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Las voces del Quijote del siglo XXI en el...

Libros viejos, ocasiones nuevas

24 abril, 2015 Comentarios (0) Visitas: 1663 Letras

Leer para vivir

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Fotograma de la película '1984', basada en el libro de George Orwell

Fotograma de la película ‘1984’, basada en el libro de George Orwell

“El libro abriga”, escribió hace años Paco Umbral. Me gusta esta frase. A menudo viene a mi cabeza sin yo llamarla, como una jaculatoria. “El libro abriga”. Como un reflejo involuntario. Una reacción disidente contra el imperio de la imagen en que vivimos sometidos. Accedemos al conocimiento con una inmediatez proporcional al olvido. Porque lo visual tiene mucho de evanescente. La imagen es liviana y como viene se va.

Leer es otra cosa. Leer implica pensar sobre lo que se lee. Requiere tiempo. Reclama para sí toda la atención. Si me desconcentro pierdo el hilo y tengo que volver atrás, retroceder para reconstruir el argumento. He ahí la fuerza radical que sostiene el conocimiento forjado con la lectura. El telediario se olvida ya mismo, porque es ruido y vapor. El artículo de periódico no; la palabra leída permanece.

“Un hombre que ha visto mucho cine es un hombre que ha visto mucho cine. Un hombre que lee periódicos es un hombre culto”, dice Umbral. Más allá de la provocación -porque Umbral fue básicamente un provocador- la frase apunta a una diana realmente interesante: ¿Cómo aprehendo la realidad con la imagen y cómo con la palabra escrita?

La imagen me sugestiona con su plasticidad, me conmociona el sonido, el color. El silencio, la intensidad de la mirada, gesto e insinuación… La imagen me impacta cuando está bien construida, como las obras maestras.

Sin embargo, ¿qué me pasa con la película basada en un relato que ya he leído? Que casi siempre me embarga la decepción. Personajes, ambiente, gestualidad habían sido ideados por mi fantasía, con sus formas caprichosas, performando en el reducto mágico de lo intangible las palabras empleadas por el escritor. Al ver proyectados en la pantalla no estos mis personajes, ambientes, gestualidades, sino los del cineasta, me invade como una decepción fría e ingrata: “No está mal, pero no es como yo me lo había imaginado. Me gustó más el libro”.

Nada tiene que ver esto con la calidad de la obra audiovisual. La cinta puede ser objetivamente buena. Hablo de otra cosa: de la violencia desatada contra algo profundamente íntimo y personal: mi mundo interior. Ese lugar inalcanzable por la fuerza. Mi mundo interior. Ese recóndito del alma que anhelaba inútilmente conquistar el Gran Hermano de Orwell. Mi mundo interior. Allí donde yo, tú y él somos auténticamente libres. El “fondo insobornable” del que habla Ortega.

“El libro abriga” porque la lectura nos devuelve a nuestra naturaleza más radical de seres pensantes. ¡Lo cotidiano es tan elemental! El proceloso dietario que vamos escribiendo con nuestros trabajitos, nuestras insignificantes deudas y miserias, nuestras muchas actividades rutinarias… ¡Nos ocupan tanto tiempo!

¿Quién no ha sentido la urgencia de regresar a la novela que lo retiene cautivo? ¿Quién no ha anhelado el reencuentro con aquellos personajes que eventualmente forman parte de su vida interior? ¿Quién no se inunda de placer cuando, de reojo, observa un volcán de prometedoras historias aún desconocidas que aguardan a ser conquistadas por ti, lector?

La lectura va coloreando la materia gris de nuestro cerebro. Las moléculas de nuestra inteligencia se hinchan de incitaciones, de palabras vivas, de metáforas que nos permiten conocer y expresar el mundo. El mundo auténtico. El mundo interior. Un cerebro que no lee con fruición es un deshecho inhumano. Un erial estéril que nada puede dar que merezca ser conocido y compartido. ¿Dónde crees que habitan las palabras que buscas y no encuentras para hacerte entender?

Solo la lectura puede deprimir en el hombre su tendencia al gruñido y el golpe. Leer para crecer. Leer para soñar. Leer para alejar de nosotros al simio que insulta y agrede y excita con violencia a una masa amorfa de televidentes. Leer para comunicar. Leer para tener algo inteligente que decir. Leer para pensar y para razonar. Leer para vivir.

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