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1 diciembre, 2015 Comentarios (0) Visitas: 2464 Escena

‘Venere’ de Daniel Abreu o las distintas formas de amar

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La compañía de danza contemporánea Daniel Abreu estrena Venere en la XXX edición del Festival Internacional Madrid en Danza

Faltaban tres minutos para que empezara el espectáculo cuando el telón se abrió hasta la mitad. “Cloc, cloc, cloc”, se oía. Eran unos pies dando golpes fuertes contra el suelo del escenario. Los espectadores, extrañados, tomaban asiento rápidamente creyendo que la pieza había comenzado ya. “Cloc, cloc, cloc”, otra vez. Daniel Abreu, descalzo, botaba sobre sí mismo en el escenario: sobre un pie pasaba al otro, sobre el otro pasaba al primero. Miraba al suelo y seguía dando vueltas, saltando sobre sus pies y sacudiendo los hombros. “El espectáculo va a comenzar”, dijeron por los altavoces. Se apagaron las luces, el telón se cerró y los pies dejaron de sonar.

Un momento de Daniel Abreu en 'Venere'

Un momento de Daniel Abreu en ‘Venere’

Venere es la pieza que estrenó el bailarín y coreógrafo Daniel Abreu los días 28 y 29 de noviembre en la Sala Verde de los Teatros del Canal, en el marco del Festival Internacional Madrid en Danza. Daniel Abreu (Tenerife, 1976), que también es psicólogo, se formó en danza clásica y contemporánea. Ahora, después de haber firmado más de cuarenta producciones y recibido el Premio Nacional de Danza en la categoría de creación 2014, se alza como uno de los coreógrafos más destacados del país.

La bailarina Janet Novás descorrió las cortinas y se sentó en el borde del escenario. En silencio, cogió las margaritas de un ramo de flores y las miró. Poco a poco, las iba desmenuzando y se acariciaba el rostro con las flores rotas, chupaba los pétalos, se los pegaba en las mejillas, en los ojos. Se embadurnaba la cara de flores al ritmo asincrónico de sus brazos. Apareció la bailarina Pilar Andrés y se unió a la locura. El escenario, a cuentagotas, se iba llenando de movimiento. Anuska Alonso, Max Standford, Pilar Andrés, Dácil González y Janet Novás, junto con Daniel Abreu, fueron los intérpretes de una pieza cargada de connotaciones.

Venere, Venus en italiano, es para Abreu el símbolo del amor, la sexualidad, la feminidad. Y, al mismo tiempo, Venus hace referencia al planeta que, según el coreógrafo, “representa lo lejano, lo material, algo que no se puede tocar”. De este modo, la propuesta escénica Venere hace alusión a “la contradicción entre el amor y el sufrimiento, el amor y la destrucción”. Las distintas formas de amar, ya sea en pareja o en familia, se ven reflejadas en la pieza.

Un momento de la pieza 'Animal' durante el Festival Internacional Madrid en Danza 2011

Un momento de la pieza ‘Animal’ durante el Festival Internacional Madrid en Danza 2011

Durante aproximadamente una hora, los bailarines abarrotaron el escenario de emociones. Espasmos, fuertes respiraciones, portés imposibles, contorsiones impecables. Cada uno, fiel a su propio estilo, transmitía una sensación distinta. La música, muy acorde al leitmotiv de la pieza, era un collage compuesto por ópera hasta sonido electrónico, new wave, pasando por recursos acústicos de fenómenos naturales, música pop o silencio.

Las sórdidas escenas provocaban ansiedad en el público. Los bailarines se arrastraron boca arriba por el escenario durante más de diez minutos. Cada uno se movía a su manera. Rápido, lento, estirando las piernas, levantando la cabeza hacia arriba. Reptaban al ritmo de una música techno experimental. Las luces parpadeaban y descendían desde arriba, acercándose vertiginosamente al suelo del escenario. La música aceleraba; el ritmo de los bailarines, también. Y los espectadores observaban acongojados la escena.

Dácil González y Daniel Abreu ensayando

Dácil González y Daniel Abreu ensayando

Dácil González, al más estilo Sylvie Guillem, recorría el escenario con movimientos secos, espasmos, abriendo la boca al máximo. Bailaba libremente y barría, con su larga melena, el suelo lleno de pétalos de margaritas que habían caído del techo. Anuska Alonso se deslizaba grácilmente por el cuerpo de Max Standford. Éste recibía los movimientos de una forma impoluta. Cuerpo con cuerpo, en un ejercicio de pesos y equilibrio, formaban una genuina simbiosis. Pilar Andrés se pintó el torso desnudo en el escenario con pintura verde. Daniel Abreu volvió a saltar sobre sí mismo y a dar fuertes golpes con los pies contra el escenario. “Cloc, cloc, cloc”, hacía. Finalmente, Janet Novás, descorrió de nuevo el telón y volvió a jugar con las margaritas en su rostro. Fin de un viaje intenso, retrato de las inestabilidades y desórdenes del amor, de la incomprensión y del dolor. Fin de una pieza recién salida del horno que seguirá representándose en 2016.

Después de los aplausos, el público empezó a coger sus abrigos. Un espectador de la sexta fila miró al otro: «Maravilloso, ¿verdad?», preguntó. “Fascinante”, respondió.

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