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Jon Garaño: “Uno mismo no sabe siempre quién es”

20 octubre, 2017 Comentarios (0) Visitas: 315 Cine y Televisión

‘Handia’: la soledad de lo genuino

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Profundísimo plano de 'Handia'.

La poética visual de ‘Handia’ es uno de sus grandes triunfos.

El cine vasco ha encontrado en Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga un pozo creativo de inmensas profundidades. Fueron los encargados de parir Loreak hace tres años, esa historia descarnada sobre flores y pérdida que irrumpió en el panorama nacional con fuerza, llevándose incluso una nominación a la categoría estrella de los Premios Goya. Rotando en sus funciones como guionistas y directores (en Loreak dirigían Garaño y Goenaga mientras Arregi firmaba también el guion, y en su nuevo film Arregi es quien acompaña a Garaño en la dirección), estrenan ahora Handia, una película que supera a su predecesora en ambición, en medios y, de momento, en éxito.

Este viernes aterriza en la taquilla española la ganadora del Gran Premio del Jurado en el Festival de San Sebastián. Una película hecha, precisamente, por autores gipuzcoanos. Garaño, Arregi y Goenaga se han arrancado de las entrañas, partiendo de una propuesta del guionista Andoni de Carlos, una fábula llena de ambición y fuerza poética sobre la necesidad de adaptarse a los mecanismos sociales, el sentimiento de pertenencia familiar y la condena irreductible de lo genuino.

Su historia retrocede al corazón del imaginario vasco, a la leyenda del gigante de Altzo, Miguel Joaquín Eleizegui Arteaga, un hombre de enorme estatura que se hizo extraordinariamente popular en el siglo XIX y que, con el paso de los años, se ha convertido prácticamente en un ser mitológico. Su historia está contada desde la perspectiva de su hermano Martín (Joseba Usabiaga), un excombatiente de la Primera Guerra Carlista que, a su regreso a casa y con un brazo inválido, se encuentra con que Joaquín (un fantástico Eneko Sagardoy) se ha convertido en un joven de una estatura extraordinaria.

Tras el éxito de Loreak, este grupo de cineastas ha podido contar con una mayor financiación para Handia, lo que les ha permitido que su cinta sea, en términos de producción, muchísimo más grande que su predecesora. Además, la factura visual de esta cinta es a todas luces más ambiciosa, a pesar de recogerse hacia lo humano del mismo modo que lo hacía Loreak. El poder de la sombra, de los colores apagados, casi muertos, de la elegancia en el montaje de las escuetas escenas sexuales y una cuidadísima dirección de arte convierten a Handia en un producto ahogado, que busca gritar desde sus profundidades, ascendiendo hacia la superficie a medida que la cinta avanza y explotando con voracidad en su tramo final.

La poesía del cine

Garaño, Arregi y Goenaga abrazan la fuerza poética de su parábola para explicarse sin resultar obvios. Sus grandes temas llegan al espectador como una brisa ligera que lo acaricia y lo envuelve. Sus personajes, al mismo tiempo, evolucionan de una forma natural y portentosa, ambos comprendiendo las direcciones que deben tomar para adaptarse a sus respectivos entornos. Todo en Handia tiene un sabor agridulce, el sabor de aquello que te hace llegar la tristeza y la esperanza en la misma cucharada. Sus personajes se ven obligados, en cierto momento de sus vidas, a reconducirse para no perderse. Paradójicamente, este camino los lleva precisamente a replantearse sus identidades.

Además, la cinta constituye un poderoso retrato de la sociedad rural vasca de la época y de los prejuicios existentes desde el exterior (especialmente delirante es una escena con la presencia de una jovencísima Isabel II). Las lecturas de Handia, de todos modos, son inmensas. Lo que nos ofrece, sobre todo lo demás, es una enorme fuente plateada, de una belleza que casi duele, recubierta por un fino manto que invita al espectador a imaginar qué habrá debajo. De ella se podría decir que es un seductor canto a la sugestión. Un canto bañado en realismo mágico, en ese escepticismo que rodea a todo aquello que, visto desde fuera, puede parecer demasiado extraordinario para pertenecer al aburrido plano de la realidad. Precisamente para eso existen autores como Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga. Para devolver a la realidad su necesaria dosis de ficción.

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