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22 marzo, 2018 Comentarios (0) Visitas: 622 Cine y Televisión

‘La casa junto al mar’: nostalgia de la primavera

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Fotograma de La casa junto al mar.

En ‘La casa junto al mar’, Guédiguian echa mano de sus actores de siempre.

Existen directores capaces de generar un mundo propio a través de su trabajo audiovisual. Otros, mientras, lo hacen empleando la reiteración a lo largo de su filmografía, utilizando una y otra vez las mismas referencias. Los mismos entornos. Los mismos actores. Es el caso de francés Robert Guédiguian. Desde hace más de tres décadas, este cineasta originario de Marsella ha percutido con insistencia en el mismo perfil de película. Sus cintas son habitualmente dramas familiares de cierta ligereza, la misma que inspira la Costa Azul en la que siempre ubica sus historias. Sus actores no varían más: la protagonista rotunda de su filmografía es Ariane Ascaride, su propia mujer, y sus acompañantes habituales en la gran pantalla no son otros que sus amigos Jean-Pierre Darroussin y Gérard MeylanLa casa junto al mar no es una excepción.

El punto de partida de la última película de Guédiguian es el derrame cerebral sufrido por un padre de familia que vive en una pequeña cala de la costa de Marsella. Con su progenitor inmóvil sobre la cama, sus tres hijos se reúnen tras muchos años sin verse. El único que se ha quedado a vivir en Marsella, Armand (Gérard Meylan), recibe en su casa a Joseph (Jean-Pierre Darroussin), un escritor en horas bajas que está enamorado de una mujer mucho más joven que él; y a Angèle (Ariane Ascaride), una prestigiosa actriz que vive en París y que no ha vuelto a la casa familiar desde que su hija, de apenas 5 años, falleciese en un accidente en el mar, en lo que ella creyó una negligencia de su padre y su hermano.

El tono amable de Guédiguian nos permite profundizar en la psicología de los personajes sin dificultades, con la misma fluidez con la que la narrativa de la película los va guiando por los senderos del perdón y la reconciliación consigo mismos. Un grupo de pintorescos secundarios (la amada de Joseph, un joven admirador de Angèle, sus ancianos vecinos y su hijo médico) completan la composición del cuadro que pinta el cineasta francés, un lienzo de corte costumbrista e influido por las tonalidades azules de la costa marsellesa, que funcionan a la perfección para hablar de la melancolía de los días felices.

Fotograma de La casa junto al mar.

Cuando la cinta alcanza aguas en calma, vuelve a sacudirse.

Guédiguian utiliza a la perfección esta nostalgia para hablar de su propio cine, convirtiendo a La casa junto al mar en una especie de madre contenedora de toda su filmografía (incluyendo incluso fotogramas de otras películas suyas a modo de flashbacks, aprovechando la similar ambientación y la presencia de los mismos actores). Pese a todo, ese citado tono ligero acaba consiguiendo que la película se convierta en un afilado e intelectual canto a la vida; un relato vitalista y promotor de la idea de que, pese a que el pasado nos acompaña siempre, es el presente lo que ahora nos ocupa.

La empatía de la soledad

La casa junto al mar pega un giro importante en el momento en el que llegan a la costa unos niños procedentes del norte de África en una especie de lancha. Con la policía buscando a los inmigrantes para devolverlos a su tierra, la familia protagonista se ve, en medio de todo su proceso catártico, en la encrucijada de no saber cuál es la decisión correcta. En este sentido, el viraje argumental del film sirve para acentuar su trabajo simbólico. Para seguir martilleando la idea de que no merece la pena que el rencor y la rabia ofusquen la pasión y las ganas de ser felices, por barato que suene.

La puesta en escena de Guédiguian es, como no podía ser de otro modo, un canto naturalista a abandonar la velocidad de los días urbanos, a despojarse de las identidades sobreproducidas y encontrarse con la esencia de lo que uno es: algo que solo se puede encontrar en casa, rodeado de aquellos que, tras las capas, siguen sabiendo quién eres a fin de cuentas. La Costa Azul, las pequeñas embarcaciones y el olor a agua salada que traspasa la pantalla convierten a La casa junto al mar en un hermoso cuadro de los amores que revisten las paredes del corazón del cineasta marsellés.

En definitiva, podemos decir que Robert Guédiguian ha optado por potenciar aquellas cosas que mejor sabe hacer para crear una cinta disfrutable, plagada de subtextos y delicadeza, en la que sus personajes, que por repetición ya no son personajes sino las identidades de sus propios actores, se desvisten para dejar a la luz sus heridas y sus miedos. Todo ello en un momento de la vida, el de la madurez tardía, en el que las cosas parecen marchitarse sin frenos, y en el que solo la compañía de aquellos que recuerdan las carreras juveniles por el puerto puede hacer que se recupere la paz.

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