Carla Simón y Elena López Riera exploran en los Encuentros de Pamplona la capacidad del séptimo arte para imaginar más allá de lo visible
La cocina de la residencia del Festival de Cannes, en París, fue el primer escenario del diálogo entre Carla Simón y Elena López Riera. Ambas coincidieron allí durante un programa de formación y escritura para jóvenes cineastas internacionales que conviven en un piso compartido, y comenzaron a intercambiar ideas sobre el oficio. Ocho años después, el pasado 11 de octubre, aquellas conversaciones salieron de la intimidad de la cocina para trasladarse al auditorio Baluarte, donde las cineastas volvieron a explorar las posibilidades del cine ante el público de la tercera edición de los Encuentros de Pamplona.
Bajo el título Hacia un realismo poético cinematográfico, la conversación se integró en el itinerario Cine, la imagen que no cede. “El realismo poético que da título a este espacio no nos lo hemos inventado nosotras, ojalá”, bromeó López Riera antes de remontarse a los orígenes del término. “Es una etiqueta que se aplicó a una corriente del cine francés de los años treinta por sublimar la realidad y por encontrar una línea de fuga, un hilito que les permitiera volar”, explicó.
Ese hilo del que habló López Riera parece tejer un territorio común para ambas cineastas. En Romería y El agua, Simón y López Riera parten de lo cotidiano para adentrarse en la memoria, el sueño y el mito, y explorar aquello que escapa a una mirada estrictamente realista. Sin embargo, ninguna de las dos se siente del todo cómoda con las etiquetas a la hora de definir su trabajo. Durante la charla, López Riera recordó que, al buscar en los diccionarios una definición del término, siempre encontraba una misma idea: «observar o diseccionar la realidad sin imaginación». Ahí reside el límite de esa concepción, que deja fuera todo aquello que el séptimo arte también puede intuir, transformar o imaginar.
Simón trasladó la conversación al trabajo con los actores y a la manera en que sus interpretaciones pueden acercarse a la vida cotidiana. Para la cineasta, esa naturalidad se encuentra en los pequeños gestos y las imperfecciones que a menudo quedan fuera de los códigos convencionales del cine. “A mí lo que me emocionaba profundamente era cuando yo veía un acting en la pantalla que sentía que lo podría estar viendo en casa de mi abuela o en la calle”, recordó. Simón señaló que nos hemos acostumbrado a una determinada forma de actuar, hasta el punto de que una interpretación más espontánea puede parecernos incorrecta.
López Riera amplió el foco hacia el cine institucional de Hollywood, cuya búsqueda de naturalismo responde a un propósito similar, aunque se apoye en otros códigos. Incluso cuando los diálogos se alejan de la manera en que hablamos en la vida real, el cine consigue que nos creamos lo que sucede en pantalla. “Naturalistas son los actores de Alcarràs, pero naturalista se supone que también es Ingrid Bergman en Casablanca”, apuntó. Para la cineasta, “es la búsqueda de una posibilidad, pero como por caminos distintos”.
La conversación se abrió entonces hacia el momento que atraviesa el cine español. Simón celebró que hoy tengan cabida “más registros y nuevas formas de aproximarse a la realidad”, un cambio que relacionó con el apoyo institucional, el relevo generacional y la incorporación de más mujeres a la dirección. En su propio recorrido, desde Verano 1993 hasta Romería, la cineasta percibió un predominio de la mirada realista que ahora empieza a compartir espacio con otras propuestas. “De repente ahora ya no es solo eso, son muchas otras cosas”, señaló, antes de referirse a esta evolución como una cierta “superación” del realismo.
López Riera puso el acento en lo que este cambio supone para quienes empiezan a abrirse camino en el cine. Tanto ella como Simón crecieron en pueblos y en familias alejadas del mundo cultural, un contexto en el que imaginarse como directoras no resultaba sencillo. “Muchas veces el problema que hemos tenido nosotras es no tener siquiera el horizonte”, recordó. De ahí su optimismo al encontrarse hoy con jóvenes que sí pueden proyectarse en la profesión y afrontar el futuro con confianza. “Es muy bonito ver […] chavales y chavalas de 20 años estando completamente seguros de que lo van a conseguir”, afirmó.
El encuentro terminó con una pregunta del público que devolvió la conversación al concepto que había guiado toda la charla: ¿qué es la poesía para ellas? Simón recordó cómo, en sus primeras películas, su compromiso con la realidad la llevaba a privilegiar la mirada de los personajes incluso cuando eso significaba renunciar a imágenes que consideraba poéticas. Con Romería, explicó, comenzó a buscar esa dimensión de forma más consciente, apoyándose también en el arte y en otros referentes. López Riera, por su parte, encontró en la poesía una manera de asociar ideas que, a primera vista, no parecen tener relación entre sí. Más que una imagen evocadora o un sueño, defendió, la poesía representa para ella “la libertad del lenguaje”. Simón coincidió con esa idea y López Riera cerró el intercambio con una afirmación que resumía el sentido de la conversación: “Todo es posible en la poesía”.
