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13 febrero, 2019 Comentarios (0) Visitas: 98 Escena

Moby Dick, una adaptación brillante de Cavestany en La Latina

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Jose María Pou interpreta al Capitán Ahab

El Capitán Ahab se enfrenta a Moby Dick, la ballena blanca

“Sin imaginación no podréis acompañarme en este viaje”, alude el Capitán Ahab mirando a su tripulación, agolpada esa tarde en las rojas butacas del Teatro de La Latina.

En efecto, la imaginación, esa capacidad que sabemos que tenemos, pero que tan pocas veces, y cada vez menos, ejercitamos, es uno de los ingredientes fundamentales que el público tiene que incorporar a la representación.

Como si de un cuento se tratase, los protagonistas de Moby Dick, dirigida en el teatro por Andrés Lima, lanzan sus voces a los asientos para narrar al espectador, con precisión, lo que está ocurriendo y lo que va a ocurrir posteriormente. Entre los tres; el Capitán Ahab, interpretado por Jose María Pou (El Rey Lear), y otros dos hombres de su tripulación, Starbuck y Pip, interpretados por Jacob Torres y Oscar Kapoya; se van pasando la batuta. Cada vez es uno el encargado de contar lo que están viviendo. Desde su personaje, desde su perspectiva, desde esa atenta mirada que contempla siempre el mismo mar.

Los tres protagonistas cazan un cachalote

Oscar Kapoya, Jacob Torres y Jose María Pou comparten escenario en Moby Dick

Moby Dick es un libro complejo, de 900 páginas aproximadamente, publicado en Nueva York en 1851, cuando su autor, Herman Melville, tenía tan solo treinta y dos años. Es un clásico de la literatura que tardó bastante tiempo en concebirse como tal y esta es la primera adaptación al teatro que parece estar recibiendo una calurosa y positiva acogida por parte del público.

Orson Welles trató de acomodar el clásico al teatro, pero fue inútil. Sus esfuerzos no calaron, no llegaron al espectador. Algo que hoy, Juan Cavestany, ha conseguido con creces. El dramaturgo, autor de esta versión, ha demostrado una destreza impecable en el uso del lenguaje, además de una sublime habilidad para desbrozar los elementos que podrían dificultar en escena el entendimiento de la historia, sacando así a la luz la verdad que el Capitán Ahab guarda en su interior. No solo la venganza, sino también su irremediable deseo de muerte, el horror que vive en sus propias carnes, que le aprisionan.

El Capitán Ahab amarrado a las redes de su barco

Jose María Pou hace un trabajo brillante.

Jose María Pou, que ha aparecido en películas como El Reino y en reconocidas series como La catedral del mar, va bordando a través de su interpretación este relato, con puntadas firmes y plenamente emocionales. Sus recursos como actor son innumerables y esta es una ocasión excelente para disfrutar del despliegue de sus virtudes encima de un escenario. La voz, el tono, cada sonido, cada movimiento o grito están milimétricamente pensados y, sin embargo, parecen estar reproduciéndose por primera vez en estas tablas que, al mismo tiempo, son una parte viva y fundamental de la representación.

Beatriz de Juan, la escenógrafa de Moby Dick, ha hecho un trabajo realmente bueno, sirviéndose de elementos sencillos, pero que dotan al diálogo de un significado pleno que desde la silla se agradece. No solo ayuda a la comprensión, sino también a la transmisión de emociones.

Una tormenta en el barco

Durante una tormenta en el Pequod, el barco del Capitán Ahab

Al abrirse el telón, la proa de un barco se dibuja ante nosotros. Vigas de madera y barandillas de metal construyen la pequeña parte del Pequod visible. Detrás, una enorme pantalla que proyecta el azul. El inabarcable mar donde Ahab quiere perderse, encontrarse, buscar a la temible Moby Dick, una ballena de grandes proporciones a la que nadie en su sano juicio se enfrentaría. Pero, como dice Ahab: “Yo no estoy loco, yo soy la locura enloquecida”.

Otro de los puntos fuertes es la música original compuesta por Jaume Manreso, grabada con un coro de hasta cuarenta hombres en Madrid. Una melodía que hace retumbar las paredes y busca en el público una sensación completamente onírica. Y, de nuevo, sale victoriosa en este propósito.

El misterio de las grandes obras” es lo que se encierra hasta el 10 de marzo en el Teatro de La Latina. Un viaje tormentoso y despiadado que pone en escena, como tantas otras veces, el existencialismo y sus eternas preguntas. Esta vez tirando del anzuelo de un hombre solitario, obsesionado con una idea absurda de la que él mismo conoce el desenlace. Un desenlace que desea. Un camino hacia la muerte que es en realidad el monstruo al que nos enfrentamos todos.

 

 

 

 

 

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