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31 octubre, 2019 Comentarios (0) Visitas: 126 Jazz, Música, Sin categoría

Herbie Hancock: de raíces y electricidad

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El pianista ofrece una reinterpretación de su obra más clásica en la apertura del festival de Jazz Madrid 2019

De Izda a Dcha. Herbie Hancock, Lionel Loueke, Elena Pinderhughes, Justin Tyson y James Genus en Madrid / Imagen tomada de las redes sociales de la banda.

El público estalla en una ovación. Son las ocho y doce minutos de la tarde, es lunes y el pabellón del Auditorio Nacional está a reventar. Herbie Hancock acaba de salir a escena con su banda. Lleva unas deportivas rojas que destacan bajo su pantalón de traje, negro, con la raya cuidadosamente planchada a mitad de la pernera. Su camisa también es roja, granate, atravesada por circunferencias blancas. Sonríe con todos los dientes y saluda. Más aplausos. Todavía no ha sonado ni una nota.

Entonces toman asiento y la batería ruge, haciéndose con el papel protagonista durante la primera parte de una sesión musical que apuesta por una receta de jazz-funk eléctrico. Estoy de espaldas a los músicos, apenas quedaban butacas cuando nos decidimos a comprar las entradas, e intento imaginar sus caras. Me conformo con atisbar el perfil del pianista estadounidense que, bajo sus gafas tintadas, y flanqueado por dos teclados y un sintetizador, arremete contra las teclas de un Fazioli de cola completa.

«Es el piano más caro que he visto en mi vida», susurra mi acompañante y yo asiento como si entendiera, ensimismada, mientras se sucede el Jazz, que vibra y se retuerce sobre sí mismo, pasando de un estilo experimental hacia el arco de lo clásico hasta acariciar el rock, envuelto en una nebulosa de groove.

Y la música cesa de pronto y otra vez el aplauso y el hombre de casi ochenta años se aparta de sus teclas y saluda de nuevo con las encías al descubierto, animado, con ganas de cháchara.

Se mueve como una gacela por todo el escenario, brincando sobre la suela de goma de sus deportivas. Se acerca a nuestra sección y nos pregunta, guasón, si disfrutamos de las vistas de la parte trasera de sus cuerpos mientras cimbrea como una anguila.

—   We love you! — grita alguien desde las gradas.

—   ¡Bajad el volumen de la batería! — agrega otra voz.

 Y Hancock se gira de nuevo, «Why?», y camina casi de puntillas hacia el hombre en los tambores. «El tipo tiene tumbao», pienso.

—Este es Justin Tyson— anuncia—, y es la segunda vez que toca con nosotros.

 Desde el público, el restallar de palma contra palma suena -casi- más atronador que la caja de la batería. Y, así, el artista octogenario decide convertirse en maestro de ceremonias, revoloteando alrededor del resto de miembros de la banda que le acompaña en esta gira europea.

Asegura que es el bajista, James Genus, el que lleva el ritmo del grupo: —Los demás—dice sacudiendo los brazos en aire como un muñeco de feria—, sólo le seguimos.

Luego introduce a la cantante y flautista, Elena Pinderhughes, que aportará el toque de Soul al conjunto, y termina deteniéndose junto al guitarra, el músico de Benín, Lionel Loueke.

—Magia, —ríe y los asistentes le devuelven la carcajada— el hombre que toca una guitarra que suena como un coro a cinco voces y varios instrumentos más que, aparentemente, no caben entre seis cuerdas— Y luego, aún sonriente, calla. No volverá a hablar en lo que queda de concierto.

Hancock durante el concierto del pasado 28 de octubre / fotografía tomada de las redes sociales de la banda

Magia, una bonita forma de calificar la mezcla de vocoder y juegos vocales electrónicos con los que el beninés fusiona su instrumento.

La música inunda el auditorio mientras una señora, sentada un par de filas por delante, se abanica rítmicamente con el programa de la noche. Hace mucho calor y, desde la grada, puede verse cómo las manchas oscuras sobre la camisa del bajista van in crescendo al ritmo de la melodía.

Suenan las primeras notas de Actual Proof -tras la que irrumpirá una electrizante versión de Come Running To Me– y el público se mece como un banco de peces, aunque, sin duda, todos nos venimos arriba cuando distinguimos el comienzo de Cantaloupe Island, una de las obras más famosas del americano. A mí me sabe al vermouth de un domingo de otoño. Será la penúltima canción de la noche.

Están a punto de despedirse después de casi dos horas de concierto, el público jalea la última melodía y, entonces, reparo en una nueva figura, inadvertida, sobre el escenario. A la izquierda, junto a la salida de emergencia hay un tipo grande, vestido enteramente de negro, que reposa sentado sobre una sillita plegable plateada, mientras su cabeza y extremidades van marcando el compás. Es el guardia de seguridad. Quizá, esta velada, el suyo sea el mejor oficio del mundo.

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