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11 noviembre, 2017 Comentarios (0) Visitas: 166 Cine y Televisión

‘The Square’: la pantomima de la condescendencia

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Claes Bang, en un fotograma de 'The Square'.

La ambigua interpretación de Claes Bang es clave para el triunfo de la película.

En el mundo del cine, las cosas siempre suceden en los festivales mucho antes de llegar siquiera a plantearse entre el gran público. Mientras la gente no consigue ver las películas nominadas a los Oscar hasta enero o febrero, los críticos acceden a ellas con muchos meses de antelación. Los premios empiezan a gestarse en Cannes, Venecia, San Sebastián o Toronto. De ahí se sale ya con casi todo resuelto. Cannes, al celebrarse algunos meses antes que los demás, siempre suele colocar a sus películas algo antes en cartelera. El año pasado, Yo, Daniel Blake, ganadora de la Palma de Oro, aterrizó en las salas españolas en octubre. La triunfadora de este año, The Square, lo hace hoy.

Ruben Östlund es uno de los grandes nombres del cine sueco actual. Después de recibir grandes críticas y moverse con éxito por festivales de cine independiente con De ofrivilliga y Play, el realizador natural de Styrsö, una pequeña isla del municipio sueco de Göteborg, alcanzó el reconocimiento internacional con Fuerza mayor (2014). Con ella obtuvo su primera nominación a un Globo de Oro, y se quedó a las puertas de conseguirlo en los premios de la Academia. Este año, con The Square, vuelve a intentarlo. Su candidatura es, de nuevo, mucho más que firme.

El triunfo de Östlund en Cannes está bien justificado. Su película, que mantiene vigorosamente sus rasgos de autor, contiene un enorme poder conceptual. The Square traza su gigantesca crítica a los tiempos modernos alrededor de dos ideas: la del impacto de las redes sociales y la del snobismo social. Juega con ellas, las mezcla, las vertebra. Östlund lo conjuga todo con su humor negro densificado, muy al estilo del cine centroeuropeo y de cintas como la alemana Toni Erdmann, una de las grandes triunfadoras del año pasado.

Dominic West en 'The Square'.

Dominic West protagoniza dos de las escenas más portentosas del film.

La historia que presenta es compleja y está llena de vértices. Su personaje central, Christian (interpretado por el danés Claes Bang), es el gestor de un prestigioso museo de arte contemporáneo. Dada su elevada reputación, asume un estilo de vida anclado en la condescendencia, la altanería y el constante sentimiento de superioridad. Östlund emplea a su protagonista para simbolizar todo aquello que, a todas luces, desprecia del mundo del arte, todo el elitismo y el hermetismo que desprende. Alrededor de él van bailando diferentes personajes secundarios, todos trabajando sobre la idea de la distancia entre la realidad y la percepción de Christian de la misma. Algunos de ellos, como Elizabeth Moss y Dominic West, protagonizan algunos de los gags más hilarantes de la cinta.

Elegante desorden

La puesta en escena de Ruben Östlund es elegante, imaginativa y dinámica. La película, pese a contener un poso conceptual de elevada complejidad, no destaca por ser especialmente tediosa, sino que funciona también con corrección a nivel de entretenimiento, e invita al espectador a un viaje (largo, de casi dos horas y media) en el que mezcla, a partes iguales, diversión e incomodidad. En la sátira, en la acidez, es donde la película gana más fuerza, a pesar de que, en ciertos tramos, puede acabar cayendo en reivindicaciones o reclamas un tanto próximas a lo obvio.

La gran debilidad de The Square, en lo negativo, es su relativo caos argumental. Östlund, si bien tiene clara en su cabeza cuál es la idea que debe planear la película en su totalidad, no diseña con demasiada precisión el desarrollo de los hechos que deben llevar a ella. De este modo, el espectador se encuentra con una serie de sketches un tanto desordenados que repiten, una y otra vez, el mismo concepto desde distintos puntos de vista. En este sentido, además de atropellada, The Square puede acabar resultando algo sobreexplicativa.

De todos modos, la atmósfera de incomodidad está muy bien lograda, y la imaginación visual de Östlund dota a la película de una brillantez de la que sus carencias narrativas no logran despojarla. Resulta difícil pensar que fuera de Europa -e incluso en la Europa mediterránea- The Square pueda funcionar a nivel cómico, y quizá ese impedimento pueda trabar las pretensiones de la película sueca de cara a los Premios Oscar. De todos modos, Palma de Oro en mano, se puede decir que el éxito de Ruben Östlund ya ha sido rotundo.

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