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2 noviembre, 2012 Comentarios (0) Visitas: 870 Cine y Televisión

Las lágrimas de bond, James Bond

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Skyfall, la última película de James Bond, aterriza en España con éxito entre el público y la crítica. Aunque también son muchos los que han rechazado el conservadurismo de Sam Mendes en torno al universo del mítico agente 007. Una disección psicológica de los personajes es la novedad del filme. Así como la brillante interpretación de Javier Bardem.

Javier Bardem como Silva

Después de la decepción de Quantum of solance (2008), llega la última entrega del agente 007. Sam Mendes es el encargado de dar acción a un guión sencillo, en apariencia. Sin embargo, el director británico inyecta cierta dosis de psicoanálisis, tan frecuente en sus trabajos, como en la difícilmente olvidable American Beauty. En Skyfall  los protagonistas sufren y muestran tímida (o fríamente) sus emociones. Parece ser que Mendes ha querido conmemorar el cincuenta aniversario del mítico agente creado por Ian Fleming sin rendirse completamente ante los encantos del cine comercial. Y, es que, sin dejar de ser en esencia una película de acción, el realizador británico ha querido respetar las primeras entregas cinematográficas de James Bond. De esta forma, ha humanizado a los personajes pero siempre respetando la estética pop, a veces kitsch, del resto de entregas bondianas. Aún así sigue habiendo acción y esta sigue siendo espectacular.

En esta última entrega los sentimientos de los protagonistas están a flor de piel. Para James Bond Skyfall es el “fin” pero el fin de qué. Este es el rosebud  particular del agente secreto que el espectador acabará conociendo. Todo está en juego, sobre todo, las emociones. La relación materno-filial entre el héroe y M, la sed de venganza del malísimo agente Silva, cierto roce gay entre antagonista y protagonista o el buen rollo entre el novato y simpático Q. Estos son ejemplos de ese giro a lo emocional que puede encantar al espectador o, por el contrario, puede fastidiarle las palomitas. Eso sí, todo empieza como debe empezar cualquier película de James Bond, a lo grande y con esa estética glam. Me refiero a los créditos iniciales, una mini película dentro de la misma ya que mediante la sucesión de imágenes caleidoscópicas, que bailan al son de la magna voz de Adele, el espectador puede ir haciéndose una idea de la historia que va a presenciar en los 143 minutos siguientes.

El actor británico Daniel Craig vuelve a meterse en la piel, por tercera vez, de James Bond. Su pinta de albano-kosovar no le impide volver a ponerse el traje del agente secreto con absoluta dignidad. Su elegancia nada tiene que ver con la del exquisito Sean Connery pero la diferencia es tan grande que se agradece y, es que, con ese afán de estar a la altura del legendario actor, demasiado remilgado parecía el distinguido Pierce Brosnan. Una de las sorpresas del film ha sido la presencia de Javier Bardem como el villano más temible después de Anton Chigurh, el psicópata de No es país para viejos. Una interpretación escalofriante que ha levantado una especie de orgullo nacional entre el público español. Y qué decir de Judi Dench, la actriz nos ha dejado una memorable interpretación de M que pocos espectadores olvidarán.  

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