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16 marzo, 2019 Comentarios (0) Visitas: 471 Cine y Televisión

Un viaje lleno de ‘Dolor y gloria’ a la vida de un director

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Dolor y gloria comienza con el cuerpo inmóvil del director Salvador Mallo, encarnado por Antonio Banderas, en el fondo de una piscina. La cámara, con una inteligencia envidiable, recorre una cicatriz de su cuerpo, lo que adelanta que se van a destapar sus vivencias. Desde un primer instante, queda claro que el film no va a jugar a ser ambiguo ni a dar pocos detalles de la vida del protagonista: Pedro Almodóvar busca, en poco menos de dos horas, hacer un recorrido a su trayectoria vital y a momentos que le han marcado a través de Mallo, que funciona como su álter ego.

Si toda la filmografía de Almodóvar se encuentra conectada entre sí a través de unos poderosos vínculos que dotan de cohesión a propuestas tan radicalmente diferentes, con Dolor y gloria se encarga de elaborar una obra en la que se desnuda completamente y en la que no tiene miedo por mostrarse tal cual es. Esta vez no se esconde detrás de ningún artificio, no necesita refugiarse en Raimunda (Volver) o Manuela (Todo sobre mi madre), sino que abre un armario de intimidades para que sus frustraciones e inseguridades salgan, mostrando sus luces más resplandecientes, pero también sus sombras en uno de los ejercicios más personales que se recuerdan en la historia del cine.

Lejos de censurarse y de hacer un relato agradable, el director manchego pretende abrir su corazón para narrar una serie de reencuentros, algunos físicos y otros recordados después de décadas, repasando sus fantasmas particulares en un ejercicio creativo y emocional. Los primeros y segundos amores, la mortalidad, un actor con el que Mallo trabajó, mezclándose los sesenta, los ochenta y la actualidad. La cinta busca hablar de la creación, tanto cinematográfica como teatral, y la dificultad de separarla de la propia vida. Cine dentro del propio cine, algo con lo que Federico Fellini se atrevió en 1963 con Ocho y medio y que en 2019 Almodóvar logra llevar a cabo ya que, aunque no se haya mirado en el espejo de Fellini, ambas coinciden en un final feliz.

Dolor y gloria es una película de diálogos hablada en primera persona que, lejos de buscar un afán de protagonismo, quiere compartir una serie de recuerdos con el espectador. Las acciones que ocurren en sus 108 minutos son importantes, pero la palabra es lo principal de una obra confesional, en la que la música de Alberto Iglesias ayuda a que el viaje sea aún más satisfactorio y a emocionarse por la belleza de todo lo que sucede en pantalla. Los paisajes que aparecen en escena en la cinta, rodada durante cuarenta y cuatro días entre Valencia y Paterna, también son esenciales para acabar de completar una experiencia que roza la excelencia.

Viaje al pasado para entender el presente

Si en 2016 Julieta nos emocionó por su forma de contar la historia de una madre que buscaba desesperadamente a su hija, ahora Dolor y gloria nos cautiva por narrar el pasado desde el presente mediante una serie de flashbacks que, como si de diferentes actos teatrales se trataran, nos remiten a la infancia de Mallo, una especie de monólogos que funcionan como piezas independientes y que, a la vez, tienen una unidad dentro de un relato que mezcla texturas y discursos. Sus transiciones espaciales y temporales están muy bien medidas para que no sean confusas y se consiga una armonía sobresaliente. No quiere ser densa, sino que pretende ir a lo esencial para que el ejercicio no sea repetitivo y alcance el mayor grado de satisfacción a través de la condensación más pura, enseñando lo justo y necesario para forjar la personalidad del protagonista.

El costumbrismo típico del cine de Almodóvar y el uso del humor en algunos planos dramáticos se mezcla con los dolores de un alma enferma y hecha pedazos que debe recomponerse para alcanzar de nuevo la gloria personal y artística, algo en lo que el cine jugará un papel vital como herramienta transformadora y reconciliadora. No es una obra dirigida a todo tipo de público, ya que se necesita una implicación activa de un espectador que esté dispuesto a mirar más allá.

Banderas está perfecto como álter ego de Almodóvar, con unas miradas profundas que lo dicen todo sin necesidad de recurrir a la palabra, un personaje que parece haber sido escrito para él. El malagueño ha seguido un proceso minucioso para la construcción de Mallo, con unos andares característicos y con una nostalgia que se puede percibir a través de su comportamiento.

Los secundarios son esenciales al servir de ayuda para que la gloria vuelva a la vida del protagonista. Al contrario que en la mayoría de sus largometrajes, en Dolor y gloria los personajes masculinos tienen una gran importancia. Por primera vez, el director manchego trabaja con Asier Etxeandia, quien encarna a Alberto Crespo, un actor con el que Mallo hizo una película y a quien lleva 32 años sin ver, un heroinómano cruel y bondadoso a partes iguales con un look propio de los años 80. Etxeandia está sensacional en un papel con muchos matices y que puede convertirlo en el nuevo chico Almodóvar. Por otra parte, Leonardo Sbaraglia está radiante como Federico, el gran amor de Mallo, quien solo aparece en un par de escenas y del que nos gustaría saber mucho más. Sbaraglia aporta una sensibilidad exquisita en una muestra más de lo compensado que están todos los elementos en la cinta, aunque es cierto que algunas historias no están muy desarrolladas, que no por ello incompletas. Otro de los momentos clave del film es el del primer deseo, una secuencia llena de profundidad gracias a la mirada de un Asier Flores que se postula como una joven promesa interpretando a Mallo de niño, y César Vicente, un albañil al que el protagonista enseña a leer y a escribir.

Un elemento para aplaudir de Dolor y gloria es que Almodóvar decide alejarse del intimismo femenino de Julieta y de la mayoría de sus films para probar suerte, como en La mala educación, con otra historia de hombres. Sin embargo, a diferencia de esta, donde la mayor parte del reparto (encabezado por Gael García Bernal, Lluís Homar, Fele Martínez y Javier Cámara) era masculino, aquí también cuenta con sus actrices fetiche, puesto que las mujeres juegan un papel clave en el desarrollo del largometraje. Julieta Serrano interpreta a la madre de Mallo, demostrando una capacidad envidiable al combinar el humor y el drama. Por otro lado, Penélope Cruz está fantástica una vez más encarnando a la madre de joven, mientras que Nora Navas es esencial al ser la ayudante y confidente del propio protagonista, y Cecilia Roth destaca al ser la impulsora del encuentro entre Mallo y Crespo. La única aparición que no acaba de encajar es la de Rosalía, dando la sensación de tratarse de un reclamo publicitario que no aporta al ser poco necesario.

Dolor y gloria es un experimento que podría haber funcionado mal, pero, en lugar de fallar, Almodóvar ofrece uno de los mejores trabajos de su carrera. Desde Volver, nunca había estado tan impecable en un proyecto redondo al que es complicado ponerle pegas, con una escena final que condensa toda su filmografía, una película que puede interpretarse como el resurgir del cineasta o, también, como una oscura, obsesiva, luminosa y emocionante melodía de despedida.

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