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1 diciembre, 2017 Comentarios (0) Visitas: 228 Cine y Televisión

‘El sacrificio de un ciervo sagrado’: Lanthimos y la espiral de la ansiedad

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Colin Farrell en 'El sacrificio de un ciervo sagrado'.

Colin Farrell realiza una interpretación contenida, precisa.

Una de las mejores cosas que se pueden decir sobre un artista es que hay pocos que sean como él. En un mundo en el que los inputs cada vez son más masivos e innumerables, esta situación no puede prolongarse mucho. Nadie es único eternamente puesto que, en el momento en que alguien destaca, innova o cambia los paradigmas, muchos otros intentan agarrarse a su mástil, subirse a su barco, jugar en su patio. Pero hay territorio, sí, aunque corto, para que un artista pueda brillar con unanimidad. En esas tierras vive ahora mismo Yorgos Lanthimos. En ellas ha sembrado su última transgresión: El sacrificio de un ciervo sagrado, que hoy aterriza en nuestros cines.

Lanthimos es un realizador obsesionado con destrozar al espectador partiendo de la realidad. Ahí se termina su contrato con ella: a partir de ese punto construye sus relatos, siempre metafóricos, desbocados hasta el delirio. Un servidor aún siente cómo su piel se eriza en escalofríos al recordar las paredes blancas de Canino, esas paredes pulcras que eran cárceles. Las paredes puras de la represión más angosta. Esa parábola descarnada fue su catapulta, la lanzadera de un cineasta griego que aún dirigió Alps antes de lanzarse al mercado anglosajón.

Algo le ha pasado a Yorgos Lanthimos con Colin Farrell. Alguna conexión especial ha debido surgir entre ellos, pues el intérprete norteamericano se ha convertido en el acceso estelar del realizador al entorno hollywoodienseLangosta fue una irrupción luminosa, llena de ideas, de romanticismo, de dolor, de confrontación y rebeldía hacia el status quo. En ella se mezclaban tantas cosas que uno acababa por perderse en ese laberinto de salida inequívoca: Lanthimos siempre sabe qué quiere contarte, pero quiere que tú mismo encuentres la salida.

El sacrificio de un ciervo sagrado no es, en ningún caso, una película fácil. Habría sido una decepción que lo fuese, algo indigno de su director. Por la factura hermosa de los pósters lanzados en la campaña previa de promoción de la película, podía intuirse perfectamente cuál sería la apuesta estética de Lanthimos. Ya se construían en la mente de los potenciales espectadores todos esos escenarios fríos, gélidos y recubiertos de hielo invisible, todo tan blanco y tan oscuro al mismo tiempo. Igual que en Canino. Es difícil hablar más a nivel cromático, jugar más con la paradoja del color. Es un anticipo a todo: el cineasta griego utiliza lo puro para contar historias de impureza.

Barry Keoghan y Raffey Cassidy, en 'El sacrificio de un ciervo sagrado'.

Barry Keoghan lleva a cabo una interpretación torrencial.

El hilo argumental del que empieza a tirar parte de la desconocida relación entre un cirujano del área de cardiología (interpretado, cómo no, por Colin Farrell), y un joven desordenado y aparentemente perdido (personaje levantado con un vigor extraordinario por el joven Barry Keoghan). Lanthimos muestra la vida familiar del médico en cuestión, que vive tranquilo y feliz en el seno de una familia tradicional, compuesta por él, su mujer (Nicole Kidman) y sus dos hijos (Raffey Cassidy y Sunny Suljic). Al mismo tiempo, se desvela el origen de la unión misteriosa: a ambos personajes los une el sentimiento de culpabilidad del doctor, quien, al cometer una negligencia médica, provocó la muerte del padre del joven en una operación a corazón abierto.

Cirujano de las imágenes

A partir de ese punto, la película se articula en torno a un relato aterrador, incómodo, transgresor hasta puntos casi pornográficos, aunque -casi- nunca en un sentido explícito. Lanthimos es un maestro de la sugestión, un minucioso orfebre que construye sus castillos milímetro tras milímetro. La arrolladora fuerza del personaje interpretado por Keoghan se vuelve, llegado cierto punto de la cinta, totalmente insoportable. El espectador se remueve en su silla. No quiere mirar, pero mira. Jurará que no quiso mirar. Uno acaba sintiendo vergüenza de sí mismo por estar contemplando un espectáculo de esa magnitud sin poder hacer nada.

Las espirales de dolor que crea Yorgos Lanthimos son absorbentes, carnívoras, te devoran hasta los huesos e incluso los dejan roídos. No hay impunidad en cruzar el visionado de una de sus películas, de cualquiera. Su realismo mágico impregnado de violencia y oscuridad posee un poder especial, algo solo atribuible a él, a su cine. Es el sello de un autor en plenitud, un artista que lo explora todo: la represión en Canino, el amor en Langosta, la culpa y la venganza en El sacrificio de un ciervo sagrado.

El poder de sus símbolos es notable, y ninguna de sus puntadas camina en una dirección que no esté pensada, que no esté decididamente calculada. Así, no duda al convertir a su protagonista en un cirujano que tiene en sus manos el corazón de las personas. Es su sutileza, su pincelada sobria y gélida, que ya deja escarcha cuando las hebras aún no abandonaron el lienzo. No debe uno jugar con el corazón de nadie. No debería. De todos modos, si lo hace, algo debe tener claro: no saldrá indemne. Habrá consecuencias.

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