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3 febrero, 2020 Comentarios (0) Visitas: 540 Escena

De manadas y jaurías

El Pavon Teatro Kamikaze repone la aclamada obra sobre el caso de ‘La Manada’

fragmento de la obra teatral Jauría

Fragmento de la representación/ El Pavón Teatro Kamikaze

Una luz amarilla ilumina el centro, el resto está oscuro. Es un cubículo muy pequeño, de apenas tres metros cuadrados, rayado como una cuadrícula, como una celda. Dentro hay seis personas muy apretadas. Cinco hombres dan palmas alrededor de una mujer: un, dos, tres y un, dos, tres y un. ¡Olé!

Luego bajan en tropel por unas escaleritas, entre gritos de jolgorio, y cogen unas sillas de metal y las hacen restallar contra el suelo y se sientan. Ella también baja, también coge una silla, también se sienta. Ellos son ruido. Ella silencio.

El 7 de julio de 2016, alrededor de las tres de la madrugada, una chica de 18 años estaba de fiesta, como todos los demás. Estaba sentada en un banco, vestía unos leggins y una riñonera cruzada donde guardaba el móvil. Había ido con un amigo, pero hacía un rato que él se había marchado a dormir al coche agotado de conducir. Habían llegado desde Madrid ese mismo día. Ella se quedó bailando con los amigos del novio de una conocida, se habían encontrado entre la multitud. Después se sentó en aquel banco.

Ellos también estaban de fiesta, venían de Sevilla. Uno se sentó en el banco, luego los demás. Se pusieron a charlar. Se ofrecieron a acompañarla al coche. Se metieron a un portal. La arrastraron con ellos. Era un cubículo muy pequeño, de apenas tres metros cuadrados.

El escenario está casi desnudo, una pared gris que emula la entrada a un edifico, el boquete rectangular tras las escaleras y las sillas metálicas. Sobrio. Aséptico. El foco se desmaya sobre los actores, que llevarán el peso de recrear punto por punto todos los acontecimientos. Sin atisbo de morbo.

Se trata de una pieza de lo que podría denominarse teatro documental, es decir, una variante del espectáculo en la que las propuestas teatrales se mezclan con el periodismo, testimonios sobre los actos a escenificar y demás recursos basados en hechos reales.

Según el dramaturgo alemán, Roland Brus, reconocido por haber creado una nueva forma de teatro documental-ficcional; es un teatro físico, inmediato. El público no mira tranquilo, sino que es parte de la obra, hay una colisión de realidades que le impide descansar.

En Jauría, cuyo argumento está desprovisto de ficción, el espectador asiste a lo acontecido aquella noche de julio y su posterior juicio a través de las declaraciones de víctima y verdugos.

Entonces ella se interrumpe y le viene el llanto. Le sube por la garganta, le ahoga y se desgarra en un hipido: «tengo sólo veinte años, me dijeron que tenía que seguir con mi vida.» Silencio. Un haz de luz ilumina a la mujer menuda, castaña, despeinada, con la cara congestionada, que apenas se sostiene sobre la silla metálica. Es María Hervás, que brilla con una actuación muy humana. La voz de una chica apenas salida de la adolescencia devora a la actriz de 32 años que, a su vez, se come el escenario. Al terminar la función, en el saludo, sus compañeros de reparto -Pablo Béjar, Fran Cantos, Álex García, Ignacio Mateos, Javier Mora, Raúl Prieto y Martiño Rivas- que dan vida a los integrantes del grupo ‘La Manada’, la sostendrán, abrazarán fuerte, como si todos ellos, en cada representación, viviesen una catarsis colectiva.

Jauría, que ha regresado el pasado 8 enero a las tablas del madrileño El Pavón Teatro Kamikaze , ha anunciado nuevas fechas; del 24 de abril hasta el 4 de junio, debido al inmenso éxito de su retorno: ha colgado el letrero de entradas agotadas en cada sesión.

Fragmento de la representación de Jauría

La actriz María Hervás encarnando a la víctima de ‘La Manada’ / El Pavón Teatro Kamikaze

«Me han robado el móvil»

«Usted estaba lo suficientemente lubricada como para mantener relaciones sexuales.» «¿Por qué lo primero que dijo fue que le habían robado el móvil?» «¿Cómo es posible que no recuerde si la penetraron analmente o no?» Se han cambiado la ropa y el acento y el pelo ya no lleva gomina. La voz es más tranquila. La agresividad es la misma. Ahora llevan túnicas de magistrado. Ahora ya ha pasado todo, pero no, pasa el juicio. Las mismas preguntas una y otra vez. ¿Por qué no gritaste? ¿Por qué no te comportaste como se espera que lo haga una víctima? Y entonces ella, por fin, grita.

Y le abrieron la riñonera y le quitaron el móvil y sacaron las tarjetas y lo tiraron todo. «Nosotros nos vamos de fiesta.» Ella no respondió. Ellos se fueron.

Y la primera sentencia dice abuso sexual. Y estallan las calles y la sociedad aúlla en jauría enfebrecida y ruge un «yo sí te creo, hermana» y se reabre el caso y cambia la sentencia y se reconoce que fue una agresión sexual. Cinco predadores coaccionando a una víctima. Un juicio que ha marcado un antes y un después en la sociedad española. Un juicio en el que, a pesar de las pruebas fehacientes, la damnificada tuvo que recordar una y otra vez aquella noche de julio, dando más detalles sobre su intimidad que los propios denunciados.

Una obra, escrita por Jordi Casanovas —autor de Ruz-Barcénas— y dirigida por Miguel del Arco que se alzó con el premio Contra la Violencia de Género 2019 y que vuelve al proscenio para denunciar que las mujeres, aún hoy, no son libres.

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