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El Ratoncito Pérez es madrileño

Esculturas submarinas: un nuevo reclamo turístico

27 abril, 2016 Comentarios (0) Visitas: 1636 Lifestyle

Los secretos de Roma

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Las vistas desde el Gianicolo

Mucho se ha escrito sobre la ciudad de Roma a lo largo de los años. Innumerables guías de viaje, recomendaciones y tours preestablecidos que siempre ofrecen los mismos monumentos, calles y plazas. Si ya ha estado en la ciudad eterna, o si simplemente busca una alternativa a los puntos atestados de turistas, le descubrimos otra cara de la capital de Italia.

Cuando uno piensa en Roma, una de las primeras imágenes que le vienen a la cabeza es la de la Fontana de Trevi. Afortunadamente, para aquellos que se agobian con las aglomeraciones o que ya conocen la obra de Bernini, la ciudad eterna está plagada de fuentes y plazas. Muy cerca del río Tíber y a escasos pasos de Largo Argentina, el lugar donde apuñalaron a Julio César, se encuentra el gueto judío. Un encantador barrio desconocido para prácticamente todos menos para sus residentes. En una de sus plazas se esconde la Fontana delle Tartarughe. Cuenta la leyenda que el hijo de los duques Mattei la mandó construir en menos de un día para impresionar a su amada y que, una vez que ella la vio, cerró la ventana del Palacio Ducal que se encuentra en uno de los laterales de la plaza.

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Fontana delle Tartarughe

Y al otro lado del río, Trastevere, un barrio que es esencia pura de Roma y que en los últimos años se ha vuelto muy popular entre los turistas. La preciosa plaza de Santa María es un ir y venir de gente en un cóctel de romanos, turistas y estudiantes. Si quieren una más auténtica, opten por Piazza Trilussa, plagada de universitarios que se reúnen para tomarse unas cervezas, charlar y tocar la guitarra. Recientemente reformada, lleva el nombre de un poeta conocido por escribir en romanesco, y en uno de los extremos se encuentra uno de los locales de aperitivo más populares entre los habitantes de Roma.

Si cogen el tranvía 8 desde Trastevere, encontrarán otras dos paradas obligadas que le harán disfrutar de Roma en todos los sentidos. La primera, el mirador del Gianicolo, conocido como la octava colina de Roma. Si han visto La gran belleza, de Paolo Sorrentino, recordarán la primera escena en la que un turista se desmaya en una referencia al síndrome de Stendhal, ante las vistas de Roma. Una perspectiva única y diferente que muestra la magnitud y grandeza de la ciudad eterna. Una de esas imágenes que se graban en la retina.

Y un par de paradas más arriba, La gatta mangiona. Regentado por una familia napolitana y decorada con cientos de dibujos de gatos en las paredes, en este sencillo local solo encontrarán romanos y algún residente extranjero muy bien recomendado. Pizzas más gruesas, más cerca de las tradicionales de Nápoles que de las finísimas que se preparan en Roma. Visitar La gatta mangiona es una experiencia religiosa, no volverán a ser los mismos tras probar una de sus pizzas.

Decía Enric González en su libro Historias de Roma que algunas escenas en la ciudad eterna estaban hechas para ser vistas en blanco y negro. Tomarse un helado de Giolitti sentado frente al Panteón es una de ellas. Si hay un tópico al que hacer caso cuando uno va a Roma, es ese. Es difícil encontrar un edificio tan especial, imponente y mágico como el templo romano y su óculo, especialmente cuando llueve.

Justo unos pasos detrás de él, encontramos una de las pocas iglesias góticas de Roma, Santa María Sopra Minerva. Al entrar, sorprende el techo estrellado de la nave central, que envuelve a todo el que consigue entrar, ya que permanece cerrada durante la mayor parte del día.

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El arco de entrada a Coppedè

Una mezcla de Art Decó y Modernismo se hace un hueco junto al viale de Regina Margherita. Al norte de Roma se esconde uno de los barrios más originales y especiales de la ciudad, el de Coppedè. Un conjunto de palacetes construidos por el arquitecto Gino Coppedè al que se accede a través de un gran arco, del que cuelga una lámpara de hierro forjado que da paso a un conjunto arquitectónico en el que también se pueden apreciar detalles medievales, babilónicos y señoriales. Un barrio ecléctico que se articula alrededor de Piazza Mincio, donde encontramos la Fontana delle Rane, en la que se cuenta que los Beatles se dieron un baño tras su concierto en la vecina discoteca Piper, un lugar clave si quieren pasar un buen rato en Roma.

Pero, si hay un barrio para divertirse hoy en día en la ciudad eterna, es sin duda Pigneto. Controvertido y algo peligroso hace un tiempo, el lugar donde Pasolini rodó Accattone, hoy en día continúa siendo punto de encuentro de pioneros y personas de todas las generaciones y gustos. Historia viva de la ciudad y de su faceta más creativa es el Bar Necci, donde el director italiano pasaba los días escribiendo y contemplando a los residentes del barrio, y que hoy está más vivo que nunca, después de la transformación que ha sufrido Pigneto en los últimos años. Recomendamos encarecidamente que se sienten en su terraza en una noche de verano.

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Via dei Serpenti, una de las empinadas calles de Monti

Otro barrio que ha ganado puntos entre los jóvenes romanos es Monti, quizás el rione más europeo de la ciudad. Está plagado de pequeñas boutiques de diseñadores emergentes, cafeterías encantadoras en las que tomarse un capuccino, galerías de arte y terrazas perfectas para un beber un spritz bien fresco. Todos los sábados, jóvenes talentos de la ciudad organizan el Mercato Monti a escasos pasos de la parada de metro Cavour, donde también se pueden comprar complementos vintage y de segunda mano. Escondido entre el Coliseo y Via Nazionale, no dejen de sentarse en Piazza della Madonna para, simplemente, pasar a la tarde y contemplar a los que pasean por la zona. Monti ofrece un equilibrio entre tranquilidad y energía difícil de encontrar en Roma; merece la pena darse un paseo por este enclave único.

Son otros muchos los lugares dignos de descubrir en Roma y que pocos conocen. No en vano, de Roma se dice que “non basta una vita” para conocerla, una excusa perfecta para volver una y otra vez y dejarse envolver por una ciudad por la que no pasan los años, y que parece que se ha quedado congelada en el tiempo.

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