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7 diciembre, 2019 Comentarios (0) Visitas: 362 Cine y Televisión

Jugando a las urnas en ‘prime time’

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El Hormiguero

El presentador Pablo Motos en su programa ‘El Hormiguero’

En el film Network: Un mundo implacable (Sidney Lumet, 1976), Howard Beale, un reputado presentador de informativos cuyos índices de audiencia han comenzado a caer estrepitosamente, es amenazado con ser despedido de la cadena en la que trabaja. Alcoholizado y deprimido, decide cerrar su lustrosa carrera asegurando al público que aprovechará su última emisión para suicidarse en directo. Contra todo pronóstico, semejante declaración dispara el share de la cadena, poniendo en vilo a los ciudadanos de todo el país; los ejecutivos de la misma, conscientes del éxito que podría reportarles explotar la figura de Howard, decidirán girar las tornas y otorgarle al presentador de informativos, en pleno brote psicótico, un espacio propio donde dar rienda suelta a sus argumentos apocalípticos.

Así, apropiándose de su discurso, la cadena verá aumentar sus números exponencialmente gracias a la fuerte conexión del público con las frases lapidarias de Beale, llevando las peores prácticas periodísticas imaginables hasta el paroxismo. Con el paso del tiempo, sin embargo, el discurso del presentador dejará de ser efectivo: perdida la novedad y la frescura de sus parlamentos, el share de la cadena comienza a desinflarse de nuevo. No teniendo la opción de despedirle, la decisión final de los ejecutivos será tajante: asesinarlo en directo podría ser la excusa perfecta para, cerrando una etapa, recuperar el interés y la expectación del público. Tras llevar a cabo dicho plan de forma efectiva, la voz en off del narrador pone punto y final a la función: «Esta ha sido la historia del primer hombre asesinado por culpa de las bajas audiencias».

A pesar de haberse cumplido ya más de cuatro décadas desde su estreno, hoy parece más oportuno que nunca recuperar la película de Lumet; bastaría, para reivindicar su visionado, con encender el televisor en hora punta y deleitarse con las bajezas que algunos pseudoperiodistas están dispuestos a cometer a cambio de continuar liderando el ranking de audiencias. Y es que cualquier conocedor de la parrilla televisiva española no tardará mucho en detectar peligrosas similitudes entre la distopía dirigida por Sidney Lumet y las prácticas habituales de empresas de comunicación como Mediaset o Atresmedia. No es ninguna novedad, ni se antoja ya un ejercicio de valentía periodística, poner en el punto de mira a esta televisión que abotarga casi desde sus orígenes al espectador, imponiéndole su discurso, minando su capacidad crítica mediante constantes fuegos de artificio y atreviéndose, para más inri, a ondear de continuo la bandera de lo políticamente correcto.

Y es que «el poder está en manos de quien posee un estudio de televisión o, dicho en otras palabras, de quien posee los medios de comunicación», señalaba Ryszard Kapuscinski en su charla pronunciada durante el acto de entrega de los premios nacionales de periodismo Stora jurnalstpriset en Estocolmo, en el año 98, transcrita posteriormente en el texto El mundo reflejado en los medios. En éste, el reputado periodista polaco enumera una serie de conclusiones respecto al funcionamiento de los medios a las que asegura haber llegado tras una larga carrera periodística. Entre otros apuntes de sumo interés, Kapuscinski presta especial atención al medio televisivo en tanto que motor principal del cambio de paradigma: «Hoy la pequeña pantalla se ha convertido en una nueva fuente de la historia […] La versión que difunde la televisión, incompetente y errónea, es la que se impone sin que podamos contrastarla».

Lumet y Kapuscinski se antojan hoy más necesarios que nunca para enfrentar, desde una cierta distancia crítica, la realidad mediática. Sin ir más lejos, el escenario que atravesaba España hasta hace apenas un mes, en vísperas de la repetición electoral del pasado domingo 10 de noviembre, es un ejemplo ideal del perfecto caldo de cultivo para la mala praxis periodística: como es bien sabido, en tiempos de campaña los representantes políticos tienen por costumbre recorrer los platós de toda televisión que se precie, a fin de recabar votos allá donde sea posible; humanizar a los candidatos jugando al pilla pilla o invitándoles a reír los chistes de dos astutos insectos periodistas es la maniobra que, desde hace ya trece años, viene adoptando El Hormiguero, líder indiscutible de audiencias en su franja horaria.

