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A los pies de la Sierra de Gredos

Iván Fandiño

Iván Fandiño, la muerte siempre fue una opción

1 junio, 2017 Comentarios (0) Visitas: 426 Miscelánea, reportaje

La Madre de Dios está en la selva peruana

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Se encienden las luces y una voz nos informa que debemos permanecer con los cinturones abrochados, ya estamos descendiendo a la ciudad de Puerto Maldonado, capital del departamento de Madre de Dios. Miro por la ventana y veo una extensa vegetación surcada por líneas de agua. Salgo del avión y siento mis pulmones acariciar cada bocanada de aire limpio y caliente. Un taxi me lleva por calles angostas que exhiben casas de un piso, bodegas y restaurantes con pizarras en la vereda que indican el menú del día. Hay mesas en la calle y personas sentadas conversando, mientras disfrutan una cerveza con las camisetas enrolladas por encima del ombligo.

Como en Tailandia

El albergue en el que me voy a hospedar es un gran misterio, lo encontré en internet y era el más barato. El conductor frena súbitamente, sale del vehículo sin decir palabra y toca el timbre. Al abrirse la puerta se revela una pequeña jungla con árboles altos que impiden que la luz alcance el suelo terroso. Avanzamos hasta una casa enorme de madera, donde una mujer con rasgos orientales espera de pie, seguida de cuatro perros y un mono.

Cabaña en Anaconda Lodge (Foto:zoover.es)

Cabaña en Anaconda Lodge (Foto:zoover.es)

Me da la bienvenida con una sonrisa al Anaconda Lodge, se llama Wadee (Huadí) y pronunciando un castellano difícil de entender, me guía hacía mi cabaña. Advierto que de la casa principal parten caminos que se extienden entre miles de plantas. Me detengo frente a una choza que emula las típicas casas de los indígenas amazónicos. El dormitorio está sobre una plataforma elevada del suelo y para subir hay unos escalones que dan hacia una terraza con una hamaca. La mujer me entrega la llave y se despide.

La habitación tiene forma de cubo, las ventanas están cubiertas con una malla contra insectos y cuenta con lo necesario: una cama, una pequeña mesa y un ventilador. Me siento alejado de la civilización gracias al pedazo de jungla en el que me encuentro. El calor es intenso, así que dejo rápidamente el equipaje y me pongo algo más ligero para dirigirme a la piscina. Salto al gran estanque de agua y me quedo unos segundos sumergido. Mientras salgo a la superficie distingo a George, el mono de la casa, que toma agua aferrándose al borde para no caerse.

Piscina en Anaconda Lodge (Foto: Alvaro Guzmán)

Piscina en Anaconda Lodge (Foto: Alvaro Guzmán)

Al día siguiente, abro la puerta y encuentro sentado a un perro lampiño, sin un solo cabello en el cuerpo; una raza originaria del Perú. Su cara es divertida. Su anatomía le impide mantener la lengua dentro del hocico y le cuelga de lado. Lo saludo acariciándole la cabeza y continúo a la casa principal en busca del desayuno. Ahí se encuentra la mujer del día anterior sirviendo la mesa con fuentes de panqueques, huevos fritos, frutas cortadas, pan y queso. Me sirvo un plato generoso y me siento a conversar con ella.

Wadee es de Tailandia y está casada con Donald, un americano que la convenció para venir a vivir a la selva peruana. Tuvieron una hija a la que llamaron Kik, encargada de la cocina, y según su madre, prepara una deliciosa comida tailandesa, lo cual confirmo esa misma tarde. No conocía la comida thai y resulta insólito que tuve que llegar aquí para probarla. Decido explorar el terreno del albergue lleno de plantas exóticas, aves, arañas y mariposas, mientras George me persigue sin perderme de vista.

Camino hacia el lujo

La movilidad llega en la mañana para ir rumbo al puerto de donde salen las embarcaciones que navegan por el río Madre de Dios, uno de los afluentes más caudalosos del Amazonas. Del vehículo sale una mujer robusta y un hombre de baja estaura, me saludan con cortesía. Ambos, incluyendo el chofer, están uniformados con un parche en la camisa que dice “Inkaterra”. Me despido de Wadee y de todas sus mascotas. En el camino descubro el centro de la ciudad; sus calles, gente, el mercado, la Plaza de Armas rodeada de árboles, y un ejercito de los populares mototaxis: motocicletas de tres ruedas con un techo cubierto por colores llamativos, utilizadas para transportar pasajeros.

