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EL ÁRBOL DE LA VIDA. EL CULTO DE MALICK

La adormecida voz de Zambrano

28 septiembre, 2011 Comentarios (0) Visitas: 1282 Cine y Televisión

VOLVER. SI ALMODÓVAR FUERA UN POETA, SERÍA…

Vaya peliculón Volver, hay que reconocerlo. No considero que sea manía lo que me pasa con Almodóvar: simplemente, en general, no me gusta la manera que tiene de llenar la pantalla de mi ordenador. Pero es un ‘no me gusta’ desde el respeto y la profunda admiración. Su evolución como cineasta es deslumbrante, y no cabe en ella lugar a ninguna duda. Más allá del gusto particular de cada uno, el manchego es un grandísimo director de actores, un fenomenal escritor y un soberbio realizador. Siempre he oído cosas buenas de Volver, incluso en boca de sus detractores. Parece el punto de acuerdo de todos los afinionados al cine. Te dicen: «no, aunque no te guste Almodóvar, ésta te va a gustar», o «es la menos almodovariana, tienes que verla». Y, en el fondo, tienen razón.

Para empezar, el guión me ha parecido redondísimo, de esos que cuando ves la última escena piensas: «aquí tiene que acabarse», y va y se acaba. Una historia excepcionalemente bien conducida: los personajes, alternándose por momentos, como pasándose cariñosamente un testigo, que somos nosotros el público, nos llevan de la mano a través de una trama que se va abriendo como las rosas en primavera. Poco a poco, suavemente, sin sobresaltos ni violencias. La historia, de todas formas, gira en torno al personaje de Raimunda (una impresionante Penélope Cruz) y al de su hija. Aparentemente va a ser la historia de un asesinato, pero la insistente presencia de su hermana Sole (Lola Dueñas) y la de Agustina (Blanca Portillo), su vecina del pueblo, y el constante sobrevolar de la misteriosa muerte de los padres, terminan por transformar la trama. A medida que avanza nos damos cuenta que todos los personajes están unidos por algo irresuelto del pasado: algo que ira creciendo y saliendo con el tiempo, como la sabiduría de las abuelas. Y aunque ese algo no mueve la acción del filme, sí resulta ser la verdadera medular de la película.

Esbozados están muchos de los temas más interesantes y recurrentes del cine español: la marginación y la pobreza de los extrarradios, el peso de la tradición rural, el clima de abandono de ese mismo mundo ya caduco, pero también la violencia de género, el abuso de menores (hijos propios inclusive), la soledad, las relaciones humanas más íntimas; y todo dentro de una historia que parece tener una cara en constante mutación. Primero parece la de una madre-coraje, que saca adelante a su hija entre un mar de dramas familiares, que culminan con la muerte de Paco (o eso creemos los primeros tres cuartos de hora), luego la de una narrativa tipo realismo mágico, al estilo de García Márquez o Rulfo, donde lo surrealista o sobrenatural dejan de ser un absurdo. Y al final es una historia de reencuentro y redención.

No obstante, lo que realmente hace de la película un peliculón es ese tono de ‘cine negro rural’ que nos recuerda a El extraño viaje, con el mismo tono tragicómico, aunque no tan penoso y caricaturizado como el que tiene el filme de Fernán Gómez. Tiene muchos de los ingredientes del cine negro clásico: no uno sino dos asesinatos, un misterio que gira en torno a ellos, la aparición de personajes reveladores como golpe de efecto a mitad de la cinta (como en El tercer hombre, sin ir más lejos), el ocultamiento, el enterramiento de cadáveres, los secretos. La única salvedad es que en vez de misoginia, hay justo lo contrario. Almodóvar no es que pase olímpicamente de los hombres heterosexuales; es casi peor: si aparece alguno es siempre con un componente negativo.

Y en realidad no me vale con la típica imagen del vago canalla repanchingado en el sofá viendo el fútbol rodeado de cervezas, que mira con ojos lascivos la apertura de piernas de su hija(stra), para dibujar un elemento masculino de la acción. Me parece burda, simplona y deliberadamente maniquea la figura de Paco. Lo mismo para la del padre muerto, creado solo a partir de lo que nos dicen las chicas: otro canalla pichabrava. Desde luego, si fuera por los de mi calaña, la humanidad no valdría una perra gorda; el mundo, tal y como lo ve y concibe Almodóvar, estaría más a gusto sin nosotros. Se salva Emilio, que sale 20 segundos, por la rendija de la puerta, y desaparece como por arte de magia. Solo así no molestamos: siendo bueniños y generosos, algo tontitos, y estando bien lejos.

No es por orgullo masculino que esto me disguste. Almodóvar, como enorme realizador que es, puede hacer lo que le dé la gana; tratar siempre solo el segmento de mundo que ven sus ojos (lo hacemos todos de una manera o de otra). De hecho, creo que la historia no podría descansar en otros personajes que no fueran las que son, excelentemente interpretadas todas, dicho sea de paso. Además, no es forzosamente una historia de mujeres: es cine negro protagonizado por la Reme, la Sole, Paula, Irene, Agustina, y un par de vecinas, putas e inmigrantes, chicas de barrio (y de pueblo).

Por último me gustaría resaltar un par de cosas. Por un lado, el sofisticado chabacanismo de Reme, muy ligado a la comida, a medio camino del éxodo rural; y por otra parte, el momentazo de realismo mágico que conlleva la aparición de la madre. Hasta un buen rato después no se nos dice claramente que no es un fantasma. El caso es que nos lo creemos y la aceptamos como tal aunque no lo sea; y casi nos da pena rendirnos a la lógica y a la evidencia cuando nos dicen, obviamente, que es una persona de carne y hueso. Puede funcionar en los dos niveles; de hecho, para Agustina siempre será una aparecida. Y esa doble dimensión del personaje, pero también del carácter de la obra entera, es otro de esos detalles de genio que hacen de esta una gran película.

De Almodóvar solo me queda decir que aunque su estética no es lo que más me gusta del mundo, ha llegado a un grado de perfección consigo mismo que es digno de admiración. Domina la escena, la construye al detalle en su cabeza; y los diálogos, aunque siempre han sido como traídos de la calle en tupper, alcanzan cotas cercanas a las que Lorca inmortalizó en su teatro. No pretendo comparar, pero desde luego, si Almodóvar fuera un poeta…

También disponible en En noche americana.

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