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29 enero, 2018 Comentarios (0) Visitas: 580 Cine y Televisión, Música

El arte del biopic musical

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Se ha anunciado que Jennifer Hudson interpretará a Aretha Franklin en el próximo biopic que lanzará la Metro-Goldwyn-Mayer. Se sabe poco, a día de hoy, de lo que será la película, más allá de que será producida por Scott Bernstein y Harvey Mason Jr., encargados, hace dos años, de sacar a la luz Straight Outta Compton, aquel ensalzado retrato de los comienzos de Ice Cube, Dr. Dre y los demás miembros de N.W.A.; y quienes, además, ya trabajaron con Hudson en el pasado, concretamente en Dreamgirls, la película que la alzó hacia el Premio Oscar que hoy ostenta. Parece como si ella, de hecho, fuese la elección obvia para encarnar a Franklin: uno podría pensar que ya la interpretó, en cierto modo, en Dreamgirls.

La realidad, sin embargo, es que esta extravagante similitud, esa sensación de que Jennifer Hudson haya nacido para meterse bajo la piel de Lady Soul, puede ser un arma de doble filo. La comodidad es una rival peligrosa cuando un intérprete se aproxima a un papel diseñado, a priori, para él. Cuando, además, se encarna a un personaje real, la grandeza está en el matiz. En reflejar, en una interpretación, ya no solo aquello que es de conocimiento común, sino lo que subyace, lo que vive debajo de la piel de un personaje público.

Muchos intérpretes no necesariamente asociados con el individuo al que encarnan lo han conseguido recientemente, desde Gary Oldman trazando la identidad de Winston Churchill en El instante más oscuro a Michael Fassbender haciendo lo propio en Steve Jobs, encarnando al fundador de Apple. Este último es un caso interesante, puesto que la de Fassbender es, pese a contar un un parecido muy inferior con el personaje en cuestión, una interpretación de mucha más categoría que la de Ashton Kutcher en Jobs apenas dos años antes. Esto viene a decirnos una cosa muy sencilla: lo adecuado que pueda parecer cierto papel para cierto intérprete no sirve de mucho. El acierto está, como siempre, en la ejecución. Y los biopics musicales no son una excepción.

El Oscar que acompaña a la música

Reese Witherspoon y Joaquin Phoenix.

Reese Witherspoon acompañó a Joaquin Phoenix en ‘I Walk the Line’.

¿En qué se parece Joaquin Phoenix al difunto rey del country Johnny Cash? Probablemente en muy pocas cosas. Sin embargo, la forma en la que el polémico actor de origen puertorriqueño encarnó a Cash en I Walk the Line le proporcionó no solo la que fue su segunda nominación al Oscar, sino que aún hoy se erige como la interpretación más portentosa de toda su carrera. Y no es precisamente que el listón estuviese bajo. La película, dirigida por James Mangold (que actualmente vive un momento álgido en su trayectoria tras triunfar a lo grande con Logan), constituyó un éxito rotundo de público y crítica debido a la forma en la que bajaba a las profundidades de un músico huraño y hosco en un punto de inflexión de su vida.

Algo similar ocurrió con Jamie Foxx (conocido por todos por su apoteósica y tarantiniana presencia en Django desencadenado) en Ray, cinta en la que se metió bajo la piel de la leyenda del soul Ray Charles. Foxx, que por aquel entonces mediaba la treintena y estaba acostumbrado a encarnar a personajes de un perfil más callejero, se alió con Taylor Hackford (el director de Oficial y caballero -viva el eclecticismo-) para reubicar al músico en el imaginario popular. La consecuencia: se llevó el Oscar a mejor actor y la película volvió a arrasar. Lo hizo, una vez más, porque Ray cuenta con una pretensión más psicológica que biográfica, y es ahí, en la habilidad para saber conducir esas dos variables, donde reside el éxito o el fracaso de un biopic.

De volar con Tom Cruise en Top Gun, Val Kilmer pasó a entregarse a Oliver Stone para interpretar a Jim Morrison en The Doors, la cinta biográfica que el militante director estadounidense realizó sobre el mítico grupo californiano de rock psicodélico. Una vez más: poca proximidad había entre Kilmer y Morrison. Por no decir ninguna. Sin embargo, aunque con una acogida algo menor a la de Phoenix y Foxx, su interpretación recibió una acogida calurosa, siendo también una de las mejor valoradas de toda su carrera.

Tom Hulce en Amadeus.

¡Mediocres del mundo, yo os absuelvo!

Casos inolvidables sobran: Forest Whitaker brillando de la mano de Clint Eastwood bajo la piel del genio del jazz Charlie Parker, en Bird; Sam Riley y Sam-Taylor Johnson irrumpiendo en el universo cinematográfico interpretando, respectivamente, a Ian Curtis (líder de Joy Division) en Control y a John Lennon (ya sabéis quién es este) en Nowhere Boy; o Marion Cotillard llevándose también el Oscar con su extraordinaria interpretación de Édith Piaf, la luz de la chanson francesa, en La vie en rose. Qué puede uno decir de Amadeus, la obra maestra de Milos Forman en la que Tom Hulce interpretó a Mozart y F. Murray Abraham hizo lo propio con Antonio Salieri, en el que sigue siendo uno de los más brutales retratos de la envidia de la historia del cine.

La interpretación coral

Pero hay casos todavía más flagrantes de que la adecuación del intérprete no es lo importante. De que la grandeza de la película está en su profundidad, en lo hábil que sea para articular la psique de un personaje a través de una película (si no sabéis de qué os hablo, os recomiendo echarle un ojo a Neruda Jackie, las últimas dos películas de Pablo Larraín). Un ejemplo muy llamativo es Love & Mercy, la cinta que, hace ya tres años, dirigió Bill Pohlad acerca de dos momentos clave en la vida de Brian Wilson, el que fue líder y alma máter de los Beach Boys. En ella, Wilson es interpretado, de hecho, por dos actores diferentes: Paul Dano y John Cusack, cada uno representando una de esas dos fases (el primero, la producción de Pet Sounds y la descripción de Wilson como un artista en descomposición emocional; el segundo la reconstrucción psicológica a la que se sometió al conocer a su actual mujer).

Paul Dano.

Paul Dano encarna la vertiente psicodélica de Brian Wilson.

El éxito rotundo de Love & Mercy llegó por lo indiscutible de su propuesta: acaricia la música de los Beach Boys y nos cuenta cosas de la vida de su líder, pero lo que hace especialmente es decirnos quién era. Qué pasaba por su cabeza y qué lo hacía sufrir. Cuando un actor comprende el mensaje que su director quiere que transmita, las cosas, similitudes aparte, son mucho más sencillas para todo el mundo. Es cierto que, en este caso, tanto Dano como Cusack sí ofrecen cierto parecido con el artista al que encarnan, pero es un hecho que no es este el motivo de que la película funcionase.

El caso más desorbitado, sin embargo, corrió a cuenta de Todd Haynes en I’m Not There, esa película coral sobre el personaje de Bob Dylan en el que diversos actores (tan diferentes como Christian Bale, Heath Ledger, Ben Whishaw, Richard Gere e incluso Cate Blanchett) muestran cada uno de los vértices de la personalidad del -sí, aunque todavía suene raro- primer músico de la historia en ganar el Premio Nobel de Literatura. ¿Es Cate Blanchett parecida a Bob Dylan? ¿Se parecen una mandarina y un tractor? La respuesta a ambas preguntas -salvo que seáis seres extraños- es un rotundo no. Pero, una vez más, eso poco importa.

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