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portada de El doctor Zhivago

EL DOCTOR ZHIVAGO Y EL ALMA RUSA

TOLSTOI. LA MUERTE DE IVAN ILICH

25 marzo, 2011 Comentarios (0) Visitas: 1508 Letras

EL LUJO DE FICCIONAR LA REALIDAD

Un hombre pequeño y rapado, con las piernas atrofiadas de un “jockey retirado” y unos corpulentos brazos tatuados cubiertos por un uniforme de presidiario. Pasa sus últimos días confinado en una celda de dos por tres, con una bombilla siempre encendida que ilumina la cara de la única persona que le va a ver. Se trata de un periodista. O de un escritor… Quizá de las dos cosas… O de ninguna de las dos. Su nombre es Truman Capote y está escuchando al asesino de la família Clutter canturrear una canción: «En este mundo; hoy, mientras estamos vivos/ algunos dicen de nosotros lo peor que pueden decir/ pero cuando estemos muertos y dentro de nuestras cajas/ vendrán a deslizar flores en nuestra mano./ Querrías tú darme flores ahora,/ mientras aún estoy viviendo…»

Quizá, en su última conversación, Perry Smith rogaba al periodista que estuviese presente el día de la ejecución. O que se saliera de su papel objetivo de narrador e interviniera judicialmente a su favor. Y, de hecho, intervenir a su favor parece ser la finalidad velada del reportaje… de la novela… del reportaje novelado… o de la novela reportajeada, A sangre fría.

Portada libro 'A sangre fría'En 1959, después de leer la noticia del asesinato, Capote se traslada a Kansas para escribir un relato breve sobre la ciudad y la familia Clutter. Pero, cuando detienen a los culpables, se da cuenta de que su trabajo no tendría sentido sin reconstruir también la vida de Perry Smith y Dick Hickock, con los que acaba estableciendo una profunda relación: conoce sus miedos y sus sueños; sus gustos, sus manías y sus deseos; sus virtudes y sus defectos. Con ellos los intenta humanizar y, en forma de escenas y diálogos supuestamente extraídos de la realidad, decirnos: “Sí, vale, Perry mató sin escrúpulos a toda una familia, pero, antes de cortarles el cuello, se preocupó por su comodidad y de que no pillasen un catarro antes de palmar”. Perry no es más que un chico castigado por su pasado. Un hombre tímido, presumido y con incontinencia renal que se chupa el dedo gordo y busca tesoros hundidos en el mar. Perry es un artista. Un sentimental.

A pesar de pretender quedarse al margen en la narración, el grado de implicación en el caso de Capote es innegable. Se identifica con el recluso y, desde su pretendida neutralidad, convierte lo que para la prensa no es más que un asesino en un hijo, en un hermano, en un amigo, en un ser humano raro y excepcional a quien le gusta el arroz a la española, los chicles de fruta, los animales y cantar. En un personaje complejo y contradictorio que, entre otras muchas cosas, asesina, sin querer hacer daño, a un señor que le parecía buena persona y educado.

Perry y Dick, protagonistas de 'A sangre fría'Sin embargo, el excéntrico escritor trata de esconderse bajo la voz de un narrador omnisciente. Se abstiene de emitir juicios y valoraciones y hace hablar a los hechos y a las personas por él. Hechos y personas acompañados de minuciosos detalles que despiertan la incredulidad del lector, sobre todo en lo referente a la reproducción de diálogos y a la nostálgica y emotiva escena final: resulta dudoso que Truman Capote presenciara el casual encuentro en el cementerio de Valley View entre el agente Dewe, responsable del caso Clutter, y Susan Kidwell, la mejor amiga de Nancy Clutter, muchos años después de que ésta última fuera brutalmente asesinada. Podemos dudar de que Capote presenciara ese “ancho cielo” y “el susurro de las voces del viento en el trigo encorvado” de esa supuesta tarde de mayo. De que alguien le explicara cómo la chica se alejaba “con el pelo suelto flotante, brillante”, “hacia los árboles, de vuelta a casa”. De hecho, podemos dudar de que algo de eso sucediera en la historia real.

Pero… ¿Y qué? En el fondo, Truman Capote no engañó nunca a nadie: él no hacía periodismo; hacía novela de no ficción. Quien quiera rigor periodístico y una absoluta verdad, una única víctima y un culpable total, que cierre esta novela y abra las páginas del New York Times. Para saber por qué Perry Smith acabó con la vida de cuatro personas en una sola noche y por qué se despide de este mundo pidiendo perdón antes de que el sonido seco de una cuerda le parta el cuello, necesitamos algo más. Si es preciso, una exhaustiva investigación de seis años entrevistándose con policías, amigos, familiares, conocidos y demás para permitirse el lujo de ficcionar la realidad.

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