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11 diciembre, 2018 Comentarios (0) Visitas: 367 Lifestyle

Cosas que no podrás comprar en Amazon esta navidad

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CAPÍTULO I 

FANTASÍA 

Las nuevas tecnologías, las compras por Internet y la falta de tiempo, están convirtiendo nuestras adquisiciones navideñas en un mero recorrido por los mismos lugares en los que todos consumen y donde no hay nada que no esté masificado. ¿O sí?

Fantasía, la pequeña tienda de Cristina Padial en la calle Quintana, es un hechizo convertido en establecimiento, donde obtener un regalo personal, emocional y repleto de significado. Algo que jamás podrás encontrar en Amazon de la misma manera.

Fantasía en la calle Quintana

Fachada de la tienda Fantasía en la calle Quintana, Madrid

Los sueños anidan en nosotros. Se quedan a vivir durante el trascurso de nuestra existencia en el mundo y, de vez en cuando, nos recuerdan aquello que hace tiempo deseamos llegar a ser. No son ellos quienes se pervierten, sino la percepción que tenemos acerca de alcanzarlos. Y, sin más dilación, nos rendimos. Los escondemos en un cajón (como hacían los padres de Wendy en Peter Pan), y nos damos por vencidos, temiendo, en cualquier caso, volver a abrirlo.

Sin embargo, existen en este mundo personas que, incansables, los persiguen. No dejan que ninguno anide, les dan vida. Y yo, el 20 de noviembre de 2018, tuve el placer de conocer a una de ellas.

Cristina abrió su Fantasía hace veinte años, en 1998, un año antes de que naciese su única hija. Se podría decir que dio a luz dos sueños en un periodo relativamente corto de tiempo. Qué valiente, ¿verdad?

En 1998 abrió sus puertas Fantasía

Fantasía abrió sus puertas en 1998

En mi conversación con ella hablamos precisamente de los valientes. De esas personas que arriesgan y se atreven a ser ellas mismas. Y no me cabe la menor duda; Cristina lo es. “En veinte años que llevo aquí nadie del portal de al lado se ha asomado por la tienda”, asegura. Además, añade, “en veinte años, imagínate, he querido cerrar mil veces. Hay momentos en los que te ves entre la espada y la pared, y lo que hay que hacer en esos casos es parar un segundo y no tomar ninguna decisión en caliente”. Me cuenta que estudió Bellas Artes y se especializó en restauración de escultura, pero que, muchas veces, se sentía incapaz de seguir el patrón establecido por las reglas clásicas. De alguna manera, quería volar. Su mente inquieta no le permitía conformarse con copiar lo de otros, necesitaba crear. ¡Y, voila! Buena parte de sus creaciones están hoy aquí. Puedo contemplarlas y posar un pedacito de Cristina en cada una de ellas, en cada uno de los detalles que hacen de este rincón de la calle Quintana un lugar mágico.

Conversamos sobre los comercios. Sobre la ingente cantidad de cosas que podemos adquirir en los diferentes establecimientos de la ciudad y, sin embargo, lo poco que nos esforzamos en saber más acerca de lo que compramos. Las tendencias y la publicidad invaden, en cierta manera, nuestros gustos y pareceres. Los negocios ofrecen lo que saben que van a vender.

Y, de nuevo, entre este tumulto, Fantasía, la tiendecita de Cristina. Entras y te trasladas. Un mundo extraño, pero absolutamente acogedor se dispara ante tus ojos y no tienes más remedio que empaparte de la delicadeza de los elementos que lo forman. Cajas de música con bailarinas de alambre, unicornios, atrapa-sueños, máscaras venecianas… todos con su específica historia entre los dedos.

Bailarinas de alambre en Fantasía

Bailarinas de alambre en Fantasía

Como ella misma describe en su página web: “Fantasía no es un negocio más… es un punto de encuentro para todas aquellas personas que valoran la belleza, la creatividad, el arte…, personas con una sensibilidad especial, capaces de ver más allá”.