El programa de Atresmedia dirigido por Pablo Motos, una suerte de talk-show de variedades por el que han desfilado personajes famosos de toda índole, implica la previa aceptación del reto, por parte de sus invitados, de participar, durante algo más de una hora y de forma frenética, de una retahíla de chistes, experimentos pseudocientíficos y actividades cuasicircenses que por seguro les dejarán exhaustos al término de la función. Un show de estas características, sin otra pretensión aparente que el entretenimiento, podría parecer a simple vista inofensivo, indigno incluso de ser tomado en serio como objeto de estudio. Todo lo contrario: pretendidamente alejado de la realidad social, El Hormiguero es, probablemente, el programa más político de la televisión española actual.

Bastaría, para corroborarlo, atender al formato de las entrevistas que Pablo Motos viene realizando a los representantes políticos en los últimos tiempos; diálogos que, en su paradójica intención de despolitizar la política, acercándose al ser humano que se esconde tras el candidato electoral, terminan banalizando por completo los diferentes discursos ideológicos, desinformando al espectador medio y favoreciendo el voto irreflexivo por meras simpatías o antipatías personales.

Y es que la responsabilidad social de este formato líder de audiencias es mucho mayor de lo que pudiera parecer. Para muestra, un botón: más de cuatro millones de españoles acudieron a la cita de Pablo Motos con Santiago Abascal, líder del partido VOX, el pasado mes de octubre, logrando El Hormiguero su tercer programa más visto de la historia, además del segundo con mejor cuota (23,5 % de share). En el momento en que tal acontecimiento fue anunciado no tardaron en aflorar las polémicas: fueron muchos quienes, de un lado, se movilizaron a fin de boicotear el programa de Pablo Motos por dar voz y “blanquear” el discurso de la extrema derecha; del otro lado del espectro no tardaría en llegar la réplica: la intransigencia de quienes pretendían vetar la visita del candidato al plató del formato líder decía muy poco a favor de su supuesta actitud democrática.

Santiago Abascal en 'El Hormiguero'.

Santiago Abascal en ‘El Hormiguero’

¿Qué hacer, suponemos se preguntaría el señor Motos, frente a tal dilema? Apelar directamente, podrían argumentar los primeros, a la paradoja de la tolerancia descrita por Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos (1945): se antoja necesario reclamar siempre, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia. Atender mejor, podrían defender los segundos, a la Teoría de la Justicia de John Rawls (1971): una sociedad justa tiene el deber de tolerar al intolerante, pues, de no hacerlo, la propia sociedad podría tornarse intolerante, y con ello injusta.

Ambas posiciones, podemos señalar apelando a la teoría del punto de vista orteguiana, son igual de válidas; dos miradas diferentes, dos relatos divergentes, a fin de cuentas, acerca de una misma realidad y que no necesariamente se invalidan entre sí por el hecho de ser opuestos. No obstante, si bien cada cual puede posicionarse en la zona del espectro en la que se encuentre más cómodo, una cosa está bien clara: El Hormiguero, formato de entretenimiento líder de audiencia en horario de prime time, tiene en sus manos un enorme poder performativo, y acercarse al panorama político desde un prisma espectacular puede ser realmente peligroso.

Howard Beale, atacado por los nervios y bajo los efectos del alcohol, protagonizaba la secuencia más reveladora de Network, poco antes de ser brutalmente acribillado en horario de máxima audiencia: «Usted y otros 62 millones de americanos están escuchándome ahora. Porque menos del tres por ciento de ustedes leen libros. Porque menos del quince por ciento de ustedes lee periódicos. Porque la única verdad que ustedes conocen es la que se cuenta a través de la televisión. La televisión es el evangelio, la ultima revelación. Esa televisión que puede fabricar o derribar Presidentes, Papas y Primeros ministros. Esa televisión que es la más terrible, la más maldita fuerza divina en un mundo global sin Dios. ¡Apaguen sus televisores! ¡Apáguenlos ahora! Apáguenlos y déjenlos apagados. Apáguenlos en medio de esta frase que les estoy dirigiendo ahora. ¡Apáguenlos!»

Howard Beale nos lo pidió a gritos, pero ninguno de nosotros quiso hacerle caso: preferimos quedarnos para verle morir. Los resultados de la última ronda electoral no dejan lugar a dudas.

Y el televisor aún sigue encendido.

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