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16 marzo, 2019 Comentarios (0) Visitas: 428 Escena

El alma de Chéjov y sus jardines en el Teatro Valle Inclán

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Carmen Machi es una de las protagonistas de la historia

Parte del elenco de la obra El Jardín de los Cerezos en el Teatro Valle-Inclán

Caen las hojas. Sobre la casa. Sobre el jardín. Lo manchan todo de marrón, ocre, rojo. Inundan el jardín de melancolía. De un tiempo pasado que fue, que nunca más será, que terminó, que dijo adiós. Con la mano y desde la ventana de la casa con el jardín. Que destruirán. Las máquinas y el viento. Ya no caen las hojas. Ya no hay cerezos.

El Jardín de los Cerezos es la historia del tiempo y de su paso firme, que arrasa con todo. Con la vida y los recuerdos. Quedan en el escenario las memorias de sus personajes y el olor del otoño que perturba. Es una bocanada de aire fresco entrecortada, que termina en sollozo. Es Chéjov y su infinita pasión por los jardines. Muchos dicen que el escritor fue más cuidadoso con sus sucesivos jardines que con su propia prosa. Un prodigioso desfile de belleza de aquel que alegaba que el teatro no era lo suyo y alberga en su tinta obras como La Gaviota (1896), Tío Vania (1900) o esta última que nos ocupa, El jardín de los cerezos (1904), que escribió el mismo año de su muerte.

Es una obra en la que constantemente están ocurriendo cosas relacionadas con la escenografía.

Momento en el que el escenario se cubre de hojas.

La dirección y versión de la obra, en el Teatro Valle Inclán hasta el 31 de marzo, corre a cargo de Ernesto Caballero, que habla de la representación como “una conmoción, expuesta por el dramaturgo ruso con sobrecogedor lirismo y un trasfondo de indulgencia, que hemos querido compartir desde el escenario”. Un escenario poblado de actores y actrices de referencia en nuestro país, tales como Carmen Machi (Ocho apellidos vascos, Villaviciosa de al lado), impecable, rozando la perfección dramática, Chema Adeva (Verónica), Nelson Dante, cuyo talante es perceptible desde el primer minuto, Paco Déniz o Secun de la Rosa (Aída, El bar, La Llamada…), entre otros. Un elenco que sorprende, brilla en cada escena, aparece y desaparece dotando de protagonismo a ese jardín que no podemos ver, pero está ahí.

La escenografía y el movimiento escénico son dos características a destacar. Paco Azorín y Carlos Martos han hecho un magnífico trabajo que primero nos muestra un pequeño tren que se desplaza a través de sus vías y después una plataforma que se desmonta ante nuestra mirada y a veces, incluso, gira para convertirse en un tablado, ideal para los bailes de salón. El espacio, por tanto, juega un papel fundamental, junto con la música, por parte de Luis Miguel Cobo, y los diferentes vídeos que se proyectan en diversas ocasiones, creando una atmósfera donde solo cabe una cosa. La poesía. Envuelve cada plano, cada escena, convirtiendo la obra en un viaje del público con los actores. De los actores con su público, que envejece a medida que ellos dialogan. El tiempo pasa, las horas matan, destruyen, ponen fin. Mientras Chéjov asegura “mi última obra es una comedia”.

Y no le falta razón. Pese a todo, el espectador se encuentra en un constante devenir entre la risa y el llanto. La incoherencia entre las palabras y los actos de los personajes; la carcajada ante el fracaso o la pérdida; el carpe diem que se trunca cuando aparece, de pronto, la realidad. Un puñetazo en la cara del más temible de todos los malos. El reloj. Un tictac incesante.

La actriz Carmen Machi está espectacular en esta obra

Carmen Machi es la madre de la familia.

La historia de una familia adinerada, una madre destrozada que, pese a todo, celebra, y unos sirvientes que, más que sirvientes, son familia. Nos presenta un contexto pasado que, sin embargo, podemos imaginar en el presente. Este parece el objetivo de la versión de Caballero, que mezcla elementos más actuales con los de la Rusia prerrevolucionaria e intenta introducir de alguna manera al espectador en la obra, ofreciéndole canciones como Don´t stop me now, del grupo Queen, creada en 1978, muchos años después, o móviles smartphone con la aplicación de Instagram que graban en directo a los actores y cuyo vídeo aparece proyectado detrás de sus cabezas. Una propuesta arriesgada, que puede conseguir integrar a los más jóvenes en el teatro, pero también puede abstraer de la situación y el tiempo en el que se encuentran los protagonistas.

A veces dudas si estás en Rusia antes de la revolución o en España en pleno 2019. En mi opinión, debes elegir. No puedes ser congruente con el vestuario, los diálogos y la trama en general y después añadir elementos que puedan generar esa distorsión.

Una pequeña apreciación que, por supuesto, no logra ensuciar la sensibilidad y el carácter de unos actores que cubren de mariposas y hojas color marrón, ocre, rojo, el alma. Ver a Carmen Machi en escena es un auténtico espectáculo.

 

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