Y en este contexto de rapidez, agradezco un punto de encuentro así. Tan real. Con la esencia de las personas que han concebido estas obras. “Son piezas de particulares con los que trabajo, me las envían y a veces les hago encargos, pero son las únicas que existen con estas características”, me explica la dueña. También recalca la idea de que “no es una tienda para niños, tengo cosas para ellos, pero me dirijo ante todo a los adultos, muchas veces coleccionistas”.

Llevo ya tiempo en esta galería. Suerte que me he atrevido a entrar, pienso. Mi próximo diálogo con Cristina versa acerca de los prejuicios. “Si eres diferente o piensan que lo eres, de por sí te miran y, lo peor de todo, te juzgan”. Se anima a contarme una anécdota: “Una vez mi hija iba en el metro y me dijo que un grupo de señoras se le quedaron mirando por ir entera de negro. Ella pensó que quizá le tenían miedo y le dieron ganas de decirles: ‘Que no, si soy super maja’.

Desaparezco un segundo: ¿Qué he pensado yo al verla desde lejos subir la verja de Fantasía? ¿La he prejuzgado? Lo cierto es que no me imaginaba para nada a alguien así detrás de ese mostrador. No sé por qué, esperaba encontrar a una mujer mucho mayor, con arrugas en las manos y pronunciadas patas de gallo. Realmente me ha impactado ver unas botas rockeras de tacón alto y pelo desenfadado entrar en esta “casita” llena de cuidadosos enseres. Y me encanta. Cristina me encanta. Su sonrisa ocupa el ambiente y su “me gustaría enseñarte el piso de abajo, pero estoy esperando al electricista para que me arregle la luz”, hace brotar mi curiosidad. “Eso es Fantasía”, alega.

Entra una clienta.

Está interesada en comprar alguno de los perfumes corporales en envase de vidrio soplado. Poco antes, Cristina se había referido a ellos como aromas difíciles de obtener ya que llegan desde Andalucía. No se advierte en sus palabras ego hacia sus productos, sino admiración. Ese “ver más allá” se funde a la perfección con su aparente forma de ser. Una mujer de ideas claras y pensamientos positivos que no permite que se desvanezcan, ni siquiera ante un día demasiado gris. “Mucha gente mirará hoy por la ventana y pensará; qué día más triste y qué aburrimiento coger el paraguas; sin embargo, yo, lo celebro. Hoy es un día melancólico y me gusta tanto como un día de sol”.

“Arriba tengo mi taller”, señala. Y me fijo en las grandes figuras que colman el techo. Un gran cascanueces, con su traje rojo y blanco y su serio semblante, un caballo de balancín, una figura de Gollum que me mira con ojos brillantes y otros muchos y entrañables compañeros. Es realmente como estar en un cuento. Como estar en Fantasía.

Me envuelven mis pensamientos por segunda vez, o quinta. Mi mente viaja al reino de Fantasía donde tantas otras veces he estado. La película de mi infancia recorre la sala y esa Historia Interminable se recrea por momentos en las piezas que se esconden en estas vitrinas. Recuerdo el día que fui con mi padre a la librería de debajo de casa, pidiéndole por favor que me regalase el libro donde un simple niño de mi edad (unos 8 años) se sumergía en la lectura y empezaba a formar parte, sin quererlo, de la historia. Lo leí y, por desgracia, no me ocurrió lo mismo.

Pero puede que hoy haya viajado, por fin, a ese mundo. Gracias a la valentía de Cristina y a que hace veinte años decidió abrir esta delicia en la calle Quintana en vez de conformarse con restaurar esculturas. Y todavía hoy sigue levantando su verja y esperando con ilusión su próximo cliente, o, en muchos casos, su próximo amigo.

Interior de Fantasía

Interior de Fantasía

“Nada es casualidad”, dijo en algún momento de nuestra intensa conversación. Y es verdad. Sus sueños no fueron casualidad. Y que, al igual que todos los objetos que descansan en las cristaleras de esta ensoñación llamada Fantasía, Cristina y yo tengamos ahora una historia, tampoco lo es. Una historia de valor incalculable que, como ella misma dice “ni la tecnología ni las redes sociales podrían abarcar”.

 

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