Existen sitios donde la cultura puede ser observada y otros donde parece que se puede tocar. La Caja de las Letras del Instituto Cervantes es parte de estos últimos. En ese lugar, la memoria cultural se agrupa en pequeños compartimientos que siguen cerrados hasta que llega el día seleccionado para volver a descubrir lo que alguien decidió dejar atrás.
Los alumnos del Máster en Periodismo Cultural que se imparte en la Universidad CEU San Pablo tuvieron la oportunidad de conocer este lugar en una maravillosa visita. Tenían conocimiento de que allí se guardaban herencias de escritores y otras figuras culturales, pero no imaginaban que lo que más les impactaría serían unas palabras escritas en ciertos cajones.
La Caja de las letras, desde 2007, protege objetos, documentos y recuerdos asociados con personalidades de la cultura. Francisco Ayala fue quien dejó el primer legado, que incluía una carta manuscrita y otro objeto cuyo contenido prefirió mantener en secreto hasta 2057. Desde esa fecha, escritores, artistas, músicos, científicos, cineastas y otras personas relevantes han compartido allí fragmentos de sus relatos. Cada legado está vinculado a una fecha de apertura que el donante escoge, por lo que algunos de esos objetos están destinados a ser encontrados por personas que aún no han nacido.
Las palabras que abren historias
Sin embargo, las frases asociadas a algunos de los nombres fueron las que lograron detener sus miradas. Breves textos que aparentaban servir como una pista, como si cada cajón escondiera una historia que se podía intuir antes de saber qué contenía.
Esa forma de presentar a las personas gustó particularmente. Unas pocas palabras podían acercar al visitante a la persona que había decidido dejarlo allí antes de conocer qué objeto había dentro. No era necesario sintetizar una obra o describir un recorrido. Una oración era suficiente para suscitar una pregunta: ¿qué habrá en el interior? Y otra pregunta más interesante: ¿por qué eligió guardar exactamente eso?

En cierta medida, esos cajones hicieron pensar en la literatura. Leer también implica abrir compartimentos. Se entra a una página sin saber qué se hallará, y muchas veces basta una sola palabra para conducir al lector a otra historia, a otra época o incluso a otro individuo.
Por ello, llamó mucho la atención el vínculo entre las palabras que acompañaban a los objetos y estos mismos. La Caja de las Letras no solo guarda cosas, sino también relaciones. Una máquina de escribir puede ser solo una máquina de escribir, sin embargo, cuando se sabe que fue de Nicanor Parra, adquiere otro significado. Cuando se descubre que una pipa y un bolígrafo pertenecieron a Antonio Buero Vallejo, adquieren una nueva dimensión. Cuando una primera edición de Perito en lunas empieza a ser parte del legado de Miguel Hernández, ya no es solo un libro.
El Instituto Cervantes describe estos legados como pequeñas cápsulas del tiempo, lo cual parece una expresión particularmente apropiada. No solo para preservar el pasado, sino también para crear un lazo con alguien a quien aún no conocemos, se concibió la cápsula del tiempo. La persona que deja un legado está, de algún modo, considerando a un futuro lector, espectador o visitante que en algún momento podrá tener la oportunidad de interactuar con él.
Una de las ideas más bellas del recorrido es que la cultura también se forma con lo que elegimos preservar.
No siempre se trata de grandes obras o piezas extraordinarias. A veces se trata de una carta, una foto, un artículo cotidiano o un libro. Aspectos que, si se los observa de manera aislada a su historia, podrían parecer irrelevantes; sin embargo, cuando están conectados con una vida, adquieren un significado distinto.
Quizás por eso aquellas frases resultaron tan atractivas. Servirían como una breve introducción a cada historia. No cerraban; extendían. No explicaban mucho; proponían. Y esa habilidad de sugerir es, en efecto, una de las cualidades que más cautivan de las palabras.
El valor de despertar la curiosidad
La visita también genera una reflexión sobre el periodismo cultural. La cultura no se trata solamente de juntar nombres, fechas y datos. Además, significa descubrir lo que haga que el lector se acerque a una historia y despierte su curiosidad. Puede ser un evento muy importante o, en otras ocasiones, una expresión al lado de un cajón.
Se creía que cada compartimento de La Caja de Letras contenía algo más que un objeto. Cada uno encerraba una oportunidad: observar nuevamente un período, una obra o una vida desde un pequeño detalle.
Tal vez esa sea su magia. Que algunos cajones guardan recuerdos, otros secretos y todos, de algún modo, una historia que guarda ser descubierta.