El Puente Billinghurst visto desde la orilla del río Madre de Dios (Foto: Alvaro Guzmán)

El Puente Billinghurst visto desde la orilla del río Madre de Dios (Foto: Alvaro Guzmán)

En el puerto, voy hacia el muelle y subo a un bote motorizado, acompañado por la mujer del hotel. El Puente Billinghurst destaca como un gigantesco brazo metálico, siendo el de mayor longitud del país uniendo Perú con Brasil. A pesar del sol, una repentina lluvia nos sorprende. El motor se enciende y empiezo a navegar por primera vez este río hacia el hotel ecológico Inkaterra Reserva Amazónica, elegido en el 2013 por la revista Traveler entre los 25 mejores eco-lodges del mundo.

La región de Madre de Dios alberga una gran cantidad de selvas vírgenes y reservas nacionales como el Manu. Su abundante vegetación tropical, ríos y lagunas ofrecen condiciones ideales para el hábitat de una impresionante variedad de especies de flora y fauna. La lluvia se apaga y el bote se detiene frente a un muelle de madera donde nos reciben empleados del hotel. Avanzo un trayecto corto flanqueado por árboles y orquídeas. Una cabaña gigante de dos pisos con un techo a dos aguas se manifiesta como un templo de madera. Entro y me dirigen por una escalera de caracol hacia el segundo piso, que cuenta con una amplio espacio repleto de sillones y libros.

Inkaterra Reserva Amazónica (Foto: tripadvisor.com)

Inkaterra Reserva Amazónica (Foto: tripadvisor.com)

La decoración rústica y detallada da la ilusión de estar en una maloka nativa. Antes de ingresar a mi habitación, tomo asiento en un cómodo sofá con vista al bosque tropical y me sorprenden con una inesperada limonada helada con hierbabuena. La cama tamaño queen, una bata blanca y unas sandalias reflejaban el lujo que no tuve en mi humilde habitación del Anaconda Lodge. Bajo al comedor para comer y quedo sorprendido con un bufet amazónico gourmet.

Por los puentes colgantes

La primera actividad es la visita al Canopy Walkway: un sistema de puentes colgantes a 30 metros sobre el suelo, construidos por Inkaterra, el Banco Mundial y National Geographic. De nuevo estoy en una embarcación a través del río, esta vez junto a otros viajeros. Desembarcamos en una orilla y Carlos, el guía, nos interna en plena selva hasta llegar a una torre. Después de subir docenas de escalones me encuentro en el inicio de un puente, el cual está unido a una plataforma construida en el tronco de una Yanchama; árbol cuya corteza es usada por los nativos para elaborar telares.

Canopy Walkway (Foto: Alvaro Guzmán)

Canopy Walkway (Foto: Alvaro Guzmán)

En ese instante estoy al nivel de las copas de los árboles. Miro hacia abajo, imagino una dolorosa caída y continúo emocionado el camino por siete puentes colgantes. Al final del trayecto, aparece el Canopy Tree House, una pequeña casa en la que uno puede dormir a 22 metros de altura. Dicen que Mick Jagger se quedó ahí dos noches, una de las cuales fue azotada por una tormenta que remeció el árbol donde está la casa. El guía nos lleva de vuelta al hotel, a tiempo para disfrutar la cena.

Descubriendo el Lago Sandoval

Después del desayuno, aguardo a Carlos para conocer la actividad del día. Aparece agitado y me pide que lo siga a un almacén para recoger las botas de hule. Ahora estoy en una embarcación hacia la Reserva Nacional de Tambopata. El objetivo es realizar una caminata de tres kilómetros por tierra lodosa hasta el Lago Sandoval. Las botas se hunden en el barro, al igual que la rama seca que me ofrece como soporte. Tengo cuidado de no sujetar un Cashapona; árbol espinoso que gracias a sus raíces aéreas se mueve 1,50 metros a lo largo de su vida.

Finalmente, llegamos a un pequeño muelle y subimos a una canoa con remos para navegar por un canal tupido de árboles. Entre las ramas y hojas, el cielo celeste se empieza a asomar y la canoa desemboca sobre un espejo de agua oscura. El lago representa un ecosistema majestuoso, donde los aguajales -palmeras que crecen en el agua- destacan en sus bordes. Una familia de nutrias juega a los lejos. Nos acercamos remando lentamente para no asustarlas. Arriba se observan monos aulladores, guacamayos y hoatzines, también llamados ‘shanshos’.

Lago Sandoval (Foto: costamar.com)

Lago Sandoval (Foto: costamar.com)

 

Ahora es tiempo de volver y dejar atrás los distintos mundos que la selva contiene. Conforme asimilo que abandono el lugar, me invade una sensación de alegría que se contradice con un enorme vacío. La Amazonía posee una energía muy especial que te inunda de manera inevitable y Madre de Dios es un perfecto ejemplo de las maravillas que esta tiene para ofrecer a todo aquel que quiera ensuciarse las botas.

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