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12 diciembre, 2017 Comentarios (0) Visitas: 730 Escena, Teatro

‘La bohème’: deconstrucción del amor y la muerte

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Este mes de diciembre el Teatro Real de Madrid representa la que será la última ópera del año. Y además, lo hace con uno de los grandes clásicos de Giacomo Puccini, La bohème. Su estreno en el Teatro Regio de Turín el 1 de febrero de 1896 se saldó con críticas feroces que le auguraban un pésimo futuro y un paso insignificante por los anales de la historia operística, pero el paso del tiempo ha demostrado que crítica y público estaban completamente equivocados. Hoy, más de un siglo después, es una de las óperas más representadas cada año y su historia ha calado por igual en los espectadores de teatros de todo el mundo. Por supuesto también en el Teatro Real, donde se ha interpretado en 60 ocasiones desde su reapertura en 1997, y donde vuelve a hacerlo del 11 de diciembre al 8 de enero.

Además de su indudable calidad musical, el éxito de está ópera podría atribuirse a que habla de conceptos universales, que trascienden el tiempo y el espacio. El amor, los celos, la amistad, el miedo al fracaso, la muerte… Todo ello es tratado con una gran sensibilidad en el libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, dirigidos por Puccini, que a su vez está basado en el libro Escenas de la vida bohemia, de Henri Murger.

La historia se desarrolla en el París del siglo XIX, pero podría trasladarse a nuestra época. O a cualquier época. Los protagonistas son cuatro jóvenes amigos bohemios -un poeta, un pintor, un músico y un filósofo-, que no tienen dinero y sobreviven como pueden en una buhardilla pasando frío y calamidades a la espera de encontrar una oportunidad laboral que les saque de esa situación, pero en realidad, como jóvenes que son, están más preocupados por la diversión y el amor. Y cuando encuentran alguna de ellas la vida les sonríe, a pesar de tener los mismos problemas que antes.

Pero son pobres. Y la desgracia, en aquel tiempo y en este, tarde o temprano, se ceba con los pobres. Y el frío no entiende de amistad ni de amor. Aquellos jóvenes despreocupados se dan cuenta de que la tragedia es inevitable y se les cae el velo de los ojos. Súbitamente, la realidad les aplasta. Comienzan a ver con claridad su desdichada vida, aquella que el espectador ha ido conociendo mediante retazos a lo largo de los cuatro actos de la representación.

Escena del acto IV de La bohème

Retazos de una vida

Este concepto de “retazos” cobra una gran importancia en esta nueva adaptación del director de escena británico Richard Jones. En ella, el espectador participa como voyeur, de una manera externa, y ante sus ojos circulan los cambios de atrezzo en los entreactos o en mitad de los mismos. Los escenarios se alejan del realismo para pasar a ser construcciones mentales, no por ello menos espectaculares, e incluso algunos con una tendencia al onirismo propio del recuerdo. Los artilugios teatrales, las poleas, la máquina de echar nieve… todo está al alcance de la mirada -incluso después de su aparición, porque varios elementos permanecen en los laterales del escenario durante toda la representación-. Pero no molestan. Se acumulan en el subconsciente, de manera natural y con delicadeza, al mismo tiempo que las escenas de la vida bohemia se suceden.

Y es que si por algo se caracteriza esta obra es por su sentida sensibilidad. Por ello, Puccini se valió de un refinado lenguaje armónico y de unas melodías de sobrecogedora belleza, para hacer partícipes a los espectadores de todo lo que ocurre en el escenario. De esta forma, y con un golpe de gracia, La bohème captura el corazón del público y lo hace latir junto al suyo.

Escena del acto II de La bohème

Una historia de amor universal en cuatro actos

Una cortina de nieve nos da la bienvenida al reino de los soñadores. Un grupo de jóvenes bohemios aspira a futuras glorias desde una guardilla fría y polvorienta. Risas y jolgorio que destilan estos artistas que creen tener el mundo a sus pies. Un carrusel colorido que gira a toda velocidad y que se detiene brevemente en el momento cúspide. Todo parece quedarse suspendido en el aire cuando Mimì y Rodolfo se conocen. Un amor casi instantáneo que sorprende por su intensidad, que estará representado durante las diecinueve funciones del Real por las sopranos Anita Hartig y Yolanda Auyanet (Mimì) y los tenores Stephen Costello y Piero Pretti (Rodolfo).

Pero la felicidad acaba destiñéndose ante la pobreza y el frío en una de las óperas que mejor ha sabido transmitir lo frágil que es el amor ante el destino. En los dos últimos actos, el ritmo narrativo se vuelve más pausado y la tragedia va dejando sus huellas en el gélido escenario. Un desenlace funesto que conduce al abismo de la madurez a sus protagonistas.

Al final uno tiene la sensación de haber vivido una historia de dos horas de emoción a flor de piel, agudizadas por la excelente dirección musical, que en este caso corre a cargo de Paolo Carignani, y las magníficas voces de todos los integrantes de esta obra coral. Quizá por eso, no sólo no fracasó desde su estreno sino que se ha convertido en una de las grandes óperas de todos los tiempos.

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