MEDIDAS DESESPERADAS, LYDIA LUNCH

Portada de Medidas Desesperadas, Lydia Lunch

Hace dos días empecé a leer el libro Will Work For Drugs (Medidas Desesperadas) de Lydia Lunch, que se publicó en noviembre en España. Hace dos días, por casualidad, volví a escuchar ‘My My, Hey Hey’ de Neil Young. No pude evitar pensar que ese verso de la canción con el que Kurt Cobain terminaba su carta de suicidio, «It’s better to burn out than to fade away», define a la perfección la actitud de una Lunch abierta en canal sobre estas páginas.

“Es mejor quemarse que apagarse lentamente” cantaba Young. Lydia Lunch tiene muchas razones para odiar al mundo. Tiene más razones todavía para odiar al ser humano en general. Tiene quizás infinitas razones más para odiarse a sí misma y encender la cerilla que le permita arder. Pero Lydia Lunch ama “la Vida” con la misma locura con la que odia sus experiencias y por eso sopla mil cerillas al día, antes de prenderse fuego.

Esto es Medidas Desesperadas; el ir recogiendo del suelo todas y cada una de las cerillas que bañan sus pies y contar todo el pasado que cada una de ellas contiene. Su historia personal, reflexiones del presente, críticas del futuro e incluso entrevistas a personajes como Hubert Selby Jr., escritor de Requiem for a dream o Last Exit to Brooklyn, protagonizan este libro; un compendio de vómitos de esa Lydia visceral y sin tapujos que recorría las calles de Nueva York, imbuida del movimiento No Wave de finales de los 70.

Lunch es radical y contundente, es extrema en forma y en contenido, es malhablada y directa. Y engancha irremediablemente, como su música. Su existencia ha sido vivida siempre al límite, para bien y para mal. Las incontables veces que «coqueteó con la muerte y la muerte coqueteó con ella» son sólo un pequeño ápice de todo lo que encontraremos en estos relatos divididos por epígrafes que bien valen una mención: Medidas Desesperadas, Cuntzilla, Esquilmada y Pendencieros.

Cuntzilla, nombre que finalmente encontré en un diccionario urbano americano, designa a un monstruo vaginal que atrapa hombres y amaga con dejarles escapar para finalmente, matarlos. Lydia Lunch puede ser lo más parecido a un alma errante que vaga, observa y actúa por acción-reacción y trata de sobrevivir a sus pesadillas, a su insomnio, a sus miedos e incluso a Dios (“el tirano original”); pero no mata. Lydia Lunch sobrevive.

«Una constante que te recuerda siempre de dónde vienes…, hacia dónde vas…., y a dónde no llegarás nunca… Y sabes que hagas lo que hagas, o intentes hacer o consigas hacer, nada de esto te salvará el culo, no te librará de hundirte en un pozo sin fondo – anónimo, miserable y sin dejar rastro. Así que la única salida es adentro. A lo más profundo de ti. Te perforas la piel. Desearías poder concentrar todo el daño, todo el dolor, en un solo lugar, y librarte del opresivo entorno que te asfixia desde el primer aliento del día hasta el día en que te mueras.»

Sobrevive y escupe lo que queremos y no queremos escuchar; hace reflexionar sobre el momento en que vivimos y sobre la calidad del Ser Humano desde sus entrañas. Quien toma este pequeño libro entre sus manos es que busca algo más que quedarse expectante ante las palabras de la neoyorkina. Busca, quizás, reflexionar sobre uno mismo. Sacar lo más duro y putrefacto de nuestro ser para buscar salida y expiación.

NADIE TE OBLIGÓ A COMPRAR ESTE LIBRO. LO COMPRASTE PORQUE TAMBIÉN TÚ TIENES ALGÚN VENENO QUE DESCARGAR”, grita Lydia. “Mi obra es una forma de psicoterapia pública dirigida y dedicada a una minoría de apasionados extremistas que se sienten traicionados o no definidos por el género”, se despide.

Yo también me despido y lo hago con su música, con ‘Death Valley 69’ en compañía de Sonic Youth: más, muchas más vísceras que descifrar.

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