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Camille Pisarro en el Museo Thyssen

Mujer ante el espejo (1936, Paul Delvaux)

El Thyssen sueña con el surrealismo

24 octubre, 2013 Comentarios (0) Visitas: 2410 Arte

Monet: la evolución de un genio

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Experimentar. Esa ha sido y será siempre una de las principales máximas que guían a los artistas. Pintores, músicos, escultores o cineastas; todos intentando encontrar una nueva forma de llegar al público, de transmitir sensaciones y sentimientos. Es precisamente esa búsqueda la que protagoniza la exposición ‘Courbet, Van Gogh, Monet, Léger. Del paisaje naturalista a las vanguardias en la Colección Carmen Thyssen’, inaugurada el pasado cuatro de octubre en Málaga, y que quien lo desee podrá visitar hasta el veinte de abril del próximo año.

Monet, Marea baja en Varengeville (1882)Un recorrido por cuarenta impresionantes obras de arte de pintones nacionales e internacionales, un viaje a través de las principales corrientes que sacudieron la pintura desde mediados del siglo XIX hasta 1950. Naturalismo, simbolismo, la luz impresionista y una nueva realidad con las vanguardias. Casi un siglo de evolución.

Dentro de un mundo en constante movimiento, también es posible mantenerse fiel a un mismo estilo, y Monet es un claro ejemplo de ello. El pintor impresionista se sintió cautivado por la luz y el color. Quiso reflejar en sus lienzos las formas que lo rodeaban y experimentó con sus pinceles hasta crear una amplia colección de paisajes, escenas fluviales y marinas tan bellas como ‘Marea baja en Varengeville’, que forma parte de la exposición.

Resulta curioso observar de forma detenida la obra de Monet. Con el paso del tiempo, su obra de ve desdibujada por una particular neblina, una película que enturbia los límites de sus creaciones y que, al final de su vida, transformará sus lienzos en manchas de color. Les propongo un acertijo, ¿por qué piensan ustedes que la obra de Monet cambió tanto a lo largo de los años?

De la calma al caos

La verdad es que resulta impresionante ver la evolución de la obra de este artista: las pinturas realizadas en su primera etapa –‘Mujer en el jardín en Sainte-Andresse’- muestran representaciones de paisajes o personas reales, en las que los contornos se distinguen con una claridad absoluta. Los tonos claros, colores reales que permitían distinguir por la posición de las luces la hora del día en la que el cuadro era pintado, dan paso a los tonos oscuros y a una abstracción que poco a poco se apodera de su arte y lo hace, a ojos de la mayoría, prácticamente incomprensible– ‘Nenúfares’-.

El estanque de los nenúfares (1899)‘El estanque de los nenúfares (los nenúfares blancos)’, pintado en 1899, representa un pequeño puente japonés que adornaba el  jardín que Monet tenía en Giverny. Como podemos ver, los tonos verdes muestran una vegetación frondosa, que llena todo el cuadro.

Un año después el pintor plasmó el mismo paisaje en otro lienzo. ‘El estanque de los nenúfares, armonía rosa’. Esta vez los tonos pasan del verde a los amarillos y rojos, el paisaje es más cálido y, sobre todo, mucho más difuminado.

Hacia 1910 Monet volvió a pintar el mismo escenario, llamándolo esta vez ‘El puente japonés’. Si no fuera porque sabemos que se trata del mismo puente que años antes había pintado rodeado de una vegetación exuberante, no hubiéramos podido imaginarlo. Apenas se distingue ninguna figura, sólo podemos apreciar manchas rojas, naranjas y amarillas: la sensación de caos es máxima.

La evolución y el cambio entre los tres cuadros, es sin ninguna duda, enorme.

El tiempo pasa factura

¿Por qué tal evolución? Monet, el gran pintor, tenía cataratas. Este déficit visual, que se manifiesta sobre todo en edades avanzadas, consiste en la pérdida de transparencia del cristalino. Debido a ello, quien las sufre, tiende a ver borroso y sufre una alteración en la percepción del color. Por este motivo, los cuadros realizados en sus últimos años de vida, tienen una particular neblina, da la sensación de que el pintor no ve con la claridad de antaño.

Tal vez sea en el cuadro ‘La Catedral de Rouen’, un claro ejemplo de este problema. Si nos fijamos se distingue perfectamente la catedral pero es como si, después de haberla pintado, Monet hubiera difuminado todos los contornos, con el fin de eliminar esos pequeños detalles que llenan las paredes del edificio. Además, podemos apreciar que en esas zonas en las que el sol incide con más fuerza, no hay apenas nitidez. Es como si tanta luz hubiera cegado al pintor, impidiéndole ver lo que en realidad había en la fachada.

Resulta curioso ver el paso de los años, el deterioro del hombre, reflejado, sin apenas pretenderlo, en un cuadro.  Y, aunque haya mucha gente que piense que simplemente se trata de una evolución hacia un arte más complejo, con el que transmitir nuevas ideas, nuevas sensaciones o sentimientos, fue  el propio Monet el que aceptó que su vista se debilitaba poco a poco. El volver a ver los lienzos de sus inicios se convirtió en una obsesión, trabajaba día y noche por intentar conseguirlo, y el ver que no lo lograba dejaba en él un sentimiento enorme de impotencia y amargura.

Les dejo con unas palabras muy impactantes que pronunció refiriéndose a aquel puente japonés cuando sus ojos ya no le permitían ver bien: “Estos paisajes de agua y reflejos se han convertido en una obsesión. Está por encima de mis fuerzas de anciano y sin embargo quiero llegar a representar lo que siento vivamente. No estoy acabado […] vuelvo a empezar esperando que salga algo de tanto esfuerzo”.

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