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2 junio, 2016 Comentarios (0) Visitas: 1000 Escena

El poder redentor de la palabra

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'Tierra del fuego' se representa en el Matadero de Madrid hasta el próximo 12 de junio

‘Tierra del fuego’ se representará en el Matadero de Madrid hasta el próximo 12 de junio

Han pasado 23 años desde que Hassan El-Fawzi perpetrara el atentado que podía haber costado la vida a Yael Alón. Él creía hacer justicia por las calles de Londres, en nombre del Frente Popular para la Liberación de Palestina. Ella, una ex azafata israelí, perdía a una compañera en el ataque. Ahora, Yael ha decidido entrevistarse con el terrorista, condenado a cadena perpetua, que a punto estuvo de matarla, a pesar del sacrificio personal y el rechazo social que eso conlleva. Dos personajes, unidos por un pasado trágico, tratan de cimentar una futura paz a través del diálogo. A su conversación se suman los testimonios de un marido en desacuerdo, un padre que sirvió al ejército israelí en la guerra del 48, un abogado desinteresado y una madre que perdió a su hija. El argentino Mario Diament se inspiró en una historia real para escribir este drama ficticio que reflexiona sobre la necesidad de dialogar y empatizar. Tierra del fuego, dirigida por Claudio Tolcachir, estará en el Matadero hasta el próximo 12 de junio.

Tolcachir apuesta por una representación arriesgada y conmovedora sobre esta catarsis emocional, que traspasa las fronteras del conflicto palestino-israelí. Los términos “amigo-enemigo”, “bueno-malo” se difuminan en dos víctimas de una misma problemática, la del egoísmo, la ambición y el rencor humanos. Así, la obra provoca un profundo y transformador examen de conciencia en el espectador, lo obliga a ponerse en el lugar del otro, requisito ineludible para llegar a un acuerdo. Tierra del fuego confronta en una mesa a dos personas criadas para odiarse, sin juzgarlas ni defenderlas, a las que el poder sanador del lenguaje termina aproximando. Una mujer que sufrió en sus propias carnes la ira del terrorismo palestino, se opone a la ocupación; igual que un terrorista nacido en un campo de refugiados, desecha ahora la violencia. La palabra, leída en un libro o interpretada por alguien dispuesto a escuchar, resuena aquí a modo de purgatorio.

Alicia Borrachero y Tristán Ulloa conversan durante la función

Tristán Ulloa y Alicia Borrachero conversan durante la función

Los diversos elementos semióticos honran la intencionalidad del director. Elisa Sanz diseña una puesta en escena impactante en su sencillez. El muro gris que se levanta imponente al fondo simula tanto la claustrofóbica cárcel en la que Hassan cumple condena, como el hogar de Yael, empleando la iluminación para dibujar ventanas o proporcionar claridad y oscuridad a la escena. Una mesa rectangular gira al son de canciones interpretadas por los propios actores, transformando el escenario a su paso. Lo mismo pasa con las sillas, que los personajes mueven y arrastran en un baile de perspectivas; los protagonistas, que empiezan dialogando en lados opuestos de la mesa, se sientan cada vez más cerca. Así, la disposición de estos elementos permite enfatizar el punto de vista de cada uno en determinado momento. La mesa, por su parte, contiene arena blanca en el centro, la de la tierra que los ha enemistado antes de nacer, la del tiempo que se detiene para un reo condenado a cadena perpetua.

Las distintas consecuencias del enfrentamiento palestino-israelí están personificadas en seis actores que no abandonan el escenario durante los casi 90 minutos de función. Destaca la brillante interpretación de Alicia Borrachero como Yael, a la que insufla fuerza y determinación en cada escena, a la vez que la retrata de forma contenida e incluso frágil. Frente a ella, Abdelatif Hwidar humaniza de forma honesta y sin tapujos a Hassan, evitando caer en el victimismo gratuito. Ambos tejen con sus palabras una red de emociones y sentimientos que oscilan entre el temor, el arrepentimiento, la vergüenza, la traición, el reproche y la complicidad. Cada ademán, cada aspaviento, cada ceño fruncido o mirada esquiva moldea una relación admirablemente sincera y esperanzadora. Tristán Ulloa, Juan Calot, Malena Gutiérrez y Hamid Krim completan la representación de una sociedad, la nuestra, en la que el miedo se disfraza de valentía, y opta por luchar en vez de por sentarse a dialogar.

Tierra del fuego pone de relieve las diferentes líneas de un conflicto cuyo germen no está tanto en las fronteras geográficas como en las fronteras de la mente humana. ¿Podríamos actuar como Yael? ¿Seríamos capaces de plantearnos hablar con el terrorista que casi nos mata, e incluso perdonarlo? El público deja de ser mero testigo, pues cada línea del guión le obliga a reconsiderar sus certezas. “El odio es más fácil que el amor”, asevera la ex azafata israelí en esta desgarradora y magistral llamada a la conciencia de Tolcachir. Y en esas ocho palabras resume la mayor condena a la que debe enfrentarse el hombre, a la de su propia naturaleza autodestructiva, a la mentalidad del «quien la hace la paga» o «si te pegan, responde más fuerte». El poder sanador de la palabra, del perdón, se nos atraganta, y preferimos escupir discursos preconcebidos. Es la suma de decisiones individuales, valientes, como la de la protagonista, lo que permite construir un puente redentor hacia el entendimiento.

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