras. Pero es real. Ha hecho falta esperar 275 años para regalar a los viajeros que pasen por Madrid una pequeña parada en la que rememorar una buena anécdota histórica. Puede que no haga falta una Plaza de Cartagena al estilo de Trafalgar Square o un monumento como el del Almirante Nelson –manco también por cierto-. Una mención quizás es suficiente para Blas de Lezo, pues nunca vivió de honores y riquezas. Un pequeño tributo que le recuerde por lo que fue. O algo más sencillo pero más reconfortante: unas buenas vistas a uno de los lugares más emblemáticos de la capital.

Hoy, con tres marinos en la Plaza de Colón, quizás sea más fácil sentarse e imaginarse el sonido de las olas del lejano mar. A lo mejor, a partir de ahora, es habitual ver a un viajero pensativo y con la mirada perdida, tal y como hace Blas de Lezo. Inmóvil, pero viajando. En Madrid, pero en medio del océano.

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