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El Bosco: enigma humano sobre fondo blanco

Almuerzo de Renoir

Renoir sigue siendo un pintor incomprendido

19 julio, 2016 Comentarios (0) Visitas: 1485 Arte

Veladas de lo universal

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La pequeña bañista · Ingres · 1826 · Óleo sobre lienzo

La pequeña bañista · Ingres · 1826

Cuando se apagan las luces, ellos seguro se reúnen. Como los muertos de aquel cementerio tan poco serio que cantaba Mecano, todos los pintores asomarán sus ojos de poesía entre los grumos de óleo –unos hechos jardín, otros mar embravecido, otros abstracto paisaje o íntimo recodo de hogar– y cruzarán como indios sus piernas en torno al círculo que, a modo de hall, conforman sus respectivas habitaciones. Cinco salas para contemplar sesenta cuadros de seis universos distintos, todos ellos pertenecientes a la Phillips Collection, primer museo de arte moderno fundado por el joven coleccionista Duncan Phillips (1886-1966) hace 95 años. El aniversario lo ha celebrado primero en Barcelona y ahora, hasta el 23 de octubre, festeja en CaixaForum Madrid bajo el nombre de Impresionistas y modernos.

Allí arriba, en la tercera planta del edificio, cuando cada atardecer descienda el sol se levantará de su ensueño La pequeña bañista (1826). Pudorosa, sin darse jamás la vuelta, dejará pasar por el breve bosque a su creador, Jean-Auguste-Dominique Ingres, que acudirá a llamar de entre las aguas a su enemistado amigo Eugène Delacroix –no sin antes, quizás, robar uno de los Melocotones (1869) de Henri Fantin-Latour–. Su discusión despertará a Honoré Daumier, que descansaba tras una larga jornada revolucionaria en El levantamiento (1860), o a Édouard Manet, agotado tras una clase de El ballet español (1862). Acompañados por John Constable, aún con restos de naturaleza en el traje, y Gustave Courbet, acudirán a la tertulia nocturna de cada jornada. Salir del propio cuadro y viajar a otros pinceles, otras manos, otras miradas. Y así, como en la literatura comparada, tal vez sucediera que Cézanne hubiera aprendido de Picasso.

Notre Dame · Henri Rousseau · 1909 · Óleo sobre lienzo

Notre Dame · Rousseau · 1909

Quedándose atrás con su debate, las voces de Ingres y Delacroix (“¡Neoclasicismo! ¡Romanticismo! ¡Dibujo! ¡Color!”) traspasarán Clasicismo, Romanticismo y Realismo y penetrarán en Impresionismo y Postimpresionismo, segunda sala de la exposición. Experimentados conocedores de las reuniones en cafés y estudios, Paul Cézanne saldrá de su propio Autorretrato (1878-80), Odilon Redon de su Misterio (1910) y Edgar Degas de su Melancolía (finales de la década de 1860), dejando a sus Bailarinas en la barra (1900) con las Dos muchachas (1894) de Berthe Morisot.

“Para amar un cuadro, primero hay que haberlo bebido así, a largos tragos, perder conciencia, descender con el pintor a las raíces sombrías, enmarañadas, de las cosas; volver a subir con los colores, abrirse a la luz con ellos, saber ver, sentir…” (P. Cézanne)

Saldrán también de sus pinturas, procurando no tropezar con las esquinas, los hombres que se hallaban en París y el Cubismo, geométrica tercera sala. Desde una Habitación azul (1901) Pablo Picasso abandonará a Dora Maar, su amante de entonces que inmortalizaba en Mujer con sombrero verde (1939), y de una nostálgica y algo naíf Notre Dame (1909) huirá Henri Rousseau. Raoul Dufy, ofreciéndose con entusiasmo a ser el decorador de interiores de sus compañeros, cerrará las ventanas de su Estudio del artista (1935) junto a Georges Braque, incansable compañero de juegos de lienzo de Picasso; mientras les seguirá, callado, un Amedeo Modigliani que no logra terminar su homenaje a Elena Povolosky (1917).

Matisse-Interior-con-cortina-egipcia-1948

Interior con cortina egipcia · Matisse · 1948

Más perezosos en acudir serán los que duermen en el Intimismo y arte moderno, cuarta y más oculta habitación del temporal «Hotel Phillips-CaixaForum» en Madrid. Resguardados y silenciosos, Pierre Bonnard vigilará el sueño de sus Niñas y gato (1909), y Giorgio Morandi, a falta de una respiración que cuidar, hará lo propio con su Bodegón (1950). Estos discretos pintores del interior subscriben con elogio la primera parte del lema que Duncan Phillips –quien hizo sólidas amistades con algunos de ellos, como Bonnard– otorgó a su colección: “un museo íntimo combinado con un centro de experimentación”.

“El artista es la mano que, mediante una y otra tecla, hace vibrar adecuadamente el alma humana”. (W. Kandinsky)

Con la segunda parte se ven más representados los artistas de la quinta habitación, sumergidos en la Naturaleza y Expresionismo. Tiempos convulsos y distintos, tiempos en los que la forma se alteró y el contenido empezó a esconderse entre simples trazos no tan fáciles. Cada noche regresará Oskar Kokoschka de su viaje por Courmayeur, y Wassily Kandinsky, estrechando el calendario, de su Otoño II. Allí, en ese breve círculo en el que no caben tantos genios, escribirá al mismo tiempo su ensayo De lo espiritual en el arte, mientras Morisot protestará por no haber invitado a más mujeres a las tertulias nocturnas, y Manet y Monet brindarán, algo achispados, por que la gente siga confundiendo sus apellidos (“¡El de los nenúfares es él! ¡Tendría que haberlos pintado yo también! ¿Te imaginas entonces, Claude?”).

number-182-1961

Número 182 · Louis · 1961

Los últimos en llegar, plegándose como papel en grito, los que habitan por estos meses la habitación del Expresionismo abstracto. Los más esquivos y enigmáticos, mirados con extrañeza y curiosidad –qué es un artista sin curiosidad– por sus compañeros de épocas antiguas. Adolph Gottlieb descenderá de su Equinoccio (1963), Morris Louis de su Número 182 (1961), su arcoíris vertical; y Mark Rothko de uno de sus Sin título (1968), pintura muda a pequeña escala, como él, que ya entonces comenzaba a apagarse y no quería derrochar sus pinturas y su alma.

Pero falta uno. La reunión estaría incompleta sin él. ¿Dónde está, dónde quedó, despistado por el asombro que le causaba el mundo? ¿Se le engancharía un girasol en la chaqueta? Se oirán tímidas pisadas entre el gentío. Sus estropeadas botas asomarán desde la segunda sala, desde la Casa en Auvers (1890). Miles de pinceladas sueltas y verdes; agitados instantes de lucidez. Y un sueño cumplido dos siglos después: una lágrima descenderá bajo el rostro de Vincent van Gogh al contemplar cómo su “casa amarilla”, su ansiado proyecto de convivencia con otros artistas, su hogar-estudio, se materializa en este espacio circular y cíclico de CaixaForum Madrid. Porque así es el arte, como la historia, como la poesía. Siempre regresa, siempre se adelanta. Siempre vive (en) lo universal.

 

Información práctica

Impresionistas y modernos. Obras maestras de la Phillips Collection
CaixaForum Madrid. Paseo del Prado, 36
Del 14 de julio al 23 de octubre de 2016
De lunes a domingo, de 10:00 a 20:00 horas
Entrada general: 4€
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