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El poder redentor de la palabra

31 mayo, 2016 Comentarios (0) Visitas: 1464 Escena

La inevitabilidad de la vida

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Roberto Enríquez y Aitana Sánchez-Gijón protagonizan 'La rosa tatuada'

Roberto Enríquez y Aitana Sánchez-Gijón protagonizan ‘La rosa tatuada’

Una rosa. La rosa del tatuaje de un marido fallecido, la que nombra a una hija cuyo futuro florece, la que apellida a una familia, la que tiñe una camisa, la que refleja el marchitar de una mujer enjaulada. Han pasado tres años y medio desde que Rosario murió, pero Serafina Delle Rose, una inmigrante italiana que reside en EEUU, planea guardar luto de por vida a su idolatrado esposo. Víctima y verdugo de una educación estructurada y tradicional, que trata de inculcar a su hija Rosa, esta modista siciliana vive según las normas establecidas, verdadera causa de su sufrimiento. Mientras Serafina se encierra en sí misma, venerando la urna con las cenizas de su marido, la vida se rebela contra ese exilio voluntario que se ha impuesto. Cuando Tennessee Williams escribió el drama La rosa tatuada (1951), sobre el choque cultural y el amor prohibido, estaba locamente enamorado de un italiano. Ahora, Carme Portaceli recupera la obra del afamado dramaturgo norteamericano, en el Teatro María Guerrero hasta el próximo 19 de junio.

Portaceli apuesta por una adaptación fiel al espíritu vitalista y optimista del que Williams impregnó su creación, un canto a la vida que busca transgredir los prejuicios de una sociedad encadenada a ellos. La rosa tatuada reflexiona sobre las pasiones humanas reprimidas que van en contra de la dictadura de la moral. Retrata para ello una comunidad que vive de apariencias y se disfraza de hermetismo y puritanismo, condicionando los actos de sus habitantes y condenándolos a ser mártires de sus deseos e impulsos. La obra de Williams perfila la transformación de una mujer, que podría ser cualquier espectador, en un contexto lleno de actualidad, de políticas de inmigración y códigos de decencia, a través de un texto que anche parla italiano y navega entre la comedia y el drama, la ternura y la pasión.

La obra de Tennessee Williams estará en el Teatro María Guerrero hasta el próximo 19 de junio

La obra de Tennessee Williams estará en el Teatro María Guerrero hasta el próximo 19 de junio

Una gran estructura que recrea tanto la fachada de una casa como un porche, un comedor a la derecha, el taller de costura al fondo y la habitación a la izquierda. Todo ello conforma el hogar de Delle Rose, donde transcurre la acción. Se trata de una puesta en escena austera que, sin embargo, acrecenta el complejo de voyeur en el público. El decorado queda supeditado a recursos audiovisuales tales como vídeos que se proyectan en las paredes y canciones italianas cantadas en directo a modo de transición. El vestuario, por su parte, desvela la evolución emocional de la protagonista. Nada más comenzar la obra, una coqueta Serafina viste de largo, con el pelo recogido en una rosa, hasta que el luto la convierte en una mujer desganada que deambula en camisón. Con su resurgir, vuelven los vestidos y las flores que decoran su melena. Además, una camisa rosa, prueba irrefutable de una dolorosa verdad, termina siendo la llave hacia la libertad.

Aitana Sánchez-Gijón, ganadora recientemente del Premio Max por Medea, brinda una interpretación brillante de la temperamental y orgullosa Serafina Delle Rose, en la que conecta con sus raíces italianas, sin caer en lo caricaturesco del personaje. Destaca junto a ella Roberto Enríquez en el papel de Álvaro Mangiacavallo. El casual encuentro con Serafina, el acercamiento titubeante entre ambos y el tormentoso romance que inician sirve como núcleo central de la obra, una apoteosis de emociones en las que Sánchez-Gijón desarrolla con un realismo arrollador su vena cómica y dramática, estimulada por la extraordinaria actuación de su compañero de reparto. Los acompañan Alba Flores, Jordi Collet, David Fernández, Gabriela Flores, Ignacio Jiménez, Paloma Tabasco y Ana Vélez.

De este modo, La rosa tatuada es un reflejo de todos esos prejuicios morales que imperaban e imperan en nuestra sociedad, de ese ser humano que nace con el manual del ciudadano ejemplar bajo el brazo. Todos tenemos una urna, esa cárcel de lo ‘políticamente correcto’, que romper para poder considerarnos realmente libres. A través de la cautivadora combinación de las lagrimas más desgarradoras y la pasión más incontrolable, Portaceli dibuja un magistral retrato de esta humanidad secuestrada, que no se libera, sino que cambia de esposas; que maquilla los escrúpulos de necesidad. Esta pieza teatral es un imprescindible memorándum de la belleza de la vida, esa de la que es imposible sustraerse. «Hagamos una plegaria por todos los corazones salvajes que viven encerrados en jaulas», dijo Tennessee Williams. Solo nosotros podemos despojarnos de los recelos tatuados en nuestra piel.

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