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2 noviembre, 2013 Comentarios (0) Visitas: 2079 Música

El diablo de ojos tristes

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Lou Reed junto a Laurie Anderson

El único vicio sano del rockero era ella, Laurie Anderson

De forma estrepitosa y llamativa. Como un jarro de agua fría. Salvaje e inofensivo. Cargado de contrastes, pero siempre en Nueva York. Así abandonó el mundo, tal y como llegó a él, Lou Reed, la esencia del rock desconocido. Habiendo sido capaz de darle cien vueltas a la música y después de sobrevivir 71 años a sus muchos vicios, y virtudes, el creador del rock independiente se fue, dejando una huella inalterable.

Amigo de Warhol, responsable de su primer álbum al frente del grupo The Velvet Underground, y de Bowie, productor de su ya legendario Transformer. Amante de todas las que se dejaban amar y compañero de pocas, entre ellas, su inseparable Laurie Anderson. Precisamente es ella la que ayer se despidió del que fuera su mayor ídolo, su pasión y su mejor amigo, a través de una carta frágil y cargada de belleza que publicó el semanario local, East Hampton Star. «Murió el domingo por la mañana, mirando a los árboles y haciendo la famosa posición 21 del tai chi, con tan solo sus manos de músico moviéndose en el aire» y acaba, «Lou era un príncipe y un guerrero». Ni él mismo se habría descrito mejor.

Dramático y neurótico, nunca sabremos si de cuna o por adicción. Vivió una vida al límite y poco limitada en demasiados aspectos. Consagrado por un Walk On The Wild Side que lo catapultó mundialmente como el «poeta del rock salvaje». No le hizo falta defender que sus únicos méritos eran los profesionales.

Con un carácter tan frío como ausente y delicado, nunca conoció ni hizo uso de los términos medios, llegando incluso a travestirse en sus primeros conciertos en solitario. Evolucionó. En la última etapa de su carrera, llegaría a afirmar que conocer a Win Wenders «le cambió la perspectiva», de ahí su aferrada ilusión hacia la fotografía, hecha documental en una de las obras maestras del alemán, con la que llegó a colaborar activamente, Berlín de 2007.

Seguidor de Allan Poe, influencia directa en su disco POEtry, Schawrtz o Chandler cerró su ciclo vital, caótico como todo lo que se empeñó en devorarle. Con una muerte lenta derivada de un trasplante de hígado fallido, distorsionada y dolorosa. Porque los malos también sufren, pero su recuerdo perdura más tiempo.

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