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31 marzo, 2018 Comentarios (0) Visitas: 811 Cine y Televisión

‘Una razón brillante’: el vacío tras la retórica

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Fotograma de Una razón brillante.

‘Una razón brillante’ emplea retoricismos tramposos para hablar de retórica.

“Lo que cuenta es tener la razón, la verdad no importa”, argumenta Pierre Mazard, el profesor interpretado por Daniel Auteuil en Una razón brillante. Es una pena que una película sobre la importancia de la comunicación se construya a sí misma en torno a verdades tan perniciosas. Una verdadera pena que una película sobre la conciliación racial se sustente en la permisividad ante el desprecio y la humillación, en la colaboración de las víctimas con los que avasallan partiendo de la pertenencia a colectivos tradicionalmente opresores. Es, desafortunadamente, el caso de la última película de Yvan Attal.

Algunas veces, la distancia entre la intención y el resultado final no puede resultar más deprimente. Es evidente que la cinta de Attal no tiene más que pretensiones limpias y blanquecinas, pero, quizá por su propia ingenuidad, su producto acaba convirtiéndose en un arma de doble filo, con un discurso ciertamente confuso y poco lúcido. En una época en la que todas las obras culturales se ven sometidas a un pormenorizado juicio moral, cabe replantearse cómo es posible que Una razón brillante, con esa condescendencia tan anacrónica, haya irrumpido en las carteleras sin alarmar a nadie.

A saber: la película cuenta la historia de Neïla Salah (Camélia Jordana), una joven francesa con raíces árabes que se encuentra, a su llegada a la universidad, con el profesor Mazard, quien la humilla públicamente el primer día de clase empleando comentarios rotundamente sexistas y racistas. La cosa no se queda ahí: la dirección de la universidad trata a este señor con una especie de carta de excepción, y sus comentarios son asumidos como parte de su estrafalario carácter. Así que, en un giro absurdísimo de los acontecimientos, se decide que Mazard tutorice a Neïla de cara al campeonato universitario de debate y oratoria. Podríamos excavar muchísimo en esta cuestión, tanto a nivel moral como a nivel narrativo, y nuestras pesquisas acabarían derribando la película entera. Pero vamos a asumir que Yvan Attal no pretende más que entretener.

Camélia Jordana y Daniel Auteuil.

La relación entre Neïla Salah y Pierre Mazard resulta relativamente incomprensible.

Durante las sesiones en las cuales Pierre Mazard tutoriza a la alumna, las faltas de respeto continúan reproduciéndose de manera constante, bajo el cartel de que las palabras son solo un artificio que no esconde nada detrás. Cabe replantearse si, en su concepción, Una razón brillante buscaba ser una película que defendiese tales conceptos -en cuyo caso, es definitivamente reprobable- o si ha llegado a ellos por error -en este otro, queda claro que su habilidad para comunicar no funciona-. Todo ello se enmarca en un relato poblado por personajes prácticamente inanimados, sin relieve, en cuyos conflictos internos no se entra en ningún momento, ni siquiera en los de ese profesor vil e irrespetuoso tan invadido por el patetismo existencial.

Planicie formal

En otro orden de cosas, la cinta de Yvan Attal tampoco funciona como producto cinematográfico. Su puesta en escena es torpe y plana, y la película no logra en ningún momento producir una identidad visual propia. El empleo de un lenguaje audiovisual pobre es una condena casi automática cuando hablamos de cine, pero la cosa empeora todavía más si se empuña un guion tan plagado de convencionalismos, subrayados dramáticos y lugares comunes como el de Una razón brillante, firmado a cuatro manos por el propio Yvan Attal junto a Victor Saint Macary, Yaël Langmann y Noé Debré.

Se supone, vista en perspectiva, que la película busca trazar su discurso en base al perdón, la aceptación de uno mismo y la concordia, pero lo cierto es que en ningún momento se construye en esa dirección. Pierre Mazard nunca llega a pedir perdón a Neïla por la inexcusable ristra de ofensas que le profiere, y su redención se efectúa de un modo totalmente incomprensible, en el momento en que Yvan Attal decide romper la balanza y colocarlo a él en la posición de víctima, de hombre solitario e incapaz de expresar sus emociones que se desahoga vilipendiando a los demás porque, pobrecillo, qué iba a hacer si no.

Es un poco frustrante comprobar cómo Mazard sale de su túnel de agravios sin recibir castigo alguno, y cómo Una razón brillante se empeña en justificar la violencia verbal escudándola en que las palabras poco daño pueden hacer. Podemos hablar, pues, del desperdicio de una buena oportunidad para concienciar sobre el importante rol que la comunicación juega en nuestras vidas, y sobre lo importante que es -cada vez más- que nuestra retórica no funcione únicamente como un malabarismo lingüístico. Que, cuando hablemos, digamos algo de verdad.

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