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La mujer del embajador

Groucho me enseñó su camiseta

7 diciembre, 2011 Comentarios (0) Visitas: 961 Letras

Componiendo a ‘Jane Eyre’

Cuando una obra literaria se lleva a la gran pantalla siempre surge la cuestión de cuál debe ser el criterio del que se debe partir para su adaptación. Si bien se espera una  aplicación lo más fidedigna posible de la historia original o si al contrario, el director y/o guionista ha de lograr una pieza cinematográfica personal inspirándose en el texto. La virtud de la visión que presenta Cary Fukunaga del clásico de Charlotte Brontë radica en el respeto que guarda a la novela sin anular las posibilidades expresivas de su riqueza fílmica.

El realizador, junto a la guionista Moira Buffini, moldea un rompecabezas en el que los flashbacks sostienen una narración atractiva y desprovista del academicismo que ha acompañado a versiones anteriores. Al contrario que en otras revisiones, la absoluta protagonista del relato no aparece como una frágil muchacha con ímpetus contrarios a la encorsetada sociedad británica del XIX. La cámara se aproxima a la personalidad de una joven de rostro anacarado como el de sus coétaneas y sin embargo nada equiparable. Sus ojos inquietos custodian un corazón prendido por la pasión intelectual.

Mia Wasikowska deja atrás una desafortunada interpretación de Alicia y dota de enigmático silencio la personalidad de una mujer que busca su identidad en una época hecha a la medida de los hombres. Michael Fassbender le hace réplica sin aspaviento y Judi Dench ofrece un papel breve, pero sólido como acostumbra su trayectoria. Una ambientación magnífica, de atmósfera gótica, opresiva y misteriosa les envuelve como un personaje más.

La fotografía, de tonos fríos y apagados, y la banda sonora de Marianelli (Premio Oscar a mejor BSO por Expiación) destacan en una historia de amor que se encuentra menos desarrollada que en versiones como la de Stevenson con Orson Wells o la televisiva cinta de Delbert Mann. La cuidada producción de la BBC plasma perfectamente la heroína forjada a sí misma, una Jane Eyre que supera sus propias limitaciones hasta escuchar el timbre de su voz.

 

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