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18 mayo, 2011 Comentarios (0) Visitas: 1378 Cine y Televisión

RODRIGO GARCÍA. NUEVE VIDAS. LA NARRATIVA EN LA BASE DEL CINE

Me familiaricé con su nombre cuando empezó a figurar en los créditos de algunas de mis series favoritas. A dos metros bajo tierra, Carnivàle o Los Soprano son algunos de los mejores ejemplos del nuevo modelo de producción por el que apostó HBO hace ya algunos años, que se basa en el trabajo en grupo de un buen número de guionistas y directores, entre los cuales, en estos casos, se encontraba Rodrigo García, uno de los realizadores más prometedores de este principio de siglo. Después supe que es hijo de Gabriel García Márquez, de quién hereda ese extraordinario talento narrativo que, a estas alturas, ya está fuera de toda duda. Se trata de un gran director, pero sobre todo, de un fantástico guionista: así lo corrobora la coherente personalidad de aquellas películas donde es él quien escribe y dirige, como Cosas que diría con solo mirarla, su primer largometraje, Nueve vidas, seguramente la más interesante, o In Treatment, serie recientemente escrita, dirigida y producida por él, como no, para HBO. De operador de cámara y director de fotografía en los ‘90, Rodrigo García ha ido creciendo en el mundo del cine independiente, hasta convertirse, hoy en día, en unos de los valores en alza de la pequeña y la gran pantalla.

Nueve vidas es quizás el mejor resumen del estilo cinematográfico de García, su película más paradigmática. Contiene todos los elementos que se repiten en casi todas sus otras obras. A sus 56 años, el universo intelectual en el que se mueve queda muy claro en su cine, por un lado, a través de su temática, y por otro, mediante una técnica cada vez más depurada, personal y reconocible. Asegura que es casualidad que casi siempre sea una mujer quien protagonice sus historias: mujeres que no comparten clase social, ni problemáticas, ni siquiera un fondo de temática relativo al conflicto de género. Son historias cotidianas, trazos de vidas casi como escogidos al azar; partes de un todo que no parece tener principio ni final. Porque el verdadero interés del realizador colombiano, su verdadera temática, casi expuesta a modo de tesis en su primer largo, son aquellas cosas que se pueden decir de alguien con solo mirarla. Así explota su principal virtud, y el auténtico encanto de su cine: el riquísimo desarrollo narrativo interno de cada una de las historias.

Su cine nunca es directamente explicativo, aunque esté claramente apoyado en el diálogo; a través de éste, los personajes de Rodrigo García son capaces de decir mucho más de lo que dicen sus palabras. Precisamente por el hecho de no partir de un diálogo explicativo, que resuma las vidas del personaje hasta el precio momento en que lo hemos conocido. Al revés, el espectador explora el pasado de Sandra, de Diana y Damian, las inquietudes de Camille, los miedos de Holly o de Ruth, solo en base a una escena normal, cotidiana, uno de esos momentos en que no se explica la vida, sino que se vive. Momentos en los que no hay frases lapidarias o inolvidables, sino solo miradas largas, llenas de historia y diálogos reprimidos. Se esfuerza por crear personajes que hablen más por su transparencia que por su texto. Y vaya si lo consigue. 

Su estilo está emparentado con el de directores como Benicio del Toro, Alejandro González Iñárritu o Carlos Cuarón, pero a diferencia de éstos, la narrativa de García, pese a la común tendencia de fragmentar y entrecruzar historias, es más lineal, directa y clara. Las coincidencias y los caminos cruzados no parecen más que eso, pues el colombiano centra nuestra atención en el propio desarrollo narrativo interno de la escena, independientemente de quienes creamos que son los seres que estamos viendo en pantalla. A veces son las impresiones las que llaman a engaño. Otras veces lo es la información. Por eso García, como buen psicoanalista, se sienta frente a los personajes, espera, les escucha, y casi como un mago, logra que digan lo que él realmente quiere que digan. Información, en cierto modo, cifrada, pero que sale directamente del fondo emocional del personaje. Increíblemente aclaratoria sin ser en absoluto explicativa, ni argumentativa. Su narrativa es, simplemente, un cuchillo ardiente penetrando mantequilla, un tragaluz que poco a poco se abre, vertiendo luz sobre todas las cosas que en verdad importan. 

Otro de los elementos de inquietud de Rodrigo García es el tratamiento de la cámara, el papel ejercido por ésta a la hora de plasmar o acercarse a la realidad. Nueve vidas son nueve historias, rodadas en nueve planos-secuencia de unos diez o quince minutos cada uno: el montaje más sencillo jamás imaginado. Obviamente, la depuración estética en cuanto a movimientos y enfoque está garantizada con García, pero el verdadero valor de este método de grabación reside en que el cámara, y el ojo del espectador, asistan sin cortes a toda la escena. La intromisión de la cámara, el punto de vista del autor, lla manipulación de la imagen, la sugestión que implica la elección de uno u otro plano o enfoque; en definitiva, la particular visión subjetiva del autor como fuente única de creación de la imagen, queda anulada (de manera consciente y voluntaria): no interfiere, la imagen y la acción son lo que son, sin necesidad de artificios, de concretos enfoques que subrayen determinados hechos o, peor aún, opiniones del autor. Rodrigo García es pulcro y prefiere dejar hablar a otros. Prefiere el espacio cerrado, donde la escapatoria no es una alternativa, donde la más pura dialéctica saque a la luz aquello que solemos llamar verdad (o realidad).

Nueve vidas. Nueve historias. Sandra (Elpidia Carrillo) en la cárcel esperando el momento del mes en que puede hablar con su hija. Diana (Robin Wright Penn) se encuentra a Damian (Jason Isaacs) en el supermercado. Holly (Lisa Gay Hamilton) vuelve a casa para solucionar algo de su pasado con respecto a su padre y unos posibles malos tratos. Sonia (Holly Hunter) es avergonzada por su novio cuando acuden a un encuentro con amigos. Samantha (Amanda Seyfried) vive, sin sentirse atrapada, con su madre y su padre minusválido. Lorna (Amy Brenneman) acude al funeral de la mujer de su ex marido. Ruth (Sissy Spacek) amaga con pasar la noche en un motel con su amante. Camille (Kathy Baker) espera junto a su marido el comienzo de una operación de cáncer de pecho. Y Maggie y María (Glenn Close y Dakota Fanning) visitan una tumba en un cementerio soleado. Nueve planos-secuencia que contienen más riqueza y calidad de desarrollo narrativo que la filmografía entera de muchos realizadores. Rodrigo García es un constructor del cine que utiliza, como argamasa de sus mejores obras, no el diálogo grandilocuente, sino la simple y llana palabra. Esas que, muchas veces, pronunciamos sin abrir la boca. Es la palabra en la base del cine.

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