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2 noviembre, 2018 Comentarios (0) Visitas: 164 Escena

La locura de ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ renace en el Teatro Fernán Gómez

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Pablo Chiapella en la portada de la obra teatral “Alguien voló sobre el nido del cuco

El canto del cuco es esperado impacientemente. Anuncia la llegada de la primavera. Y es como todos los cantos de pájaro; fugaz. Dicen de las estrellas, pero son los pájaros quienes revolotean a nuestro alrededor para que los envidiemos durante un rato. Y después…¡voila!; desaparecen.

Salvo que los encerremos en jaulas. Entonces dejamos de envidiarlos. Ya no pueden volar.

Lo mismo ocurre con el protagonista de esta historia, Randle McMurphy, a quién han decidido enjaular, cortando sus alas y desprestigiando su impetuosa valentía.

Teatro Fernán Gómez. Alguno de los actores de “Alguien voló sobre el nido del cuco”

En un escenario blanco, adornado con sillas blancas, una pared absolutamente blanca, con una especie de sala en el centro que, adivinando ya su color, nos advierte que es ahí donde las enfermeras van a tomar el mando, se desarrolla el argumento de una novela basada en las experiencias de su escritor,  Ken Kesey, en el hospital para veteranos de guerra de Palo Alto. La novela de 1962 Alguien voló sobre el nido del cuco.

Años más tarde, en 1975, Milos Forman fue el encargado de dirigir la versión cinematográfica de este ineludible relato que cosechó 5 premios Óscar y cuyo actor principal es Jack Nicholson. 

La representación teatral en la sala Guirau del Fernán Gómez comienza con el ingreso del irreverente McMurphy en el psiquiátrico. El descarado galán es interpretado por Alejandro Tous (Yo soy Bea), que sustituye estos días a Pablo Chiapella (La que se avecina, La hora chanante), a causa de un accidente de tráfico sufrido por éste a la salida del teatro.

Nada más empezar la obra, brota una inicial preocupación, (evidente en todos aquellos que hemos visto la película): Perder la esencia de McMurphy. Los exagerados gestos, acompañados por imprudentes gritos, no caracterizan al atrevido personaje que, en la gran pantalla, “pasota” y desmesuradamente chulo, se dirige al resto con cautela, sosegado, manejando al completo la situación.

Sin embargo, pese a esta modificación en el tratamiento del preso más desvergonzado del centro, suponemos por una cuestión meramente técnica (en el teatro los actores deben hacerse ver y escuchar correctamente), el indomable McMurphy logra atraparnos. Tanto el actor como el guion transmiten adecuadamente los ardientes deseos de cambio que se fraguan en el estómago de este cuerdo disfrazado de loco, que termina recuperando su vuelo.

Destaca especialmente la actuación de Niko Verona (Mamá quiero volar) en el papel de Billy Bibbit, uno de los retos más complicados de afrontar en el contexto de Alguien Voló Sobre el nido del Cuco, porque también es uno de los personajes más castigados por la inalterable enfermera Ratched, fielmente representada por Mona Martínez (El reino, Ana de día).

Un elemento innovador a la vez que elocuente en este psicótico panorama son las luces estroboscópicas utilizadas en las intervenciones “médicas”, y las imágenes proyectadas sobre la enorme pared blanca. Imágenes que evocan libertad, naturaleza… acompañadas por un discurso abstracto que mana de los pensamientos del jefe indio Bromden; Rodrigo Poisón (Sin tetas no hay paraíso). 

La música, compuesta enteramente por por Luis Prado, enlaza las escenas y emula de modo soberbio el ambiente terapéutico o “de curación” del que los pacientes no pueden escapar. Contando, además, con una pieza única que se incluye al finalizar el drama.

Bajo la dirección y traducción de Joruslaw Bielski, la producción de La Daila Films, y la firma de Dale Wasserman, Alguien Voló sobre el nido del cuco versión teatralizada constituye un pedacito de una enorme explosión, cargada de infinitos componentes críticos hacia una sociedad manipulable y altamente influenciada.

La guinda de un pastel que tomó forma en los años sesenta y todavía hoy podemos degustar.

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