El director de La Cultureta, inaugura el curso académico 2026-2027 reflexionando sobre la contracultura, la polarización y el papel del periodista.

Rubén Amón (Madrid, 57 años) dio la bienvenida el pasado lunes 5 de octubre a los once alumnos de una nueva edición del máster de la Facultad de Humanidades de la Universidad CEU San Pablo con una serie de reflexiones sobre el periodismo cultural. Los futuros periodistas proceden de ámbitos tan variados como la literatura, la historia o incluso el derecho.

Antes de su intervención, los coordinadores del máster y el personal docente, María Solano, Ignacio Blanco, Esther Martín y Cristina Jaramillo, informaron del funcionamiento del programa y de la universidad. Tras una pausa en la que los alumnos pudieron explorar las instalaciones, llegó el turno de Amón.

El año pasado el discurso lo dio Fernando Rodríguez Lafuente, director de ABC Cultural; el año anterior, Alberto Ojeda, director de El Cultural, del periódico El Español. Este año le tocó a Rubén Amón, quien comenzó presentándose y explicando su trayectoria en medios como El Mundo o El Confidencial y en programas como El Hormiguero. Este último, para su suerte o desgracia, lo ha convertido en una figura reconocible. «Me paran por ser el de El Hormiguero, aunque yo prefiero ser el de La Cultureta», bromea.

La Cultureta, de Onda Cero, es un programa de referencia para muchos, tachado de denso por otros, aunque no por ello menos exitoso. Cuenta con un amplio elenco de colaboradores, entre ellos Rosa Belmonte (también presente en El Hormiguero), Guillermo Altares o Isabel Vázquez. «Continuamente nos están llamando de diferentes ciudades para ir a obras de teatro, eventos…», relata. No obstante, advierte que «tener una radio comercial exitosa conlleva cierta responsabilidad».

Una croqueta no es cultura

«El periódico, no sé si lo conocéis —ironiza—, es un papel que jerarquiza la información». Y para jerarquizar hay que saber qué es cultura y qué no. En la actualidad, apunta, «se está tergiversando lo que entendemos por cultura y, al ser todo cultura, nada lo es». De este modo, termina por resultar «inabarcable».

«Para mí, comerme una croqueta no es cultura», afirma, dado que considera que la cultura conlleva un esfuerzo a la hora de tratarla. Por ejemplo, ver una ópera de cinco horas «requiere un coste, pero merece la pena».

«Hay una diferencia entre la cultura popular y la elitista», señala. En muchos casos, para que esta última se popularice, necesita pretextos extraculturales. Un ejemplo es el ataque vandálico contra una pintura de Renoir y cómo este suceso lleva la obra a los titulares.

El mundo editorial

En cuanto al mundo literario, Amón aporta datos alentadores: la industria editorial ha experimentado un crecimiento del 10 % en los últimos años. La mayor parte de los lectores son mujeres, que consumen el 60 % de las novelas, mientras que los hombres prefieren el ensayo y la no ficción.

«Si no hubiera mujeres, la cultura estaría muerta», declara. Lo atribuye a la notable diferencia entre lo que hombres y mujeres consideran cultura. «Algunos hombres perciben la novela como una pérdida de tiempo sin tener en cuenta que, de ser así, se estarían cargando la mitad de la industria del cine». Además, añade, «la cultura no tiene que servir para nada:

—¿Usted para qué lee?
—Para absolutamente nada».

Crítica y polarización

El crítico, lamenta, «es una figura en decadencia. No hay grandes personalidades que dirijan el camino adonde vamos en relación con la dimensión cultural».

A esto se suma que la cultura está siendo víctima de la corrección política. «Que la cultura viva coartada y con miedo a escandalizar es lo peor que le puede pasar. El tiempo dirá qué movimiento surgirá como respuesta a este conformismo», reflexiona.

Hablar de cultura sin involucrar la política resulta difícil, y aquí Amón lo tiene muy claro: «Veo a una derecha que se ha desentendido del tema y a una izquierda que se ha vuelto sectaria, puritana y mojigata». Critica lo que considera una idea extremadamente simplista: «la izquierda contra la derecha; el bien contra el mal».

Pero ¿cuál es la solución? «Y yo qué sé», responde entre risas. A su juicio, es cuestión de aceptar el disenso y establecer una relación madura con él. «Yo he puesto el límite en el Código Civil y el Código Penal», explica, para marcar hasta dónde tolera la discrepancia y la convivencia con «ideas incómodas», como él las llama. Eso no implica aceptarlo todo.

Cancelación

En cuanto a la separación del artista y la obra, cree que es imposible. «Soy un profundo wagneriano y detesto sus textos antisemitas», aclara, en referencia a Richard Wagner. Asimismo, menciona su interés por ver La bola negra a raíz de todas las críticas que no tienen que ver con los aspectos cinematográficos de la película. Esto no significa que lo tenga todo claro: duda de que la posición del periodista sea sólida y se preocupa por géneros del periodismo muy dañados, como el deportivo. Finalmente, ante la pregunta de una alumna del máster sobre el síndrome del impostor, no pudo ser más claro: «Bienvenidos al club».