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26 septiembre, 2011 Comentarios (0) Visitas: 1111 Cine y Televisión

EL ÁRBOL DE LA VIDA. EL CULTO DE MALICK

Por muy pretencioso que pueda parecernos, lo cierto es que Terrence Malick, a su modo, trata de contárnoslo todo en esta película: toda la vida, la creación, toda la profundidad y los prismas del sentimiento humano. Y por raro que pueda parecer, lo hace de una manera bastante clara, y especialmente suave. Desde luego, no es una pelicula recomendable para todos los públicos. Es más, puede que al 70% de mis conocidos no se la recomiende, y no porque crea que son tontos, simplones o banales, sino porque el cine se compone de múltiples funciones, que van desde el entretenimiento al puro deleite artístico; y no todo el mundo acude a una sala con el mismo deseo, con la misma necesidad. Por eso es grande también, porque tiene para todos los gustos.

Y en el mío entra de lleno el estilo de Malick, aunque en absoluto sea mi cineasta favorito. Porque admiro a aquellos que logran conformar un lenguaje propio: y Malick es puro lenguaje cinematográfico. Por eso puede que un público poco entrenado en su lectura, un público que desconozca que las palabras, en películas de este director como en las de algún otro, son las imágenes, el ritmo, la luz, el plano y la metonimia, puede perderse en un mapa tan poco escrito. Destaca en El árbol de la vida la escasísima presecnia de diálogos directos, conformándose y reconstruyéndose de igual manera, o incluso más profunda y sutilmentemente, la breve historia de una familia tejana de los años ’50, solo a través de reflexiones introspectivas, o preguntas que los presonajes se hacen mirando al cielo. Son como pinceladas de cámara y montaje, en una narrativa cinematográficamente entre el impresionismo y el expresionismo, pero no el de hece un siglo, sino el propio de Terrence Malick. 


No es narrativa al uso, nunca un film del tejano lo ha sido, pero El árbol de la vida cuanta cosas que están muy claras, que todos de un modo u otro llevamos dentro. La incertidumbre del sentido de la vida, el vacío incontestable e hierático de la muerte al final, pero también al principio, la poderosa naturaleza, lo divino. Pero también las profundidades del hombre, su relación con aquello que le supera, con aquello que no alcanza a domprender, con aquello que no puede dominar, los abismos de sus sentimientos, tanto de amor como de odio, de envidia, de rivalidad, de egoísmo. Toca temas del hombre como un ser solitario frente a lo indónito y sobrehumano; y del hombre como un ser que vive tratando de ramificarse entre sus semejantes para existir en la falsa creencia de que algo puede permanecer, de que algo es inmutable, y hasta inmortal.

Calculando, diría que lo que cuenta Malick es la última historia sobre Vietnam. La cinta empieza con la notificación de la muerte de un hijo, y tras un paréntesis de puros efectos visuales (obra de quien hizo aquello en 2001: La odisea del espacio), y a través de su hermano ya adulto (Sean Penn), se reconstruye en flashback la breve historia familiar de los O’Brian. El acento lo pone Malick en las relaciones: con aquel hermano pequeño que finalmente moriría en el frente, con un padre autoritario de mirada tierna (Brad Pitt, sensacional), y con su madre (Jessica Chastain), incondicional fuente de amor hacia la naturaleza, hacia el universo, hacia la creación entera.

Es difícil abarcar tanto contenido, y hacerlo de una manera tan sutil, tan suavemente subjetiva. La autoridad, el poder ejercido sobre los más pequeños, sobre los débiles; la compasión, la confianza, los vínculos de amor que nos salvan del caos. Porque todo es pasajero. Porque la vida se ha abierto paso a golpes. Porque la vida no existiría sin la muerte. Por todo eso, la enseñanza de la madre, y del propio Malick al hacer una película de este modo, es que debemos asombrarnos siempre; debemos comprender siempre que formamos parte de un todo en constante cambio, de un todo que se precipita a través del tiempo como el estrepitoso fluir de un río en el deshielo: la vida, al abrirse camino, arrasa con todo, sembrando muerte y destrucción allá por donde pasa. No hay otra forma. No habría otra de existir.

Es preciosa la realción entre los hermanos; y es sublime la manera que tiene Malick de contárnosla, de acercarnos a ella: tan solo a través de las miradas, de sus gestos, de sus actos, silenciosos, subjetivos, únicos. Observados muy de cerca, al detalle, sin necesidad de indicarnos nada. Es maravillosa la presencia de la madre: terrenal, fértil, fuente de toda esa especie de aceptación natural de su propia condición humana, consciente de su papel en la creación, de su función de eslabón, de mísera gota de agua en el torrente. Y es genial el padre, todo lo que se nos muestra a través de su figura: la autoridad, la rebelión, la moral, lo que se nos enseña, cómo nos marca lo que vemos en nuestro mayores, en nuestras guías.

En el fondo es un alegato en favor, no solo de la vida y de la admiración por la creación, sino del camino que hace cada ser humano, de la escalada individual que supone la existencia, alrededor de un inmenso tronco común que no nace ni muere, sino que está en constante cambio y regeneración. Un tronco de un árbol en el que nosotros, si tenemos la suerte de darnos cuenta, no somos un animalito que se agarra como puede a la certidumbre, sino que somos parte de su corteza, de su salvia y de su alma.

También discponible en En Noche Americana.

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