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27 febrero, 2019 Comentarios (0) Visitas: 355 Cine y Televisión, Crítica

‘Van Gogh, a las puertas de la eternidad’, la desgracia de la leyenda

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Willem Dafoe como Van Gogh

Willem Dafoe en su papel de Van Gogh en la película Van Gogh, a las puertas de la eternidad. | Fuente: Hollywood Reporter

Vincent Willem van Gogh fue dado a luz muerto. Exactamente un año después, nació otro Vincent Willem van Gogh, esta vez siendo un bebé de rostro sonrosado. A partir de ahí, las cosas se complicaron. No logró sustituir a su hermano mayor fallecido en el estricto y torturado corazón de sus padres, lo que le valió el recuerdo de una infancia fría. Tampoco fue aceptado entre los mineros belgas de la región de Mons, donde acudió como misionero en su etapa de mayor fervor religioso. Una devoción de la que había sido apartado por el rechazo de la Escuela de Teología de Amsterdam, cuyo examen pretendió superar, sin lograrlo por su rebeldía. Una vez aceptada por el propio Van Gogh su alma de pintor, ni siquiera encontró refugio en sus compañeros de oficio y el público en general, que no solo no entendía su arte, sino que lo vilipendiaba por extraño y feo.

La película Van Gogh, a las puertas de la eternidad no muestra ninguno de estos episodios de su vida directamente, pero sí el fantasma de cada desdicha y cómo quebraron al pintor holandés. Así se desvela en los primeros instantes del largometraje, cuando la voz de Willem Dafoe (El gran Hotel Budapest), sobre un fondo negro, envuelve la sala con un breve monólogo acerca de los anhelos y deseos utópicos del maestro posimpresionista.

La cinta del director Julian Schnabel (La escafandra y la mariposa), se centra en los últimos y lacerantes años de Van Gogh, que en 1888 residía en Arlés, un pueblo del sur de Francia. En los minutos de inicio del film, el artista transita por un campo de girasoles quemados por el sol, al son de los acordes de un dueto de piano y violín. Un paisaje desolador que hace las veces de espejo del mundo interior del que por él camina.

En esta nueva perspectiva del mito pictórico, no es más protagonista la propia figura del artista que sus demonios internos y el complejo estado mental y emocional que sufría. El papel de cada pieza del largometraje está enfocado a cumplir el fin último de representar dichas circunstancias. Puede apreciarse con claridad en el juego de planos y movimientos de cámara, uno de los aspectos sobresalientes de la cinta.

Aunque a menudo se recurre a los planos generales de paisajes, para incidir en su importancia de acuerdo con el personaje, destaca el uso frecuente del primerísimo primer plano. Mediante este, se arroja un aire escrutador, inquisitivo, receloso e incluso acusador de los personajes; mientras que en lo que respecta a Van Gogh, a través de este recurso cerrado, se asfixia, empequeñece y oprime a un brillante Willem Dafoe, del mismo modo que al espectador.

La cámara se sitúa al servicio de la sensibilidad del pintor, con la que se alinea en cada toma. Por ello, el objetivo ora se revela tembloroso, inestable y errático, coquetea con la imagen que proyecta; ora la lente desenfoca o se torna subjetiva; ora llega la calma y parece ganar estabilidad al tocar el pincel embadurnado en óleo el lienzo que le desafía.

Van Gogh (Willem Dafoe) pinta la naturaleza en una de las escenas de la película.

Van Gogh (Willem Dafoe) pinta la naturaleza en una de las escenas de la película. | Fuente: The Spokesman-Review

Humilde, roto y desgraciado es el Van Gogh del director –y también pintor– Julian Schnabel, que, cada mañana, equipado por su característico sombrero de paja y sus útiles de pintura a la espalda, pasea por los campos y montecitos de la zona para hacer su arte al aire libre. Al contrario de lo que le aconsejaba su querido compañero Gauguin (Oscar Isaac), no era amigo de los espacios interiores.

Las diferencias entre el holandés y el francés eran evidentes, ambos poseían fuertes personalidades, opuestas. Sin embargo, no fue algo que impidiese que Van Gogh conectase con él nada más conocerlo durante un encuentro de artistas, al que acudió con su fiel hermano Theo. Su relación especial con Gauguin desencadenó los principales sucesos de sus últimos años de vida y, en cierto modo, supuso el principio del fin para el autor de La noche estrellada, tal y como se muestra en el largometraje.

Van Gogh, a las puertas de la eternidad es una película que alcanza la armonía entre la faceta de pintor legendario de Van Gogh y su complejo y desgarrado espíritu. Su visión del mundo era particular, atesoraba la convicción de poder superar el carácter efímero de las cosas y brindarles la eternidad mediante su obra. Consideraba que la pintura debe ser decidida, directa y rápida, cada pincelada supone una firme intención; y por ello admiraba a Velázquez, Goya o Delacroix. Ideas del todo contrarias a las de Gauguin, con el que, tras apenas dos meses de convivencia al mudarse este a Arlés con su amigo, la incompatibilidad entre ambos se tornó insostenible. El resultado: el archiconocido episodio de la oreja mutilada.

Un factor esencial como es el de la fe religiosa no encuentra apenas espacio en el largometraje, pese a suponer la idiosincrasia del personaje histórico. Con la excepción de una escena de diálogo entre Van Gogh y un sacerdote encarnado por Mads Mikkelsen (Casino Royale). Un fragmento intenso y de alta carga emocional, en el que se tratan grandes temas: el don divino, el sentido de la vida y, en concreto, la función de la ininteligible y excéntrica obra del artista holandés. “Quizás Dios me hiciera pintor para gente que aún no ha nacido”.

Los vaivenes y altibajos de su psique constituyen la tónica del film, que adolece de redundante y reiterativa. Una sensación que potencia el ritmo narrativo, en ocasiones algo lento; a su vez, también perjudicado por la banda sonora, con un piano como principal apoderado, que destaca la calidad de pasante de escenas recurso o de baja relevancia argumentativa. Pese a ello, Van Gogh, a las puertas de la eternidad es una película para deleitarse con la ardua historia de este personaje, la exquisitez de la fotografía y las interpretaciones.

El segundo Vincent Willem van Gogh murió dos años después de trasladarse a la localidad francesa. Un corto periodo, pero intenso, tanto en lo que respecta a su creación pictórica como a su vida social y su condición personal. En poco más de dos meses, el que pintaba girasoles dio a luz en torno a setenta cuadros. Tras fallecer en los brazos de su amado hermano Theo, su reputación como artista despegó. Décadas más tarde, sus obras llenaron las paredes de los museos y sus autorretratos recorrieron el mundo. Todos conocen a Van Gogh, convertido en una figura eterna. Al final, parece que estaba en lo cierto.

 

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