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‘El trompo metálico’: el juego de la autoridad

2 abril, 2016 Comentarios (0) Visitas: 1420 Escena

Parsifal y el poder revelador de un beso

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Cuando los madrileños aún saboreaban el estreno de La Prohibición de Amar de Wagner en el Teatro Real el pasado 19 de febrero, el compositor alemán vuelve a protagonizar las veladas operísticas del coliseo madrileño, esta vez gracias a su emblemática Parsifal, obra que se estrena el 2 de abril y que se podrá disfrutar en la capital hasta el 30 del mismo mes.

Así, en prácticamente menos de dos meses, los fans de la ópera han podido conocer al Wagner más inédito, más juvenil e irreverente que se puede ver en La Prohibición de Amar y compararlo con el Wagner más místico y grandilocuente gracias a Parsifal. Y es que, si bien ambas óperas comparten compositor, en nada se parecen.

El público que decida acercarse al teatro para conocer la historia de ese salvaje, que se tiene que encontrar a sí mismo para convertirse en el guardián del Santo Grial, ante todo tiene que tener claro una cosa: su duración. Aquí, Wagner (aunque ya lo había hecho en otras de sus emblemáticas obras) se explaya, y mucho, obligando al público a tener que estar en sus butacas durante más de cinco horas. Eso sí, si bien el primer acto es un tanto más tedioso, al final son cinco horas muy bien aprovechadas, durante las que el público disfruta de un espectáculo en toda regla.

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De esta manera, Parsifal es una obra altamente recomendable para todas aquellas personas que creen en un mundo mejor y que ansían encontrarse a sí mismos. Y es que, Parsifal se reconcilia con su yo interior y todo gracias a un beso. Un beso que le devuelve a la cabeza toda su historia, toda su vida y que le hace ser consciente del sufrimiento de Amfortas, por el que, al final, pasa años de penurias por devolverle su lanza convirtiéndose así en el nuevo guardián del Grial.

Además, en esta nueva versión (co-producida con el Gran Teatre del Liceu y la Ópera de Zúrich) puesta en escena por Claus Guth y dirigida por el músico ruso Semyon Bychkov, se traslada la trama al periodo de entreguerras. Una época de dolor y desconcierto, en la que Alemania vivió sufriendo una brutal crisis que evidenció un crack también social que la convirtió en paranoica y con manía persecutoria, algo que acabó desencadenando el, desgraciadamente, bien conocido nazismo.

Y es que, en esta ocasión, los monjes se convierten en militares que están en un sanatorio tratando de curar todas sus heridas (tanto físicas como mentales), tras las batallas de la Primera Guerra Mundial. Unos monjes que ansían encontrar un líder carismático que les guíe por el camino correcto. Y así, Parsifal se acaba alzando como cabecilla de caballeros del Santo Grial. Por ello, Guth ha querido hacer un claro guiño a la subida al poder de Hitler, hecho que se evidencia una vez Parsifal se hace con el mando y aparece en un balcón vestido de militar mientras todos los caballeros le admiran en una formación claramente castrense.

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Asimismo, uno de los aspectos más destacables de esta producción es su escenografía, a cargo del alemán Christian Schmidt, y la iluminación de Jürgen Hoffmann. Un tándem que consigue hacer brillar la obra de Wagner, sobre todo, durante el segundo y tercer acto de la ópera. Con un escenario circular que rota 360º, han sido capaces, gracias a pequeños cambios en la estructura (lámparas, puertas abiertas, sillas…), crear las diferentes atmósferas que requiere esta obra y han logrado separar las distintas localizaciones únicamente cambiando la tonalidad de la iluminación. Unas variaciones que se ven claramente entre el primer y el segundo acto. El primero es mucho más austero, una luz más fría y natural, para situar al público en ese sanatorio repleto de militares. En cambio, en el segundo acto la acción se traslada al palacio de Klingsor, donde la opulencia y el libertinaje se reflejan con una iluminación basada en tonos más cálidos y donde el claroscuro juega un papel muy importante.

De entre todo el elenco, los cantantes que recibieron una mayor ovación por parte del público fueron Anja Kampe, que interpreta a la joven Kundry, y Franz Josef Selig, en el papel del disciplinado y espiritual Gurnemanz. Aunque todos y cada uno de los intérpretes se dejó la piel tratando de meterse en el pellejo de los personajes desarrollados por Wagner.

En conclusión, nos encontramos ante una obra que merece toda su fama, con una partitura particularmente impecable y majestuosa, donde lo más importante es hacer pensar al espectador, ya sea en cómo ser mejor persona o en no caer en los mismo errores. Eso sí, hay que ser valiente para querer enfrentarse a esas cinco horas de música, que parecerán dos, y que son todo un reto para los cantantes, pero, sobre todo, para la orquesta y, por supuesto, su director, que al final es uno de los más aclamados por el público.

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