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Mandíbula

El miedo y la belleza

Un libro de todos y de nadie

20 abril, 2020 Comentarios (0) Visitas: 318 Crítica, Letras

Narrar sin precisar o el éxito de una novela de denuncia

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Karina Sainz Borgo (nacida en Caracas en 1982 y afincada en Madrid desde hace muchos años) ha creado una novela, La hija de la española, que tiene todos los ingredientes para triunfar: ambientada en un país convulso, con un argumento dramático, redactada por una periodista con cierto reconocimiento a quien no le tiembla el pulso para hablar de su realidad y, como colofón, la venta de los derechos en más de una veintena de países.

Venezuela se alza hoy como un país que genera un mar de urgencias de diferentes tipos: éticas, humanitarias y, las más importantes, políticas. Y es del desastre y la necesidad más absoluta desde donde nos llega este texto. Este territorio es, todavía, un lugar cargado de utopías y de quimeras. Parece que aquellos libertadores y héroes propios del siglo XIX quedaron atrás, pero no. Las dictaduras y las revoluciones del pueblo siguen estando en el ideario de los habitantes de Hispanoamérica, aunque con matices: Trujillo o Pinochet han quedado casi olvidados. Perón, los Castro, Morales y, por ende -e imposible de pasar por alto- Chávez, buscan proclamar un nuevo orden social.

En la convulsa historia del continente americano, se han creado tendencias e incluso un tipo de literatura propias cuya temática se centra en los regímenes totalitarios (recordemos La fiesta del chivo, de Vargas Llosa, o Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos). Aquellos que se atrevían a hacer un tipo de literatura disidente se convertían en héroes que afrontaban riesgos vitales desgranando los horrores de las dictaduras, de las cárceles, de las decisiones políticas, de las crisis humanitarias o la expropiación propios de la miseria urbana. Todos buscaban crear un tipo de ficción que, mediante la maleable extensión de páginas, narrara de maneara fidedigna los pulsos del pueblo con el gobierno.

Los momentos inmediatamente previos a los golpes de estado y la consagración de los mismos; los apagones; la violencia y la censura… Todo es reseñable en este tipo de novela de denuncia en el exilio. Y eso es justo lo que hace Sainz Borgo: reseñar, hacer una crónica de las dificultades de los habitantes, que durante este periodo convulso que se alarga demasiado en el tiempo, se han visto sofocados por una catástrofe política que les ahoga.

Portada de la novela, publicada por Lumen

Una novela para el pueblo

“Enterramos a mi madre con sus cosas: el vestido azul, los zapatos negros sin cuñas y las gafas multifocales […] Lo sepultamos todo, porque después de su muerte ya no nos quedaba nada. Ni siquiera nos teníamos la una a la otra”. Con esta fuerza arranca La hija de la española, contando la historia de una mujer joven cuya madre fallece por causas naturales, dejándola sola en un mundo que se cae a pedazos. La protagonista sobrellevará el duelo mientras asiste a la destrucción de su propia ciudad, en la que a manos de policías corruptos, militares contrabandistas y delincuentes subvencionados por el gobierno ajustician a sus habitantes. Y, a pesar de lo que adelanta en sus primeras páginas, “uno es del lugar donde están enterrados sus muertos”, los hechos se desarrollarán de una forma en la que Adelaida se verá obligada a abandonar tan pronto como pueda su país, sin importar el cómo, antes de que no tenga más opción.

¿Estaba la novela La hija de la española a la altura de las expectativas de los que, desde fuera, hemos visto cómo se gestaba e iba avanzando la urgencia histórica del régimen Chavista? Todos sabemos que escribir sobre la incertidumbre que se vive en el país de origen comporta una postura ética no exenta de problemas, y más todavía si esa escritura viene con una perspectiva del exilio. Por eso, hacer novelas sobre la situación de Venezuela comporta un grado de dificultad estremecedor. Escribir sobre el propio pueblo, que vive un desahucio capitaneado por un sistema tirado que les niega la libertad, imagino que supone un dolor absolutamente corrosivo.

