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9 diciembre, 2019 Comentarios (0) Visitas: 579 Arte, Cine y Televisión, Crítica

‘Pintores y Reyes del Prado’: de Lorca a Sofonisba Anguissola

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Jeremy Irons en El Prado

Jeremy Irons en un fotograma del documental.

En todos los países la muerte es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros hasta el día en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo.

Federico García Lorca

Antes, mucho antes de Lorca, en 1558, el monarca se encerraba durante horas en un ataúd. Se estaba muriendo. Rezaba. Las cortinas de palacio cerradas, que no entrara un solo rayo de luz. A solas consigo, en Yuste (Cáceres), se encomendaba a un Dios que le permitiese mantener los pies en el suelo por más tiempo, a pesar de llevar meses sin poder caminar erguido.

El 21 de septiembre de 1558 a Carlos V se lo llevó la gota. Hacía tiempo que había perdido el aspecto propio de un emperador; aquel caballero de brillante armadura que inmortalizaría Tiziano y que, a día hoy, siglos después, pende de las paredes de uno de los museos más importantes del mundo: El Prado, en Madrid. 200 años recién cumplidos. Más de 8.000 obras de arte tras sus muros. El Prado: una galería que custodia la historia de una España y una Europa anteriores a las que conocemos, madres de nuestro presente.

Carlos V a caballo en Mühlberg

«Carlos V a caballo en Mühlberg», obra de Tiziano (1548).

«Uno siente de verdad el paso de la vida y de la historia», declama el actor inglés Jeremy Irons mientras recorre salas y pasillos de la galería, en absoluto silencio; el tacón de sus botas restallando, suave, sobre el suelo de piedra. Como un metrónomo. Pero, ¿se puede medir la historia? Pintores y reyes del Prado, el documental dirigido por Valeria Parisi y escrito por Sabina Fedeli, recoge un minucioso recorrido por la pinacoteca madrileña, intentando, de alguna forma, capturarla mediante el acercamiento del espectador a dos siglos de historia a través de las pinturas de gigantes como Tiziano, Velázquez o Goya.

Un viaje, asimismo, a través de los rostros protagonistas de la monarquía española: absolutistas y presuntuosos en su mayoría, fueron plasmados por genios de otro siglo y a día de hoy pueden ser mirados de cerca por cualquier ciudadano. La antigua aristocracia, por fin, a los pies de un pueblo. Porque el arte es, y debe ser, de todos.

El documental, que solamente podrá verse en cines el 9 y 10 de diciembre y el 23 de enero, tiene como pretensión la noble tarea de divulgar las maravillas que se esconden tras los muros del museo. Aun contando con numerosos aciertos, el formato elegido por Parisi para guiarnos durante la visita termina resultando contraproducente: frente a unas imágenes pictóricas que reclaman de la pausa y el silencio, apelando a una mirada ‘de otro tiempo’ –alejada de las redes sociales, alejada de la publicidad-, ante la necesidad de esa mirada capaz de posarse con delicadeza sobre cada lienzo, el montaje veloz y atropellado que da forma a la película acaba por impedir una verdadera conexión del espectador con las obras.

Y es que, tal como apuntó el crítico alemán Heinz Peter Schwerfel, quien se ha dedicado, entre otras cosas, a rodar documentales sobre artistas contemporáneos, es necesario, en las filmaciones, «proteger el arte contra la tentación de la facilidad, de las imágenes rápidas, de la enfermedad de los clips culturales, que nos ofrecen un menú de arte a la manera de los petit-fours».

Cabe reseñar, asimismo, que una cámara incansable, en constante movimiento, y un fondo musical bellísimo, pero excesivo, dificultan aún más la posibilidad del detenimiento, del intervalo, de la reflexión. Por otro lado, el filme se cae por momentos, con una serie de entrevistas insulsas que, en su mayoría, no aportan apenas información, más allá de un anecdotario personal, al espectador.

Pese a todo, el documental resurge, se levanta, arrullado por la voz grave de un Irons que acuna con suavidad la historia de nuestros reyes y pintores, tendiendo, ceremonioso, la mano a todo aquel dispuesto a dejarse guiar en este recorrido de joyas iconográficas y arte flamenco.

Jeremy Irons en El Prado

Jeremy Irons en un fotograma del documental.

¿Dónde están las mujeres?

Hieronymus Bosch (El Bosco), Doménikos Theotokópoulos (El Greco), Diego Velázquez, Tiziano Vecellio, Francisco de Goya, Anton Van Dyck, José de Ribera, Francisco de Zurbarán… Una ecléctica colección de todos ellos. Pero, ¿y ellas? El Museo del Prado se inauguró el 19 de noviembre de 1819 bajo el nombre de Museo Real de Pinturas, gracias a la determinación de la segunda esposa de Fernando VII: Isabel de Braganza. Una mujer.

Irons se detiene y mira a cámara. Aparece un bodegón. Naturaleza muerta: la única forma de arte en la que, durante mucho tiempo, estuvo permitida la aparición de las mujeres. Y un nombre: Clara Peeters, la pintora flamenca que, presumiblemente, nació en Amberes (Bélgica), y que terminaría consolidándose como una de las iniciadoras del arte del bodegón en los Países Bajos.

Si uno presta atención a sus cuadros, pueden verse pequeños reflejos en sus platos y vasijas; dentro, minúsculos rostros de mujer: el suyo, siempre el suyo. Como si quisiera gritar que ella, un día, también estuvo allí. La otra mujer rescatada del olvido es Sofonisba Anguissola, italiana irreverente y renacentista que pintaría sus facciones y las de otras muchas una y otra vez, desafiante, estableciendo su propio canon en el ámbito del retrato femenino.

Bodegón obra de Clara Peeters

Bodegón obra de Clara Peeters.

Sin embargo, la invisibilización de las mujeres no atañía exclusivamente a su posición de artistas, sino también a la de observadoras: durante los primeros años -a pesar de haber sido una reina consorte quien abrió el museo-, a féminas e infantes les estuvo vetado el acceso a los desnudos de Durero o Rubens.

El rey mandaba echar unos cortinajes sobre las pinturas cada vez que, en la Sala Reservada donde eran expuestas, decidía invitar a su mujer: los ojos de su esposa no debían ser corrompidos por la observación de aquellos cuerpos desnudos. No lo entenderían: existían para el deleite exclusivo del varón.

Hoy, el deleite nos pertenece a todos.

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