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29 enero, 2017 Comentarios (0) Visitas: 1190 Escena, Recomendamos

Las brujas de Salem: la caza que no cesa

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Momento de la representación de Las brujas de Salem

Momento de la representación de Las brujas de Salem. Foto: David Ruano

1692, Salem, condado de Essex, Massachusetts. Un grupo de adolescentes puritanas bailan en el bosque cuando son sorprendidas por el reverendo Parris (Albert Prat). Para protegerse, comenzarán a decir que las ha poseído el demonio. A partir de ahí, se desencadenan una serie de acusaciones y venganzas personales que terminaron un año más tarde con ciento cincuenta personas acusadas de brujería, más de treinta juicios celebrados donde se juzgó a treinta y una personas, catorce mujeres y cinco hombres condenados a la horca y un anciano, Giles Corey (José Hervás), fallecido por asfixia mientras era torturado. Y todo basado en rumores, acusaciones sin pruebas o confesiones bajo tortura y orquestado por un poder religioso inflexible y encabezado por el gobernador Danforth (Lluís Homar).

Este episodio de la historia de Massachusetts sirvió a Arthur Miller para reflejar y reflexionar sobre otro momento de fanatismo e histeria colectiva en EEUU, esta vez en los años 50, cuando el  Comité de Actividades Antiamericanas, cuya cara visible era el senador McCarthy, realizó su propia caza de brujas (comunistas en este caso).

Profesionales como Charles Chaplin, Humphrey Bogart, Frank Sinatra o Lauren Bacall fueron llamados a declarar para probar que no eran comunistas. El propio Arthur Miller fue juzgado en 1959 y condenado a un mes de cárcel y a pagar una multa por negarse a declarar y delatar a otros compañeros, tal y como hiciesen Giles Corey y John Proctor (Borja Espinosa) años atrás, en Salem.

Las brujas de Salem o The Crucible se estrenó en 1953 en Nueva York, despertando una gran polémica. Hoy es considerada una de las mejores piezas de teatro norteamericano y Arthur Miller uno de los dramaturgos más sobresalientes del siglo XX.

Esta versión, dirigida por Andrés Lima (con la adaptación teatral de Eduardo Mendoza), se estrenó en el Festival Grec de Barcelona en 2016 y ahora se podrá ver en el Teatro Valle-Inclán hasta el 5 de marzo.

Lluís Homar, José Hervás, Nora Navas, Anna Moliner… son solo algunos de los quince actores que suben al escenario. Destaca el trabajo de Borja Espinosa en el papel de John Proctor, un hombre que ha sido infiel a su mujer con Abigail Williams (Nausicaa Bonnín), una de las chicas que bailaban en el bosque. Tras confesar su adulterio para desacreditar a la joven e intentar frenar la caza, será jugado, encarcelado y, finalmente, condenado a la horca al negarse a acusar a sus vecinos de brujería. El episodio de Salem lo contextualiza Lluís Homar, desdoblado en el gobernador Danforth y en narrador.

La puesta en escena se va haciendo más opresiva conforme avanza la obra y las condenas a muerte y el miedo aumentan. Los actores van dando forma a la escenografía (Beatriz San Juan), que consiste en una estructura sencilla, hecha de listones de madera, que cada vez los encierra más en el escenario, hasta que, al final de la obra, se forma una cuarta pared en escena.

Una claustrofobia que se acentúa gracias a la iluminación (Valentín Álvarez), a las luces que se cuelan entre los listones de madera, dando un efecto de sombras de barrotes de cárcel sobre la pared de una celda. Contribuye también la música original (Jaume Manresa), que aúna voces en directo con instrumentación grabada y que toma protagonismo en ciertos momentos, como en el solo de la esclava Tituba (Yolanda Sey).

Desde el estreno de Las brujas de Salem en 1953 hasta la llegada de esta versión en 2017 al Teatro Valle-Inclán se podría haber comparado el episodio de locura colectiva, de persecución injustificada acontecido en Salem en 1692 con otros muchos. El perseguido ha pasado de ser una bruja a ser un comunista, un judío, un homosexual, un inmigrante, un refugiado… entre otros muchos y obviando las distancias. Porque, como se apunta en la obra: la persecución seguirá mientras que la caza sea legal, porque el rechazo y el miedo al “diferente” siempre será utilizado por el poder para seguir siendo el poder.

 

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