El pasado 26 de octubre, la banda británica aterrizó en Madrid para presentar su quinto disco Sunshine en el Movistar Arena
Un lunes convertido en un sábado
Esta noche del lunes no era un lunes cualquiera: era parecido a un sábado nocturno envuelto en música funk y groove con capas de sonidos psicodélicos. Dentro de su gira Sunshine World Tour, Jungle presentó varios de sus temas más famosos, como I’ve been in Love o Back on 74. El público, relajado, acompañaba la actuación con palmas y bailando al compás de una música interpretada con congas, una batería, sintetizadores, guitarras eléctricas, coristas y cantantes. El escenario conservaba una estética elegante, con un comienzo de luces rojas, seguidas por amarillas, naranjas, azules, blancos y focos degradados, que cambiaban dependiendo de la canción. Empezaron con Smile, un tema que hizo que todos los asistentes se levantaran a bailar. Algunos de los temas más veraniegos que presentaron a continuación fueron The Heat y The Wave. En un momento dado, subieron a una fan al escenario para que bailara Don’t play junto al grupo. El público reaccionó muy positivamente, animando a la joven, que a parte de ser fan también era bailarina.
Ritmos que invitaban a bailar
Las canciones estaban compuestas por una diversidad de sonidos muy notable. Los ritmos se repetían constantemente y hacían que el público bailara con más facilidad. Además, los ritmos y las voces siempre añadían nuevas capas, lo cual creaba una atmósfera de experimentación sonora. Las congas, tan características, acompañaban a la batería y a otros sonidos más sintéticos. También hubo momentos en los que los músicos, como el pianista y el guitarrista, improvisaban una pequeña parte y demostraban su talento musical.
La estética visual
La puesta en escena era bastante sencilla y, a su vez, muy efectiva. La mayoría de los integrantes del grupo vestían ropa oscura y llevaban gafas de sol, lo cual creaba una estética muy reconocible. Detrás de los músicos había tres pantallas grandes que proyectaban planos detalle de los músicos y una iluminación que construía diferentes ambientes visuales y sonoros. Algunas canciones estaban teñidas de rojo, otras se sumergían en un azul marino intenso y otras se vestían de colores degradados. La estética visual estaba muy cuidada y los focos parecían cobrar vida propia al seguir el ritmo de la música.

El público forma parte del espectáculo
Otro elemento que destacó fue la interacción con el público. Los cantantes principales, Josh Lloyd-Watson, Tom McFarland y Lydia Kitto, la incorporación más reciente, animaban constantemente a los asistentes para que aplaudieran al ritmo de las canciones o cantaran los estribillos. Entre una canción y otra, Josh Lloyd-Watson comentó que en Inglaterra un lunes por la noche era equivalente a un sábado por la noche y debía tratarse así. Esta frase describía el ambiente que se había creado en el Movistar Arena. Una noche de un lunes cualquiera se había convertido en una burbuja en el tiempo, donde los asistentes se olvidaban durante dos horas del día de la semana, de sus preocupaciones, sus problemas y sus tareas, y solo bailaban relajadamente al ritmo del funk.
El show contaba con la aparición de unos globos grandes y transparentes que se lanzaron sobre el público de la pista y funcionaban como burbujas que iban botando sobre las cabezas y las manos de los asistentes de aquella zona. Este detalle invitaba a las personas a divertirse y envolverse en el concierto como si fuera un juego.
Un concierto para no dejar de moverse
La alegría del ambiente crecía exponencialmente a medida que avanzaba el concierto. Canciones como Keep Moving hacían que el público, literalmente, siguiese moviéndose al ritmo de la canción, levantando las manos, saltando y cantando junto al grupo británico. Había una conexión especial entre el escenario, la pista y la grada. Todos los asistentes parecían estar en una nave espacial que viajaba a través del tiempo y el espacio, visitando los años 70, los 80 y los 90, incluyendo el funk y la música disco. La combinación del baile característico del funk y el disco, la iluminación y la estética hicieron que la multitud estuviese hipnotizada durante toda la actuación.
Al final del concierto, los espectadores aplaudieron fuertemente y se escuchaban gritos desde la pista y las gradas. Jungle se despidió con dos bisesdespués de que el público gritara «¡Otra, otra!». Este concierto no solo fue una vivencia que se limitó a ser escuchada, sino que se convirtió en una experiencia colectiva. Jungle hizo algo bastante difícil de conseguir: convertir aquella noche de un lunes en un sábado y demostrar que su música está hecha para bailar y sumergirse en un ambiente energético, cuidado y, a su vez, relajado.
