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Charlie Parker

Y BIRD SIGUIÓ VIVIENDO

MANOLO CARACOL. SÓLO NACIENDO UNO PUEDE MORIR

17 febrero, 2011 Comentarios (0) Visitas: 3762 Música

EL VIOLINISTA QUE VENDIÓ SU ALMA AL DIABLO

El público daba muestras de cansancio, pues el objeto de su expectación se demoraba en llegar, pero de  pronto, de una forma súbita y con la ceremoniosidad de un cadáver viviente, Niccolo Paganini irrumpía, cubierto por un oscuro manto y sobre un carruaje tirado por cuatro caballos negros, en el lugar donde todos aquellos que habían oído hablar de sus infernales dotes, le esperaban con la impaciencia de quienes iban a ver a un delegado del mismo diablodesplegando todo su virtuosismo técnico.

Se hablaba de su afición a deambular de noche por los camposantos, convocando con las cuerdas de su violín a las almas que allí dormían, y su aspecto demacrado de piel grisácea, cabello largo y penetrantes ojos negros, no hacía más que alimentar los cimientos de su leyenda. Decían que cuando tocaba su flexibilidad era tan grande que uno de sus codos era capaz de cruzar por encima del otro, y que la uña de su dedo pulgar hasta llegaba a tocar el dorso de su mano. Tan grande que conseguía dejar a todo aquel que se preciara a escucharlo, en la incertidumbre de si se hallaba ante un caso humano o ante un caso rallante con las cosas de explicación divina; con las cosas que no pueden ser fruto más que de un pacto firmado en los los más ardientes rincones del infierno.                    

paganiniSe decía que una vez, un rico caballero lo contrató para dar una serenata a su amada y que cuando comenzó a tocar se le empezaron a romper las cuerdas. Que éste quedose sólo con una y que, como si nada pasara, sonrió y siguió tocando… Se decía también que su violín encerraba el alma de mujeres de hermosa voz.., quizá la de todas aquellas que, atraídas por su misteriosa personalidad, habían caído rendidas a sus pies… Se decían tantas y tantas cosas sobre Paganini, que su leyenda no haría más que hincharse y aumentar su fama por doquier. “¡Este es un hombre! ¡Éste es un violín! ¡Éste es un artista! Cielos! Ese sufrimiento, esa miseria, qué tortura en estas cuatro cuerdas!” exclamaría Franz Liszt refiriéndose a él.

Y él, lejos de hacer oídos sordos a tanto halago, no haría mas que alimentar con su actitud una historia, que no parecía proceder sino de las mismas leyendas decimonónicas; de la imaginación de ese siglo en el que la importancia conferida a los sentimientos y a todo lo referente al Más Allá, fueron los encargados de situar a la música en la cúspide de las artes, y a los que a ella se dedicaban, entre los más grandes genios que jamás hubieran existido.

El 27 de Octubre de 1782, la ciudad de Génova vería nacer a uno de ellos; vería nacer a Paganini, a un virtuoso del violín de quien se decía que había vendido su alma al diablo a cambio de conseguir unas dotes “inhumanas”; a un genio de quien Alessandro Rolla, uno de los maestros que su padre de niño le pondría, diría tras escucharle: “no tengo nada que enseñarle”.

PAGANINISu leyenda empezaría a los cinco años, cuando al parecer en una ensoñación, a su madre le comunicó  e diablo que su hijo alguna vez sería un famoso violinista… Y Paganini llegaría a serlo… Su dedicación musical iría siempre ligada a una vida pendenciera,  alocada y desviada por el juego y la bebida y, como todo gran genio, contraería la enfermedad. Estaba lleno de síndromes decían… Hablaban del Síndrome de Marfan, del Síndrome de Ehlers-Danlos…. Y lo cierto es que la laxitud e hipermovilidad articular presentes en su anatomía y artífices de sus grandes dotes interpretativas, no parecían proceder sino de esa última anomalía.

Un cáncer de laringe le haría ir perdiendo poco a poco la la voz, pero el sonido emitido por las cuerdas de su violín llegaría a todos los rincones del mapa. En 1801 concluiría un ciclo de conciertos por toda Italia y en 1809 se embarcaría en una virtuosística carrera que le llevaría por toda Europa, propinándole ésta una de las mayores fortunas de las que noticia alguna se tenía.  En 1822 se establecería en Viena, donde tendría el placer de conocer a Frederick Chopin y de llegar al culmen de su fama, y en 1833, aquejado por síntomas de esclerosis, regresaría de nuevo a Italia, donde, tras unos años de enfermedad y habiendo ya cosechado éxitos en extensión, moriría el veintisiete de Mayo de 1840 a los cincuenta y siete años de edad.

No llegaría el violinista a crear una escuela musical, pero el virtuosismo, dificultad y belleza de sus composiciones, no dejarían indiferentes a otros genios de la época comoa Robert Schumann, a Franz Liszt, a Héctor Berlioz o a Johannes Brahms… La fama de éstas trascendería su muerte con la misma fuerza que lo haría su fama de endemoniado. Con tanta que al llegar ésta, la sepultura eclesiástica le sería denegada. Su cuerpo sería embalsamado y, después de pasar un tiempo en el sótano de la casa de su hijo, el féretro que contenía su cadáver PAGANINIvagó de cementerio en cementerio hasta alcanzar el cementerio de Parma, donde la duquesa permitiría por fin que su cuerpo descansase en paz.

Su cuerpo descansaría en paz, pero un alma vendida al mismo diablo a cambio de un sonido inigualable, quizá no pueda descansar sino únicamente en aquellos momentos en los que algún otro, movido por las mismas fuerzas, punce las cuerdas de un violín para hacer sonar las virtuosas notas del infierno.

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