Sin embargo, la novela hace unas alusiones muy acertadas a la intertextualidad: en ningún momento aclara a qué época está haciendo alusión mediante datos temporales concretos, pero cualquiera puede adivinar que se trata del régimen chavista. Y así es, dado que la novela se encuentra a caballo, en la mayoría de sus líneas, entre una crónica totalmente veraz de los sentimientos de los venezolanos que han vivido (o han muerto) o han tenido que huir del régimen, y un ejercicio de escritura creativa sobre muchos de los acontecimientos que realmente ocurren; es decir, Karina se embarca en la tarea (exitosa) de inventar un “cómo” para expresar un “qué”. Aun queriendo dar forma a una novela realista, la novela posee un punto de distopía que puede dar lugar a equívocos: cadáveres arrojados por los balcones, rituales religiosos por santería. El lector puede no discernir el “qué” verdadero del “cómo” fantasioso.

En este sentido, una narración íntima y cercana crea una tragedia que, a la vez, lleva consigo unos viajes al pasado indispensables (flashbacks) para tejer una historia en primera persona sobre la vida de Adelaida desde sus inicios (y sus sentimientos de incertidumbre, pesar y rabia) hasta el presente. Es el lector quien, embriagado por la novela, se ve obligado a imaginar el futuro.

Y eso, como lectores, nos obliga a preguntarnos por qué si era tan evidente que se trataba de Caracas, Sainz Borgo se obliga a distanciarse tanto de su antecedente histórico. ¿Por qué tiene reparo en ser contundente denunciando una masacre político-social? Pero, por otra parte, esa obligación al distanciamiento es solo parcial, dado que, además de que sabemos que la autora es inmigrante venezolana, la necesidad de contextualizar de forma lingüística es insalvable. Cualquiera que haya estudiado el español en profundidad sabe que el dialecto de América es tremendamente rico en subdialectos y que cada país tiene unos vocablos muy característicos que hacen que, en este caso, se identifique el venezolano de forma rápida, como en la historia de las arepas hechas con Harina Pan, las ciruelas de huesito o las referencias a la palta (aguacate) o el reguetón (música típica), aunque sin duda, la palabra “cuadras” (el equivalente al español manzanas, para referirse a calles) es el vocablo que más se repite, junto con la expresión “hijos de la revolución” tan propia del chavismo.

El lenguaje juega un papel clave, trasladando con fuerza y sensibilidad a los horrores y a la desesperación de la lucha por la supervivencia. Sin ninguna duda, hay un miedo al racismo (e incluso al machismo) en sus líneas. La autora quizá trate de alejarse de ese estereotipo racial y discriminatorio en el que se ha construido ese discurso revolucionario del que trata de huir. La desvinculación de las propias raíces por supervivencia es otro de los tópicos que aborda esta novela: el país no solo despide a inmigrantes, sino que los crea.

En este sentido, se trata de una obra escrita por una mujer, y sobre mujeres. Quizá la decisión de homogeneizar los caracteres principales se tomó para restar importancia a cualquier personaje masculino: solo la protagonista, su madre, sus tías, y sus vecinas Peralta, que casi aparecen por casualidad y que se convierten de forma involuntaria en sus duplicados, hasta el punto en el que la protagonista incluso recurre a la suplantación para sobrevivir. La contrafigura (o incluso la antagonista) de la heroína es otra mujer, la Mariscala, que es totalmente lo opuesto a ella: entrada en carnes, sin modales, malhablada e incluso sucia. Y es ese distintivo lo más característico de los “hijos de la revolución”, su vocabulario y su forma de crear terror y confusión en la ciudad. Justo en la culminación del proceso en el que Adelaida se convierte en Aurora Peralta, la hija de la española -dando vida a un simbolismo sobre la raza y la supervivencia de “los blancos”- se reitera, todavía más si cabe, el argumento racista.

De cualquier forma, esta novela se erige como advertencia sobre hasta qué punto se puede llegar cuando los habitantes de un país contemplan la barbarie creada por una ideología polarizada. El ambiente angustioso e, incluso a veces claustrofóbico, se adueña del lector. Imposible no comprender las decisiones de Adelaida y, a la vez, justificarla. Además, la intriga hace las delicias del lector en esta obra, enganchándole, sujetándole al “quién sabe”. En la ficción, la protagonista se ha salvado del horror. En la realidad, quién sabe.

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