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Poemarios imprescindibles para amantes de la poesía

Jesús Ferrero, autor de "Las Abismales".

Reseña de ‘Las Abismales’, de Jesús Ferrero

23 marzo, 2019 Comentarios (0) Visitas: 419 Letras

Las páginas rusas se escriben con sangre y nombre de mujer

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La Catedral de San Basilio y el Kremlin, en la Plaza Roja de Moscú

La Catedral de San Basilio y el Kremlin, en la Plaza Roja de Moscú

La Constitución de la Federación de Rusia cumplió recientemente 25 años y Vladímir Putin, su actual y controvertido presidente, celebró el evento y destacó, satisfecho, que el texto ley «ha superado la prueba del tiempo». Sin embargo, la transición hacia un nuevo conjunto legislativo, que daba carpetazo final a la República Soviética, no se vio exenta de violencia. Dos meses antes, la Casa Blanca moscovita, el edificio parlamentario que ahora conforma la sede del gobierno actual, fue bombardeada salvajemente por los tanques a las órdenes de Boris Yeltsin, poco después de ser apartado del liderazgo del Kremlin por orden del Sóviet Supremo. El 12 de diciembre de 1993 se aprobó por referéndum la nueva constitución, aún con el hedor de la pólvora en el cielo de Moscú y la sangre en las calles por los 500 ciudadanos que murieron durante el ataque del último líder ruso que intentó alzarse.

Putin se mostró orgulloso del «potencial democrático inagotable» de su constitución, y añadió: «Apoyándose en las ideas y los principios de la ley fundamental se ha conseguido garantizar la soberanía y la integridad de Rusia y preservar la paz civil y la concordia». No obstante, una larga lista de nombres eslavos y sus historias, relatadas en las páginas de un libro o en las columnas de un periódico, disienten con respecto a esta exaltación de la naturaleza democrática que impera en el que es el país más grande del mundo.

La periodista y escritora rusa Svetlana Aleksiévich

La periodista y escritora rusa Svetlana Aleksiévich

«Matarme haría mucho ruido». La reportera Svetlana Aleksiévich, una de las acérrimas detractoras del régimen de Putin, especialmente valiosa por el hecho de preservar la posibilidad de dar rienda suelta a sus crónicas ‒una suerte que le ha sido negada a muchos de sus compañeros‒, ofrece esta explicación a una pregunta directa. “¿Cómo es que sigue viva?”. En una entrevista ofrecida a El País expone la única razón por la que no es un nombre tachado más en la lista negra del Kremlin. Con Voces de Chernóbil (1997) ofreció una nueva visión sobre la catástrofe, un factor humano oculto tras la abstracta imagen de dominio público sobre las capas de radiación y la tierra contaminada.

El caso de Anna Politkóvskaya es muy similar, y a la vez distinto. La muerte la acechó de forma temprana, pero su momento todavía no había llegado. Sus libros y artículos lograron lo impensable: alterar por completo la percepción del conflicto de Chechenia. Allí donde múltiples periodistas habían sido secuestrados o asesinados. La reportera fue envenenada en su camino hacia Beslán, donde se produjo una mantanza en un colegio ruso en 2004. No obstante, logró sobrevivir y no dejó de informar. Nunca dejó de informar.

Anna Politkóvskaya

La obra de Anna Politkóvskaya trajo consigo un gran cambio, una vuelta de tuerca en la visión mundial sobre lo que verdaderamente estaba sucediendo en Chechenia. Un territorio que se había visto disputado por una vorágine de beligerantes (guerrilleros chechenos e islamistas), entre los que se encontraban, amenazados por el fuego cruzado, los ciudadanos chechenos, que eran violados y torturados por soldados rusos, entre otras atrocidades. La Rusia de Putin: la vida en una democracia fallida (2004) fue una acusación directa hacia el antiguo director del FSB, el servicio de seguridad que sucedió al KGB.

Esta lucha suicida por desenmascarar a Vládimir Putin acabó por lograr que la avalancha de amenazas de muerte, a las que estaba acostumbrada, se tornase real. «Chechenia es el reino de la barbarie. Uno de cada dos muertos es un civil abatido de manera sumaria», afirmaba la reportera en uno de sus libros. Anna Politkovskaya fue asesinada el 7 de octubre de 2006, el día en el que recibió dos tiros en el pecho y otro en el hombro, que le descerrajaron en el ascensor de su domicilio en Moscú. No supuso un nombre más en la lista negra de los enemigos de la nación, sino que su muerte simbolizó la crueldad de un régimen que pretende amordazar y silenciar a sus periodistas. Pese a ello, a día de hoy aún no lo ha conseguido.

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